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Los caminos de la vida

SE DICE EN EL BARRIO.

Querétaro, Qro.

En el consultorio de Nora recogí lo que me pidió hace días. No la encontré, pues estaba enfermita, y fue a su tratamiento. Me recibió Licha, me entregó la prótesis, y me explicó a dónde fue su mamá. Recordé −como cada vez que platico con Nora− que nos conocimos en la parroquia; yo iba apenas en secundaria, y quería ser catequista; la mamá de Licha ya estudiaba medicina, y hasta andaba de blanco, pero también quería ser catequista. Así comenzó nuestra amistad, aunque con gran diferencia de edades. Nora ha sido mi dentista desde entonces, y siempre me hace descuentos en la consulta y en las piezas que me receta.

Tiempo después, en la facultad, Nora conoció a un muchacho que estudiaba lo mismo, pero dos años adelante. Se enamoraron, lo que dio lugar a la boda. Compraron un terreno en una colonia nueva, y construyeron una casa linda, a su gusto. Luego llegaron los hijos; en primer lugar, Licha, y luego otros tres. Todos estudiaron en la uni, menos la mayor; por eso Nora se la llevó como asistente al consultorio dental: para que tuviera un trabajo y un sueldo, aunque modesto.

Yo no tuve esa suerte. Después de la secu, no pude seguir estudiando. En el barrio conocí a Chava, un obrero comprometido con las demandas sociales de nuestra gente; me llevaba al cielo cada vez que me tomaba en sus brazos: su fuerza, su olor de trabajador y, sobre todo, la energía con que les hacía ver a los vecinos que ellos tenían dignidad, y que siempre debían hacer valer su derecho a la vida y a ser felices me volvían loca. Sabía que, si yo vivía 80 años más, los iba a pasar siempre con él.

Pero pronto se me acabó el gusto: aquel jueves se llevaron a 10 de la fábrica para echar a andar una sucursal en Jalpan; el camión se cayó hasta el fondo del barranco; nunca pudieron rescatar sus cuerpos. Me asignaron el trabajo de Chava y allí me quedé, con su puesto y mi cuerpo impregnado de su recuerdo, además de con nuestro hijito René, que ya hoy es todo un hombre.

El caso es que, como ya dije, en el consultorio me atendió la hija de Nora, cinco años mayor que mi René. Esta muchacha me trata como si yo fuera su tía, pues sus papás siempre nos han visto como de la familia. No había gente porque, según me dijo Licha, muchos de sus clientes se han quedado sin empleo, por el Covid; otros pasean con sus niños, ya de vacaciones en la escuela y ansiosos de salir de su casa (han estado encerrados casi tres años por la pandemia).

Ella aprovechó para contarme que desde hace ocho meses anda con Nacho, su novio actual, pero que no se siente a gusto con él. Sólo piensa en el anterior, con quien vivió por diez años. Dice que, en aquel entonces, ella aceptó gustosa al muchacho, aunque traía tres hijos de su otro matrimonio. Licha sabía muy bien que Ramiro había tenido antes una vida, y no podía renunciar a sus propios hijos, porque la mamá de los muchachos salió un día de su casa y nunca apareció, aunque él pidió apoyo de la policía y, personalmente, la buscó por cielo y tierra.

Desde el principio, Licha aceptó al novio, pues estaba realmente enamorada y no le importaba la prole que traía. El primer año juntos fue muy lindo para ella, y se hizo cargo de los niños con la ternura que le inspiraba el amor de Ramiro; él era cariñoso y delicado con su nuevo amor, pero parece que algo se le fue transformando y se volvió agresivo. Todo comenzó una vez que ambos se exaltaron y, por última respuesta de su discusión, él le dio tal puñetazo que la derribó. Sin salir de su asombro, ella permaneció unos instantes en el suelo, y Ramiro se fue a dormir, sin atenderla. Nunca le ofreció disculpas ni le mostró cariño; al contrario, la fue agrediendo cada vez más, al punto de que ella esperaba todos los días la paliza en turno. Al fin, él la corrió y Licha se fue. Vivo ahora −dice ella− en la casita que mis padres me compraron. Allí tengo a mi novio actual, pero estoy pensando en serio en dejarlo, y buscar a Ramiro. Ahora anda como pareja de un novio, que lo recibió con sus hijos y viven juntos. No me importa, si me ofrece que vivamos juntos los tres; total, corro a mi novio actual y les ofrezco a Ramiro, a sus hijos y al otro muchacho la casita que tengo. Si no gozo hoy de la vida, jamás podré ser feliz.

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