Opinión

El sentido de la protesta

Más de cinco veces me senté frente a la computadora a escribir artículos sobre el genocidio en la Franja de Gaza y no publiqué ninguno porque me parecía ocioso. Compartía videos y después dejé de hacerlo. Conformé un colectivo y luego me alejé al aceptar que estábamos perdiendo la batalla: el pueblo palestino era exterminado frente a los ojos del mundo y nosotros apenas éramos testigos.

Nos preguntamos muchas veces, en aquel colectivo, si protestar cambiaría algo. La respuesta, en el fondo, siempre fue que no. Es que es imposible ignorar la realidad: miles de personas salen a las calles en distintas ciudades de América y Europa, boicotean eventos deportivos, ondean banderas, levantan la voz, y aun así, cada día 28 niños mueren entre las bombas y el hambre.

Veintiocho. Los suficientes para llenar un salón de clases de primaria. Una de cada tres personas en la Franja pasa días sin probar un solo bocado y casi una cuarta parte vive en condiciones de hambruna. El Estado de Israel aprovecha esa vulnerabilidad para bombardear niñas y mujeres mientras buscan algo de comer. En todo el conflicto, 18 mil niños y niñas han muerto: algunos desnutridos en los brazos de sus madres, otros sepultados bajo los escombros.

Entonces volví a preguntarme por el sentido de la protesta.

Volví a sentarme a escribir sobre Palestina para recordarme que todavía me conmueve la barbarie, que aún soy incapaz de no sentir nada cuando veo el exterminio de un pueblo entero. Y entendí que las palabras y las banderas no frenan un genocidio, pero sí nos salvan de la indiferencia. Que protestar ya no es un acto político, es un acto existencial.

Porque a veces uno no protesta por Palestina, protesta para uno mismo. Protesta porque en medio del horror necesita recordarse que aún es humano. Que todavía somos capaces de reconocernos en el dolor del otro.

La protesta no ha logrado frenar la masacre, pero nos rescata del silencio cómplice. Y si algún día dejamos de conmovernos, si aceptamos la barbarie como parte del paisaje, entonces sí habremos perdido lo último que nos queda: nuestra dignidad humana.

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