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Se acaban los interlocutores

Es obvio que la información no llega por igual a los diferentes lugares del planeta, ni en velocidad o pertinencia, ni en precisión o confiabilidad, ni con los mismos recursos, intenciones o fortalezas.

No sólo donde se puede encontrar información por internet, sino que en casi todo el mundo –aun sin redes– se ha difundido la idea de que el COVID-19 ha cundido en el planeta y pone en riesgo la vida del ser humano. Mucha gente se ha encerrado “a piedra y lodo” para huir de la gran amenaza del primer cuarto del siglo XXI. En otros lugares, a donde no llegan la “sociedad del conocimiento” ni la fluidez de las redes, la gente apenas se da cuenta de que “algo grave está sucediendo”, pero no saben claramente de qué se trata.

Es obvio que la información no llega por igual a los diferentes lugares del planeta, ni en velocidad o pertinencia, ni en precisión o confiabilidad, ni con los mismos recursos, intenciones o fortalezas. Mientras que unos tienen –o creen que tienen– a la mano todo tipo de materiales y formas para vivir y vivir bien, otros carecen aún de lo elemental; esto es, la riqueza de la humanidad está distribuida de manera desigual.

Decir que la riqueza de la humanidad está distribuida de manera desigual significa, al menos,

  1. que la riqueza de que pueden disponer los seres humanos es la que se produce en el mundo, y en principio les pertenece por igual a todos;
  2. que si tal pertenencia se repartiese a todos, según el ritmo de la producción, les debería tocar más o menos lo mismo (en calidad y cantidad);
  3. que desde hace algunos siglos se parte –sin justificación– de la propiedad privada (que es resultado de un hurto que se inventó para entregar bienes a unos, y arrebatarles a otros lo elemental para sobrevivir);
  4. que si unos usan la riqueza del mundo para satisfacerse, mientras que otros carecen de todo recurso de vida, entonces se divide indebidamente a la humanidad entre los que poseen y los que son despojados.

Afirmar que la información no llega por igual a todos quiere decir, para seguir los cuatro puntos arriba señalados, que también en este campo hay distribución desigual: mientras que unos están interconectados con todas las redes, otros no saben lo que les pasa siquiera a los que viven más cerca; mientras que unos saben que se investiga sobre esto o aquello, que hay gente que se especializa en tal tipo de saberes, etc., hay gente que no tiene idea de la riqueza de intereses que circula entre los seres humanos. La información está mal distribuida.

Algo similar sucede con las relaciones humanas. Unos se ufanan de que tienen amigos por todos lados, mientras que otros no tienen ni con quien hablar. Toda relación humana está sumergida en procesos de comunicación entre grupos e individuos, independientemente de los contenidos concretos de que se hable. Lo que se comparte es lo que finalmente a usted le llega. Y si no le llega tal cosa, es porque está mal distribuida la comunicación.

En tiempos del COVID-19, la humanidad está siendo invitada insistentemente a “mantener su sana distancia”. ¿Qué tanto se está tejiendo, con ello, una nueva relación –de ajenidad– entre unos y otros, al punto de que, finalmente, los seres humanos supongan que vincularse con los demás los coloca siempre en riesgo y que, por ello, conviene más una vida en solitario?

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