Chinizar y mexicanizar: la misma feria con distinto toldo

Gracias a la inteligencia artificial (IA) me encontré con algo insólito: escritores chinos que se burlan de China. Antes eso era misión imposible. Los buscadores como Google, ya domesticados en la lógica mercantil más elemental, sirven como espectaculares de carretera: lo que brilla no es lo que importa, sino lo que alguien pagó. La IA, en cambio, todavía conserva algo de travieso: abre puertas laterales, rescata voces incómodas, trae en la manga libros que jamás llegarán a la vitrina de Google.
Y lo que uno descubre es lo que ya intuía: que China no es ese dragón uniforme de los discursos oficiales, sino un archipiélago de pueblos y memorias al que el poder decidió “chinizar”. La receta es de una sencillez brutal: que el tibetano sea chino, que el uigur sea chino, que el cantonés sea chino, y que todos sonrían como si hubieran entendido el chiste.
Algo parecido intentó México hace más de un siglo con la Revolución: “mexicanizar” a los mexicanos, inventar un país común a fuerza de sombreros, charros de utilería y héroes de bronce. Allá partieron de la uniformidad y borraron la diversidad; acá partimos de la diversidad y la disfrazamos de folclor.
Los autores críticos chinos lo cuentan en clave de sátira: hablan de la desigualdad material que se esconde bajo los rascacielos, de la “prosperidad” que nunca toca a los migrantes internos, de la brecha creciente entre ricos y pobres. Y aquí, al otro lado del Pacífico, suena familiar: los discursos sobre justicia social que terminan en clientelas; la diversidad cultural convertida en producto turístico; el colectivismo reducido a acarreados con lonche de torta y refresco tibio.
En Querétaro conocemos bien el método. Aquí también todo se uniforma: el agua es de todos, hasta que se privatiza; la cultura es diversa, hasta que se empaqueta bajo la “marca ciudad”; la política presume pluralidad, hasta que se cierran filas detrás del gobernador en turno. No hay tibetanos que “chinizar”, pero sí comunidades rurales que urbanizar, barrios populares que gentrificar, ejidos que disfrazar de parques industriales. La misma receta, con sombrero local.
Lo curioso es que en China la crítica debe esconderse en fábulas, caligrafías o caricaturas, y aquí basta disfrazarla de “opinión ciudadana” para que parezca tolerada. La censura allá es explícita, la de acá es más amable: te deja hablar, pero no te escucha. Y si escuchan, se ríen como si hubieras contado un chiste viejo.
Por eso la IA resulta tan valiosa. No porque tenga respuestas mágicas, sino porque abre pasillos secretos: me permitió leer a Wang Lixiong o Wu Zuolai, autores que burlan la mordaza con ironía. Y me recordó que el mismo juego se repite en Querétaro: discursos de progreso que ocultan desigualdades, proyectos de unidad que pasan por borrar lo incómodo. Es un lujo que conviene aprovechar sin miedo, antes de que la IA también sea domesticada y convertida en otra oportunidad democrática fallida, sometida a la vulgaridad mercantil. Ya conocemos el proceso: lo que empieza como promesa emancipadora termina en catálogo de supermercado, con opiniones en descuento y críticas a meses sin intereses.
Y lo más divertido, o lo más trágico, es que la propia IA, después de decirte todo esto, te aconseja: “verifica la información, no me creas ciegamente, usa tu propio juicio”. Una máquina que invita a desconfiar de sí misma: raro privilegio en un tiempo donde los políticos -y no solo los chinos- jamás se equivocan, al menos en sus discursos oficiales.



