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Lo extraño de decir adiós

Dar el último abrazo o palabras parece no ser tan complicado comparado con la sensación de ausencia que proviene después.

Hace días me despedí de una amiga. Pasamos la tarde juntos. En ese momento desconocía que sería la última ocasión en que la vería en esas circunstancias, y cuando hablo de estas me refiero a saber que no volvería a esa casa en la que vivía, como cualquier tarde, con la disposición que otorga estar en la misma ciudad, pese a las ocupaciones. Lo mencionó sin más: “Me voy el sábado”. Era jueves.

Me comentó de su partida hace dos o tres semanas. No le tomé importancia, aunque más bien no pensé que lo fuera a hacer. O al menos no quería que lo hiciera. Uno se vuelve egoísta en todo caso. Pero lo dijo y sin inmutarme cambié de tema y fumamos un porro. Después de esa ocasión no la vi hasta el jueves que mencionó que ya tenía casa en donde quedarse y supe entonces que era verdad.

Al final de esa tarde, luego de algunos tragos, la acompañé al cajero cerca de su casa y ella me acompañó a tomar un taxi, no sin antes pasar a comprar cerveza. Esperamos veinte minutos y tomé el séptimo u octavo automóvil que pasó por la avenida. Pude irme desde antes, aunque no quería. Es la primera ocasión que desee que todos los taxis estuvieran ocupados.

Al llegar a casa, tomé asiento en mi sofá y comencé a beber. Encendí mi laptop y puse música. A los cinco minutos, de la nada, rompí en llanto. Salió así, repentinamente, ahogado. Hay algo extraño en las despedidas. Dar el último abrazo o palabras parece no ser tan complicado comparado con la sensación de ausencia que proviene después. Desquebrajarte.

El llanto continuó al día siguiente. Pasé la mañana y tarde encerrado en casa buscando la manera de lidiar con las emociones desbordadas. Escribir, leer o ver películas no fueron opciones ya que al momento de hacerlo, volvía a pensar en ella y jamás pude concentrarme. Tuve que salir en la noche para calmarme un poco y así pude sobrellevar el asunto. Aunque me costó dar el primer paso a la avenida.

No es la primera ocasión que me sucede esto de decirle adiós a un amigo. En la primaria Aarón se despidió en las canchas de futbol en clase de educación física. El profesor nos pidió que le diéramos un abrazo o le deseáramos lo mejor. Como éramos mejores amigos, se supone que yo sería el primero en pasar al frente, pero algo me contuvo y me fui replegando como si quisiera huir. Luego de ese pequeño intento de escape alguien me empujó y entonces fue inevitable acercarme y darle un abrazo. No me atreví a mirarlo a los ojos, pero sabía que Aarón lloraba.

Esa mañana, lo que restaba de clases, me mantuve calmado. No asimilaba lo que sucedía sino que llegué a casa, tomé mi bicicleta y acudí rápidamente a la suya. Toqué la puerta una y otra vez sin obtener respuesta, más que el eco que corroboraba que se había ido. Me senté en la banqueta y lloré como nunca a mis 10 años. Luego de ello, duré cerca de dos meses cabizbajo a donde iba: en la cuadra o la escuela. Mis compañeros de clase me invitaban a jugar o regalaban dulces y en casa buscaban animarme. Con el tiempo todo vuelve a su cauce.

No pensé en revivir las sensaciones de aquellos años. Ni siquiera me preocupaban. Evidentemente hay despedidas más penosas como el del fallecimiento de alguien o un rompimiento amoroso, de los cuales tampoco he estado exento. No es mi intención compararlo, sino otorgarle un espacio propio a la reflexión que tienen estos momentos amargos y, aunque sé que con ella me seguiré viendo, nada será igual y eso también duele, aunque sea un poco. La despedida no es ni siquiera a la persona en sí, sino a su frecuencia, a eso que se hacía de cierta manera y ya no se podrá. Pero hay que seguir.

 

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