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Violencia: Realidad y Discursos

Cuando vemos casos como el de la familia LeBarón, es necesaria una estrategia de Estado, no hay necesidad de jugarle al Gandhi soportado únicamente en el discurso.

La violencia nos pone nuevamente frente a un espejo que arroja una lastimosa realidad: la indolencia del estado y las brutales manifestaciones con que se mata y marcan los territorios. Fueron 12 años de fuego cruzado entre bandas criminales.

Durante los gobiernos de Calderón y Peña Nieto, el estado presumía la caída de un capo como un duro golpe a sus estructuras, los discursos triunfalistas formaban parte de la simulación, mientras el negocio de la droga seguía su normal funcionamiento de producción en tierras mexicanas para su distribución del otro lado de la frontera. La llegada de López Obrador al poder representaba una alternativa diferente a las soluciones fallidas de los gobiernos anteriores.

Una frase espontánea surgida en el primer debate presidencial, dicha por ‘AMLO’ siendo candidato de Morena, se convirtió en su estrategia de seguridad siendo presidente: “Abrazos, no balazos”, fue lo que dijo de manera jocosa cuando Jaime Rodríguez Calderón, ‘el Bronco’, les pidió a los demás candidatos que se dieran un abrazo. Y así fue como “abrazos, no balazos” quedó en la narrativa popular lopezobradorista como estrategia.

Pero la realidad ha sido aplastante: La violencia está desbordada; y, si bien se tenía un diagnóstico general, su propio equipo ha exhibido su ineficacia; y el gobierno, en vez de aceptar la realidad, por muy lastimosa que sea, prefiere el autoengaño: Decir que el país se está pacificando, que se ha logrado serenar al país sin violentar los derechos humanos y sin violencia.

López Obrador tiene lógicas meramente morales en la aplicación de sus estrategias: “No vamos a regresar a lo mismo, no es con el uso de la fuerza, no es con la violencia. No se puede enfrentar al mal con el mal; al mal hay que enfrentarlo haciendo el bien. La paz y la tranquilidad son frutos de la justicia y esa es nuestra estrategia”, dice el presidente, pero los mexicanos pensamos que no son con buenas intenciones como se puede aplacar, apaciguar, serenar a un país que lleva 13 años sufriendo una violencia terrible, y cuando vemos casos como el de la familia LeBarón, es necesaria una estrategia de Estado, no hay necesidad de jugarle al Gandhi soportado únicamente en el discurso.

Ante tal panorama, el activista y poeta Javier Sicilia se dirige al presidente en una carta publicada en el semanario Proceso: “la consecuencia de los abrazos es la misma que la de las balas: sufrimiento, indefensión y muerte”, y agrega en su misiva: “se trata de saber cuánto Estado se necesita para construir la justicia y la paz, y eso implica políticas de Estado profundas, que tú, presidente, prometiste hacer y no has hecho”.

El presidente, en vez de ocupar las palabras de Sicilia como un diagnóstico o como una puerta al diálogo con las víctimas, prefirió la arrogancia y el ninguneo hacia el poeta; prefirió la cantaleta de “no voy a hacerle el caldo gordo a los conservadores”: la misma visión cortita de buenos y malos, de ‘no estás conmigo: estás contra mí’.

López Obrador tiene que ser por lo menos honesto cuando se trate de hablar de la realidad, no puede repetir como disco rayado de que se está yendo por el camino correcto, de que el país se está pacificando, cuando la realidad es completamente otra. El deseo de todos los mexicanos es que esto acabe, de que la violencia pare, y por eso una mayoría elegimos un proyecto que aparentemente traería mejores resultados, esperamos, que esa manifestación de confianza, sea correspondida con mejores estrategias y no con discursos por demás huecos.

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