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La izquierda en América Latina: serpientes y escaleras

En términos generales, desconfío bastante de la definición de la democracia como reglas del juego. Es, sobre todo, reduccionista, primero, porque pensar en un juego supone que todos los participantes buscan fundamentalmente lo mismo: ganar; segundo, porque como consecuencia, las diferencias ideológicas de los partidos se convierten únicamente en un recurso para atraer el voto, menos que un programa de acción y posicionamiento socio-político.

Es un problema teórico. La racionalidad instrumental, que marca la pauta para buena parte de la ciencia política hegemónica, ha pugnado por hipótesis centristas que rechazan, de entrada, el conflicto como motor de la política, sea entre clases o factores de poder y, también, que la política es un medio para hacer evidentes las posiciones sociales y económicas, en donde algo tendrán que decir los partidos para redefinir el papel del Estado.

No obstante, la metáfora del juego es útil si lo pensamos de otra forma. Un juego donde el elemento central es el ejercicio del poder, que menos que un objetivo es un medio para construir al Estado, pero que está en constante disputa, regateo y donde hay más jugadores —que sólo los partidos— que pueden restarle poder a las y los actores políticos; no sólo en las elecciones, además. Sobre todo, después de que acontecen las elecciones.

Todo esto tiene relevancia si queremos entender el desempeño y, también desilusiones que provocan los gobiernos progresistas o de izquierda que han ganado terreno en los últimos años. Como no son ni el único ni el más fuerte factor de poder, necesariamente llegan a los espacios de decisión y ejecución con muchas restricciones, más allá de las mayorías que los constituyen.

No es nuevo, es el telón de fondo de los golpes de Estado en América Latina. Es, también un factor (el poder económico), que ha provocado la falta de desarrollo en países del Caribe como Haití. Menos que la corrupción endémica, fueron los cobros que Francia impuso como indemnización, lo que impidió desarrollar infraestructura.

En la mayoría de las plataformas de los movimientos de izquierda (término que también está en constante disputa), hay redefiniciones de los bienes colectivos y del interés público, que choca con la elaboración jurídica y los fundamentos políticos de otros actores con poder visible, permanente y con capacidad de movilizar recursos, que ven en estos movimientos amenazas a sus intereses.

El poder popular no alcanza, a pesar incluso de los instrumentos jurídicos y las mayorías parlamentarias. Lo que vemos son entonces continuos estira y afloja. Es lógico que en ese juego de estira y afloja o serpientes y escaleras, haya que negociar, perder, recular. No son gobiernos que, en principio, formen parte de los bloques de poder hegemónico. Aunque tampoco sean monolíticos. Es una consecuencia casi lógica que, en las pérdidas, habrá traiciones a su agenda de gobierno.

No obstante, esos triunfos nos muestran que las formas políticas, la democracia y las instituciones electorales pueden ser la vía tanto para el cambio social como para la estabilidad y equilibrio político.

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