Opinión

Campbell y la memoria

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

“La memoria de un hombre no es una suma,

es un desorden de posibilidades indefinidas”

Borges.

Si yo muriese a la edad con que Federico Campbell dijo adiós −72 años, 7 meses, 14 días−, me quedarían 17 años, 9 meses, 9 días, y contando, o descontando. La única garantía es que estaré muerto sin plazo establecido.

Campbell me ayudó a desarrollar, para bien o para mal, el pensamiento escéptico, sobre todo en el área que más lo absorbía: los desmanes del Estado, sus excesos y abusos, su descontrol, la falta de contrapesos que posibilitan los atropellos que con mucha frecuencia comete.

También lo apasionaba la veleidad, el comportamiento caprichoso y voluble de los testimonios de la historia, la prensa y el poder, lo inhabitable de la modernidad urbana, las historias con aureolas de melancolía y heroísmo para usos políticos o ideológicos.

No lo consigna en sus escritos pero tengo la impresión de que intuía el origen de veleidades y abusos del poder en las historias personales, en los acontecimientos que imprimen destino a hombres y mujeres que, una vez instalados en posición de autoridad, irrumpen en laberintos de rencor y venganza, de megalomanía y narcisismo o, simplemente, el despliegue suave del poder humanizado, autocontrolado.

Campbell estudió trece años en colegio de jesuitas, lo que más recordaba de esa etapa eran las jornadas de reflexión conocidas como “retiros”; los hacían en lugares tan apartados como la sierra de Chihuahua o una hacienda en Jalisco. De estos retiros, que no eran otra cosa que los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, recuerda especialmente una dinámica definida como “composición de lugar”. Comenta Campbell: “Aunque era diferente cada año, en general se trataba de una experiencia estrujante que podía comenzar sin aviso. Cuando tenía once años, durante uno de estos retiros en el desierto de Coahuila, uno de los sacerdotes nos despertó a media noche —a mí y a un par de compañeros— para dar un paseo por el desierto. Caminábamos en silencio entre mezquites y polvo cuando, entre los ruidos de la noche distinguimos una respiración adolorida que no parecía humana. Alguno de nosotros preguntó qué podía ser, pero el padre no respondió. En la oscuridad, el resuello le imprimía a la situación una potente dosis de violencia. Conforme avanzamos fue posible vislumbrar que las quejas provenían de un becerro herido: la sangre le empapaba las patas, manchaba la tierra. Una nube de moscas se apiñaba sobre el animal. Por fin, el sacerdote habló: nos pidió que imagináramos que en lugar de un becerro estábamos frente a un conocido que hubiera sido golpeado, escupido, torturado. Imaginen que es su papá, alguno de sus hermanos, sugirió. Cuando teníamos bien conformada la visión, nos pidió que lo rematáramos. Acercándome una piedra, el padre me ordenó se la arrojara. Me negué en silencio, impresionado por los ruidos del becerro, por su mirada cuajada de espanto. Mis compañeros también se negaron. ¿Si no lo hacen con un animal, por qué lo hacen entre ustedes, porqué lo hacen con él?, preguntó el religioso mientras tomaba un crucifijo de madera. He olvidado muchas de las experiencias que viví durante aquellos años de niñez y adolescencia, pero esa noche jamás se borrará de mis recuerdos.”

Pero no todo es tan mecánico, del mismo fenómeno cada quien guarda su propia experiencia y, a su vez, en el guardado memorial ignoramos qué momento, cuál comentario, cuál imagen quedará grabada como un estímulo encadenado para siempre al hecho, a la movediza y plástica porción de realidad que será guardada.

La memoria no reproduce, no le es fiel a la realidad; más que reproducir, la memoria inventa, recategoriza, reorganiza, redondea, acompleta, miente si es preciso.

 

DOS EPÍGRAFES (utilizados por F.C.)

El mexicano puede ver, sin alterarse,

cómo arde un bosque. Es capaz de

presenciar una destrucción o un

despilfarro sin decir palabra. Sabe

que el monte quemado y la tala y la

destrucción y el saqueo y la injusticia

obedecen a un sistema de despotismo,

a intereses superiores e intocables.

Fernando Benítez, Los primeros mexicanos.

 

El fascismo basaba su poder

en la Iglesia y el Ejército,

que no son nada comparados

con la Televisión.

Pier Paolo Pasolini

(ver http://horalelobo.blogspot.mx/ y http://federicocampbell.blogspot.mx/)

@rivonrl

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