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Quiero saber algo

Ya era de noche. Salí entusiasmado de mi clase. La maestra elogió la cultura griega, que abarcó Turquía, Oriente Medio y el norte de África, “alrededor del charco”, dijo al referirse al Mediterráneo.

Mostró las preguntas de aquellos pensadores, para que captáramos su profundidad. No dejé de ver la zona griega, del mapa que colgaba de la pared. Aquella gente, su forma de vida y sus razonamientos son el trasfondo de nuestra vida de hoy. Montañas, desiertos y el mar me invitaban a asombrarme con esos sabios, en sus mediciones y experimentos.

Animoso por lo que descubría, llegué a mi casa. Capté alarma en las caras de mis papás y mis hermanos, nerviosismo, ansiedad. Pregunté qué pasaba. Me contestaron entre dientes, como para no confirmar lo que temían.

Mi hermana tenía trece años. Para la comida, siempre iba a la tortillería, a dos cuadras. Ese día comí sin tortillas, porque iba a clases, y ella todavía no regresaba. Al ratito, mi mamá salió a buscar a Dalia. La de las tortillas dijo que hoy no se había parado por allí. Con miedo, comenzaron a rastrearla.

Después, fueron a la Fiscalía general del estado a presentar la denuncia. Mucha gente en la calle esperaba atención. Al fin, recibieron a mis papás, pero les dijeron que no podían hacer nada, porque tal vez Delia se fue huyendo de la casa o con su novio. Según el protocolo, no era todavía tiempo de comenzar las indagaciones oficiales.

Había que buscarla. No podíamos esperar. Era asunto de vida o muerte. Parientes y amigos nos ayudaron. Subíamos a los camiones repartir volantes; los pegamos en postes y bardas, por todos lados. Nada nos consolaba. Era un suplicio. Las indagaciones sobre su paradero fueron inútiles.

Supimos de gente con familiares también desaparecidos. Los buscamos para saber qué han hecho. Tenían documentos oficiales, fotos, carteles, mantas, volantes. El dolor habitaba en cada palabra; en cada prenda que mostraban resonaban gritos de angustia. Los nombres de sus familiares, como en santoral promiscuo, perforan la esperanza y aturden la conciencia; a borbotones aparecen las imágenes de esa gente que salió buscando vida y encontró el anonimato; seres humanos sometidos a la nada.

Unimos causas y memorias para registrarnos como grupo nacional, con mayor alcance, que permita ayudar a otros, orientar sobre cuidados a los nuestros; que no padezcan este infierno.

Veinte años después, me llegó una nota firmada por “tu hermana”. Me pidió cautela y silencio para vernos sin riesgo, por la mañana, en El Salto, donde jugamos cuando niños. Con sospechas, acudí al lugar.

Encontré a Delia, con un niño como de dos años y con otro, como de diez. La reconocí, pese al tiempo transcurrido. Sentí una ola de amor y ternura, pero también de gran desconsuelo. Inquieta, ella volteaba a todos lados.

Nos abrazamos por segundos, que me supieron a eternidad. Ella narró sin pausas su historia de los últimos veinte años.

La tomaron por atrás aquel día de las tortillas. Una bolsa de manta en la cabeza le impidió ver a sus captores. Con las manos atadas por la espalda, la condujeron en un vehículo a otro lugar, a merced de sicarios.

La sacarían del país para dar satisfacción carnal, pero antes la tenían que entrenar. La usaron a toda hora, le fueron destrozando cada milímetro, la convirtieron en basura.

A ella y a otras las dejaron al cuidado de uno de ellos. Él se fijó en Delia, y le ofreció sacarla de las que serían enviadas en venta si se casaba con él. Ella aceptó.

Hoy vive en aquella guarida, en exclusiva del que se enamoró y al que le dio dos hijos. No piensa escapar.

Me pide que no les diga nada a mis padres, ya ancianos, ni a los demás. Quiere estar en paz.

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