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La industria del (combate al) crimen

Lo más llamativo es que la industria del combate al crimen no termina con la construcción de prisiones-fortalezas. Tiene muchas variantes: películas, series de televisión, libros, reportajes, lugares en la academia, espacios como analistas en los medios, etc.

Las revelaciones sobre el esquema de operación de al menos 10 centros penitenciarios federales, conjuga lo peor de dos mundos: por un lado, el de los negocios al amparo del poder público (y la respectiva sangría al erario) y, por otro, la visión punitiva que ha configurado el sentido común de las últimas décadas.

Lo primero muestra con bastante claridad el tipo de funcionarios que han ocupado las primeras filas de la administración pública. No se trata de una anormalidad, ni es privativo de las administraciones federales; tampoco del sistema penitenciario. Se puede pensar, por ejemplo, en las cantidades de kilómetros de ejes viales, puentes, pasos a desnivel, etc., construidos por distintos gobiernos, y, luego, en sus beneficiarios inmediatos. No me refiero a los automovilistas; sino a empresarios que, después, hacen lucrativas carreras políticas; ya retirados, se dan el lujo de dar clases en Harvard o Yale. El signo de los tiempos (pasados, por ahora).

Lo segundo es igualmente ejemplificativo. Aunque nunca se podrá insistir lo suficiente en los efectos perniciosos de la política estrella de Felipe Calderón Hinojosa, no se puede reducir todo a un solo hombre, por perverso que éste sea.

El combate a la delincuencia, con ese lenguaje bélico, tiene aproximadamente cuatro décadas. Desde entonces, el diseño de las políticas de seguridad no pasa por pensar en condiciones sociales (que no se reducen a la pobreza, por cierto), muchas de las cuales, incluso, se han creado justo en ese periodo; por el contrario, se trata de crear cuerpos policíacos híper preparados, con entrenamiento militar, de tener drones vigilando las ciudades, levantar vallas donde sea necesario y, claro, construir fortalezas para encerrar a los malos, que son representados como la contraparte (y de ahí la necesidad) de los súper policías: sólo Batman puede frenar a Bane.

Lo más llamativo es que la industria del combate al crimen no termina con la construcción de prisiones-fortalezas. Tiene muchas variantes: películas, series de televisión, libros, reportajes, lugares en la academia, espacios como analistas en los medios, etc. En su conjunto han confeccionado el sentido común imperante, que tampoco se reduce a la criminalidad.

Se trata de una forma de pensar al Estado y a la burocracia: ineficiente, corrupta, lenta. Y claro que puede ser todo eso, pero no es su naturaleza. La solución, por lo tanto, se encuentra siempre en la privatización, que supuestamente por definición, es todo lo contrario. A pesar, claro, de las evidencias.

Luego de las revelaciones hechas por la Secretaria de Seguridad y Protección Ciudadana, Rosa Icela Rodríguez, una de las empresas involucradas en la administración de los centros penitenciarios emitió un comunicado donde reiteró no sólo su honradez, sino la incapacidad del propio Estado para administrar por sí solo, las prisiones. Esa es la cereza del pastel del discurso neoliberal: además de ineficiente y corrupto, el Estado no cuenta con la capacidad para operar diversas áreas. Tienen razón: por años se han dedicado a desmantelarlo; justamente, privatizando servicios y funciones.

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