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Los apuros de Chostan

Se dice en el barrio

Querétaro, Qro.

“Muchas veces me he preguntado cómo aguanta mi comadre. Ái tiene usté que la Tere se sale todo el día, desde tempranito, para ver a sus amistades, y le deja el niño a su mamá” −comentó Alma.

Y no le falta razón, pues desde hace años, Chostan hace trabajitos de limpieza por el barrio para ganar unos centavos y darles de comer a sus hijos, y ahora también a sus nietos.

Joel no ayuda para nada en la casa. Cuando joven, tocaba el requinto y algunos grupos lo buscaban para llevar serenatas o amenizar en reuniones. Una vez invitó a sus amigos a ir a cantarle a la Chostan; y así la enamoró. Luego, se casaron. Él siguió cantando, pero ya muy de vez en cuando. De la guitarra y de la cantadera se fue alejando conforme se acercaba más y más al alcohol. Tomaba su guitarra sólo ocasionalmente, pero ya estaba muy destartalada y nunca se le ocurrió arreglarla o juntar algo para comprarse otra; los conjuntos dejaron, pues, de buscarlo. Nunca volvió a hacer música. Pero, eso sí, le hizo a su mujer un montón de chamacos, como en escalerita. La Chostan le aguantó hasta diez veces la obligación de esposa.

“Nadie de sus hijos se le ha muerto, pero todos andan bien desbalagados” −dijo Alma en voz baja. “Fíjese, por ejemplo, que la mayor tiene ya tres niños, que deja solos cada que alguien le hace ojitos. Dicen que orita anda en el norte, con uno que maneja un camión de volteo. Mi comadre tuvo que recoger a los chiquillos, y se los llevó a su jacal, mientras la otra regresa”. También cuenta que René, el primer varoncito de Chostan, pero cuarto de los que tuvo, anda en Ohio, de mojado; cada rato lo agarraban y lo regresaban para acá. Se quedaba un tiempo, para reponerse y agarrar fuerzas, y se volvía a ir.

Joel y Chostan son sus compadres porque Alma llevó a bautizar a Inés, la hija menor de ellos. Le desconcierta ver a su ahijada en las calles del barrio, pues anda con pantalones cortitos y untados y una blusa que siempre muestra hombros y vientre desnudos, aunque haga frío. “Esas blusas se llaman campesinas” −aclara Alma, sin que nadie le pregunte− “y me preocupa porque ya ve usté cómo son mal pensados y maldosos muchos hombres hoy, y qué es lo que siempre andan buscando, aunque no lo digan”. La madrina comenta que Inés no terminó siquiera la primaria, porque pronto le fastidió la escuela. Siempre ha sido bonita y los hombres, jóvenes o viejos, de continuo la elogian y procuran; ella piensa, por eso, que tiene el mundo a sus pies y que le basta con un gesto para lograr lo que se le antoje. “Parece no darse cuenta, insiste Alma, de que es muy pobre y, además, mujer; y que, por eso, se encuentra siempre indefensa básica. No sabe que las mujeres están en desventaja. Mientras son bellas y jóvenes, parecen poder lograrlo todo, pero esa ventaja se pierde pronto como humo de yerba seca quemada”.

La tercera de Joel y Chostan, Alondra, tuvo mejor suerte: su marido la adora y se la llevó a vivir lejos. Pero las otras han regresado a la casa de su mamá buscando apoyo y consuelo en sus dolores, ya que todas han sido usadas y abandonadas. Los varones de la familia no tienen horizontes de vida; se la pasan, con hambre y golpes, en la miseria, olvidados en campos terregosos del otro lado; allí son instrumentos indefensos del sistema de explotación del crimen organizado. Chostan es la única que procura a los hijos que todavía están aquí, sin aliento para enfrentar su historia. Joel desfallece en las calles, hundido en el adormecimiento final del alcohol.

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