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Liendre

Gonzalo Guajardo González

Como gato feraz, apretando los dientes, saltaba agazapado de techo en techo, de casa en casa. Acostado en el borde del pretil, vio abajo a los que iban tras él. La luna de fines de junio lucía clara; la lluvia del día anterior había limpiado el aire y bajado el calor.

Así oculto, desea ansiosamente llegar al “anexo” y dormir junto a los otros que, como él, están en rehabilitación. Recuerda cuando, otra vez, en sueños vio que llegaba la policía para trasladarlo al reclusorio. Antes se la habían sentenciado, pues muchos lo habían denunciado por agresión. Un día, le hallaron en la mochila un kilo de marihuana, botellitas de “thinner” para inhalar y otros objetos (balas calibre 32, pinzas de cerrajero, navajas largas y algunos pesos), y no pudo explicar por qué cargaba eso. Entonces, la policía habló con el encargado del “anexo”, quien se comprometió a cuidar al muchacho. Le advirtieron que, como acababa de cumplir los 18, tarde o temprano se lo llevarían a un “Cereso” (tal vez al de Tepic).

Incómodo con esos recuerdos, “Liendre” no sabe qué pensar o qué hacer; no entiende por qué nadie lo quiere, ni su propia mamá. No conoce a su padre; de quien sólo sabe lo que, alguna vez, la mujer gritó entre lágrimas: que “el otro” (nunca lo menciona por su nombre) lleva un camión con mercancías al Pacífico, pero no se ocupa de la madre ni del chico, pues no le interesan. Ella, para ganar algo, hace la limpieza que consigue en un “outsourcing”; no tiene contrato, ni sabe cuándo y dónde trabajará la siguiente semana o cuánto ganará. Todo el día anda en la calle, en chambas por aquí y por allá. Con ese trajín, su casa sirve sólo para ir a dormir, pero casi no está, ni en fines de semana. Tiene treinta y cinco años (le dicen “la viejita”, pues representa muchos más). No se ocupa de “Liendre”, ni le ha ofrecido alguna vez siquiera una sopa caliente; jamás le ha dicho que lo quiere. Él siente que es una carga para ella, pues no se interesa por sus asuntos, con quiénes anda, si está triste; ¡vamos!, ni se interesa –mínimo– por saber de qué vive el chamaco, qué hace en todo el día. En alguna ocasión, él le preguntó con timidez por su verdadero nombre, y ella le respondió que ése: “Liendre”. Fue la primera y única vez que le dedicó unos minutos para decirle que nació sietemesino y, como parece más pequeño, es como una liendre, un piojo sin crecer; también en esa ocasión le dijo –¿le reprochó–  que, por haberse embarazado de él, “el otro” la rechazó. Está seguro de que su madre lo odia.

«Liendre” no ha ido a la escuela. Reconoce las letras y con dificultad las junta porque una señora se ofreció a enseñarle, pues –decía– “nadie es humano realmente si no sabe leer ni escribir”. De quienes ha aprendido lo más valioso es de ésos con los que se junta; tampoco han ido a la escuela, pero se acompañan en la noche, van a otros barrios o colonias, cargan palos, varillas cortas, tubos o, a veces, alguno hasta pistola ha llevado, para “agarrarse a madrazos”. Seguido dicen en las noticas que alguien murió “alfileteado” o que lo acabaron en “una riña callejera”. Piensa, “si vieran a cuántos ‘me eché’ antes de que ‘me madrugaran’”. Ellos también le han enseñado a vigilar y ver que no haya nadie en una casa; con ellos ha aprendido a abrir todo tipo de cerraduras o candados, meterse a lugares y “cargar” con lo que se encuentra. Muchas veces uno no puede escoger, porque hay que agarrar rápido lo que está a la mano; si te “cachan”, hasta pueden “meterte un tiro”. Tienes que trepar paredes altas y empinadas, correr por las azoteas, librarte de perros bravos, no exponerte a un plomazo, quedarte muchas veces sin dormir, aguantar bajo la lluvia o el frío. “Ojalá –piensa ‘Liendre’– que encontrara un trabajo de ‘guarura’ o a una ‘ñora’ con lana, ‘p’hacerme’ rico de la noche a la mañana y me volviera ‘jefe’ de otros; sería ‘chingón’ irme a las Vegas o hacer lo que se me pegue la gana”.

“¿Y si, tal vez, mi mamá estuviera ‘orita’ preocupada por mí?” –se decía a sí mismo en silencio, en una pregunta que era un deseo, al escurrírsele una lágrima mientras, en el pretil, esperaba ansioso que se fueran los policías que se lo querían llevar– “¿y que, aunque esté muy cansada, saliera a buscarme a estas horas de la madrugada?”. Un ruido lo hizo volver la cabeza; se encontró frente a dos de los guardias que lo buscaban. Vertiginoso, se quiso levantar para escapar, pero los policías ya estaban preparados: acompañadas de rodillazos en las costillas y la cara, cuatro manazas lo sometieron. Quedó boca abajo, con los brazos vueltos a la espalda, y claramente siguió, como en cámara lenta, que lo esposaban, lo cogían del cuello de la camisa y lo arrastraban a la patrulla. Le pareció desdoblarse y, desde aquella azotea segura, vio la cara ensangrentada de aquel muchacho frágil, en poder de sus captores. Alrededor de la patrulla en que estaba esposado, varios vecinos lo veían; unos con gesto de triunfo (“este infeliz se lo merece”), otros con cara de dolor (“¿qué llevó a este joven por la mala vida?”). Él se lamentaba que su mamá no pudiera regañarlo por llegar tarde de la calle y no haber hecho la tarea de la escuela.

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