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La escuela tradicional frente a la escuela posmoderna

Existe una dicotomía en la manera concebir, describir y desarrollar las prácticas pedagógicas que ocurren al interior de las instituciones educativas. Por un lado, se identifica la llamada escuela tradicional y, de manera opuesta, aparece la escuela posmoderna. La primera reconoce el papel fundamental del profesor como elemento indispensable para la instrucción, es decir, su tarea consiste en enseñar. Por su cuenta, la escuela posmoderna (neoliberal) posiciona al alumno en el centro del sistema educativo (“alumnocentrismo”) y la enseñanza es sustituida por el aprendizaje.

Esta división no es banal o casual, más bien, permite identificar un conjunto de cambios que tienden a suplir las “anticuadas” prácticas pedagógicas consideradas tradicionales por otras de mayor interés para el alumnado –de acuerdo con los “pedagócratas” neoliberales-. Las formas de educar, en la escuela posmoderna, se identifican como “metodologías salvíficas” y son catalogadas como “nuevas”, “innovadoras” y antiautoritarias, pues garantizan libertad a los estudiantes para aprender de manera autónoma. Bajo esa perspectiva, el profesor es considerado como guía, moderador o facilitador –todos ellos eufemismos-.

Recientemente, con la adopción de la educación a distancia, el panorama escolar no parece cambiar. Por el contrario, el maestro y sus formas “tradicionales” de enseñar tienden a desaparecer y son sustituidos por plataformas digitales, videos tutoriales, enciclopedias “online” -por ejemplo, “Wikipedia”-, audio libros, formularios, por mencionar algunos ejemplos. La escuela ya no ocupa el lugar de privilegio para enseñar y aprender –según sea el caso-.

En la educación “online”, el alumno asume la responsabilidad de su educación. De él depende “su” aprendizaje; interés, compromiso, flexibilidad y disposición son cualidades que requiere la modalidad a distancia. Desde esta perspectiva y siguiendo los planteamientos de Xavier Massó Aguadé, el estudiante se convierte en sujeto y objeto del sistema educativo.

Sin embargo, concebir al alumno como centro (sujeto y objeto) es una falacia que sirve para reformar, implantar e imponer a la escuela otro tipo de funciones o tareas. Funciones que la desvían de su tarea de enseñar y ocasionan el fracaso escolar. Las instituciones educativas renuncian a su labor de instrucción y persiguen nuevos objetivos que procuran atender las necesidades personales y psicológicas de los estudiantes (su condición emocional o afectiva, estado de ánimo, disposición y motivación para realizar alguna actividad). Todas ellas desembocan en vaciamiento de contenidos escolares y generan el fenómeno denominado antiintelectualismo. Así, la enseñanza pierde terreno y el aprendizaje ocupa un lugar de privilegio en la educación. Dicha situación va de la mano con el fenómeno del alumnocentrismo, pues aquello que se aprende no son contenidos escolares -a partir de lecciones o “clases magistrales”- sino, más bien, actitudes de comportamiento, “buenos” modales y normas de conducta. Con ello, actividades como leer, escribir, debatir, memorizar, explicar, repetir y corregir son estigmatizadas y calificadas como retrogradas, opresivas y tiránicas. De ahí que los sistemas escolares se encuentren en un periodo de crisis, ocasionado por las políticas educativas globales, sus metodologías salvíficas y enfoques pedagógicos.

Luis Oscar Gaeta Durán

Docente de educación primaria en el estado de Querétaro. Articulista del semanario Tribuna de Querétaro (de la Universidad Autónoma de Querétaro). Celular: 4421246520. Correo: diogenes.log@gmail.com

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