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Odiar

Hagámonos cargo del odio que nos produce los más sinceros alivios. ¿De qué honestidad más humana están tejidos nuestros odios?

Que odiar es un placer. Que el odio es más antiguo que el amor. Que se trata de una pasión creativa y, más aún, de una pasión constitucional del individuo. Fuente de gozo intelectual, motor siempre encendido. Hay quienes denuncian la inmisericorde persecución que se ha desatado sobre un potente sentimiento que a la especie humana ha acompañado siempre.

En palabras de Cioran, no se está muerto cuando se deja de amar, se está muerto cuando se deja de odiar. Eso parece, el odio es un poderoso activador. Factor de cohesión, une pueblos enteros, los hincha y les devuelve el ánimo de atravesar el desierto. En el mundo de lo políticamente correcto, el odio tiene mala prensa y no pocos falsos combatientes.

Pienso en esto ahora que un funcionario de las Naciones Unidas lanzó en México, en estos días, una soflama contra este sentimiento y advirtió que estamos asistiendo a un “preocupante resurgimiento del discurso del odio en todo el mundo”; tras decirlo, cosechó severos aplausos. Entre los portadores de tal discurso, citó a neoazis y supremacistas blancos, que están en el apogeo de su reorganización y difunden lo que llamó su “venenosa ideología” por las redes sociales.

Puede ser. Hay múltiples signos de esta afirmación. Se ha legislado, incluso, y de Estados Unidos importamos un nuevo tipo penal: el crimen de odio. Y se abrió enseguida una nueva celda en el Excel de las estadísticas del sobresalto y el horror. Pero no lo neguemos ni lo combatamos a ciegas. En nuestros semejantes nos reconoceremos por las más íntimas formas de odiar, burdas, finas o sedosas, pasajeras o duraderas, ruidosas o en el silencioso arrastrarse de los gusanos.

Admitamos el odio que viaja con nosotros. A toda hora y a todas partes, sin dejarnos siquiera a la hora de dormir. Mirémosle los ojos al odio que se desliza entre diplomáticos y demócratas. Hablemos con nuestros semejantes de la pureza del odio que corroe nuestro cuerpo y atasca nuestro espíritu. Hagámonos cargo del odio que nos produce los más sinceros alivios. ¿De qué honestidad más humana están tejidos nuestros odios? Sólo así podremos gobernarlos. Sólo así podremos remover lo que de patológico y siniestro tiene, sí, el tan humano odio.

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