Opinión

Bitácora de Viaje (de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

125. Esta es la parte 125 de estas hojas. El número no es emblemático ni cabalístico, es simplemente un número con el que termina esta bitácora. El fin se anunciaba con el inicio. Así son los viajes, así se elaboran los escritos que se forman con las notitas, con los boletos, los “tickets” de pago, la propaganda frugal de restoranes, bares, bazares, museos o las postales. Los viajes no se explican con el traslado, se explican con toda esa papelería y algunos mapas marcados, rayados, que nos van remitiendo a los momentos de esos viajes ya hechos. Los recaditos y los papeles nos evocan los recuerdos del viaje. Los viajes se explican con la experiencia de los lugares y la historia creada por los trayectos.

Esa papelería, que también incluye notas de remisión del pago de las fondas, los restoranes, las servilletas, los cerillos de carterita con la marca del hotel, o los posters en miniatura, han sustituido a las fotografías impresas, para remitirnos a los lugares visitados. Una “selfie” solamente se goza en la pantalla, y aparecen en primer plano las caras deformadas por el acercamiento, la sonrisa forzada, casi plástica de los sujetos de las selfies. Pero raramente se imprimirán para que nos indiquen las rutas del viajero. Por eso los papelitos entran al rescate de la memoria de nuestros recorridos por el mundo. Más aún, las huellas del viaje se quedan grabadas en las notas que uno va haciendo, las palabras que se depositan en las libretas para rehacer el itinerario, primero empírico, y luego para reconstruir la estela de hechos, para que al final se reconstituya en el imaginario.

¿Por qué me estoy deteniendo en describir estos pequeños objetos? Porque me doy cuenta que los viajes, y los lugares que se recorren no tienen sentido  si no los recuperamos con esas minúsculas marcas. Los grandes recorridos, de igual manera, son recordados por los pequeños momentos que destacan en esos traslados. Como en los libros, son los conceptos los que se recuerdan, y no toda la prosa en conjunto que no alcanza a memorizarse o comprenderse en sus capítulos que atragantan. Así, los viajes, se tienen que reconstruir por fragmentos, tanto de tiempo, como de memoria y de espacio. Entonces, nos encontramos con la necesidad de las construcciones de memoria que construyen el espacio, el espacio propio para convertirlo en nuestro territorio.

Dice Felipe González Ortiz en su “Multiculturalismo y Metrópoli” (2009), que a una de las conclusiones que llega después de hacer un repaso sobre la arena urbana, es que: “la configuración del espacio o la territorialidad humana de la urbe, la negocian quienes la habitan y la nombran, en contextos institucionales, políticos y administrativos que influyen en la distribución del poder y en las estrategias para acordar o pactar la (…) construcción urbana”.  El viajero no negocia nada, pero si reconstruye con muchos de esos elementos, ya que las políticas migratorias, las políticas culturales, y las políticas públicas expresadas en la promoción del turismo dan lugar a esa gran movilidad de grupos sociales, en aglomeraciones o en individualidades.

Si bien la ciudad se organiza ya no en función de sus “monumentos o estatuas, portadoras de viejas memorias ancladas a ese poder de configuración de los imaginarios urbanos que tuvo la modernidad, (la ciudad ahora se va a organizar) a través de memorias efímeras y cambiantes, tejidas en los símbolos de la globalidad.” A decir de Rossana Reguillo y Marcial Godoy en “Cartografías urbanas desde las Américas”, en Ciudades traslocales (2005). Y los agentes de esa interpretación es el viajero, es el migrante casual que traslada las imágenes y las convierte en memoria.

Quizá las estatuas nos ayuden a la configuración de los imaginarios urbanos, pero también las propias personas permiten la reconstrucción de esos imaginarios, no solamente urbanos, pueden ser también rurales, o paisajistas. Por ejemplo, en uno de mis recorridos a la emblemática ciudad de Real de Catorce, en el Estado de San Luis Potosí, en un merodeo por Wirikuta y la ruta del peyote, me encontré a un viejo conocido, todo un personaje al que se le conoce como “Lupo”, este a su vez, me presentó a un amigo al que se le asigna el mote de “Jasso de Matehuala”. Real de Catorce, siguiendo los conceptos anteriores, se convirtió además de un viaje místico por repasar las calles de una ciudad fantasma, ahora se convierte en una huella en el tiempo,  por la referencia a estas amistades. Encuentros espectaculares que los hacen significativos, como muchos otros en otras tantas ciudades de distintos países y continentes.

Los estudios socioterritoriales abren un abanico importante de exploración de los conceptos sobre el espacio y que brindan una nueva oportunidad de repasar el hecho interdisciplinario en un mundo multicultural. Agradezco a este periódico, Tribuna por haberme aceptado como invitado durante 125 semanas y haber compartido algunas reflexiones sobre esta materia que naciente en estas fechas, espero se consolide dentro de un tiempo relativamente corto, y que los nuevos estudiantes se formen en investigadores sobre esta interdisciplinaria visión del espacio y el territorio. Como tantas veces hemos repetido, la Universidad Autónoma Metropolitana en su Campus Cuajimalpa y la Universidad Autónoma de Querétaro con su Facultad de Ciencias Políticas y Sociales son las únicas, hasta el momento, que ofrecen su programa a nivel licenciatura de esta formación socioterritorial. Debemos reconocer el esfuerzo y la entrega de la Dra. Carmen Imelda González, del Dr. Daniel Hiernaux y de la Dra. Esperanza Díaz-Guerrero Galván, por la creación de este programa educativo. Y mencionar a mis colegas y amigos Ricardo Rivón y Augusto Peón, entre otros, por compartir momentos de intercambio de ideas en el transcurso de este trayecto.

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