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La desilusión que viene

Escéptico y felizmente desconfiado de la escenificación de lo público, no espero que el primero de diciembre empiece una revolución. En diciembre espero presenciar, eso sí, apenas unas cuantas cosas. Ya las iremos desgranando.

Me agradaría ver signos de que va quedando atrás el Antiguo Régimen. Tengo la impresión de que el país se encuentra aún en el trance emocional. La elección del 1 de julio estuvo marcada por el enojo: 78 por ciento de los electores rechazó al PAN, porque lo vieron gobernar doce años, y 85 por ciento rechazó al PRI, porque lo vieron gobernar los últimos seis años. Bueno, algunos lo vimos gobernar buena parte del siglo anterior.

Como me cuento entre los emisarios del pasado, el primer gobierno priista que recuerdo es el de Luis Echeverría. Y precisamente, a partir de la célebre devaluación de 1976 he visto la paulatina acumulación del malestar social. No me da buena pinta que de ese enojado hartazgo acumulado, el país haya saltado al optimismo. Sucede que si bien el 53 por ciento de votantes de Andrés Manuel López Obrador empujó un muy comprensible regocijo, una medición reciente mostró que 68 por ciento de los mexicanos se siente optimista frente al primero de diciembre.

Pero oigo ya los pasos de la desilusión que se aproxima. Y mucho desearía equivocarme. Me parece que los electores y el propio gobierno electo no han descendido de la plataforma emocional para procesar racionalmente la realidad dura, conflictiva y picuda, más allá de maniqueísmos y fantasías. Un síntoma es el hecho de que la llamada “mafia del poder” ha sido silenciosamente desalojada de la retórica y ha quedado ya por ahí como un desteñido estampado en algunas playeras de campaña.

Tengo la impresión de que el inaplazable recorte de privilegios a la burocracia y el otorgamiento de apoyos asistenciales a la gente, formarán una bruma suficientemente espesa para que los privilegios más gordos permanezcan intocados. Esa bruma incluye, por supuesto, escenas de la más penosa teatralidad.

Si algo profundamente revolucionario dijo en campaña el próximo presidente, fue su convicción de separar el poder económico del poder político, mediante el desmontaje de las tuberías ocultas que unen al Capital y al Estado. Algunas con armadura legal, otras con apacible discrecionalidad extralegal; sí, algunas son inevitables, pero otras provienen de maquinaciones facinerosas.

Escéptico y felizmente desconfiado de la escenificación de lo público, no espero que el primero de diciembre empiece una revolución. En diciembre espero presenciar, eso sí, apenas unas cuantas cosas. Ya las iremos desgranando en las próximas colaboraciones. Para eso, permítame dejarle una sugerencia de lectura: el primer capítulo del libro La mafia que se adueñó de México, de la autoría del propio presidente electo.

Ese capítulo contiene una meticulosa radiografía que detalla cómo se fueron tendiendo los hilos ocultos del más monumental saqueo que vivió el país durante las últimas cuatro décadas. Ahí están fechas, nombres, nexos invisibles e identificación de las políticas públicas diseñadas para hacer efectiva la acumulación de la riqueza en pocas manos y eternizar la desigualdad. Lo seguiremos comentando en la próxima.

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