Ciberactivos

De las narcoseries a la antinarcoseries

Sergio Rivera Magos

La narcocultura en la que estamos inmersos se ha ido construyendo a través del tiempo, alimentada por diferentes relatos y contenidos. Los medios de comunicación han jugado un papel muy importante en su configuración. La proliferación de productos mediáticos relacionados con cárteles, capos y traficantes ha inundado la industria del entretenimiento en los últimos años.

La etiqueta “narco” ha servido de prefijo recurrente para nombrar todo lo que de este universo simbólico se desprende: la narcocultura, el narcocorrido, la narcoliteratura, la narcomoda y la narcopolítica, tan sólo por mencionar algunas de las expresiones bajo esta etiqueta. Lo narco inunda nuestras vidas, se instala en el lenguaje, en las pantallas y en las conversaciones -sean serias o triviales- y forma parte de nuestra realidad más cruda.

Las narcoseries han contribuido a la glorificación del narco, a la idealización del narcotraficante como símbolo de poder ilimitado. La representación mediática de lo narco promueve la visión de un mundo en donde lo que importa es el triunfo del ingenio y valor del narcotraficante sobre la ley y sus instituciones. Las narcoseries no sólo resultan atractivas por verosímiles y por su temática doméstico-universal, sino porque han podido construir héroes que combinan fuerza de carácter, carisma y autenticidad.

El éxito de las narcoseries promueve la normalización de lo delictivo y la fascinación por la cultura narco, ante esta realidad se impone la producción de series documentales y de ficción que acerquen a los espectadores al drama del narco desde la mirada de las víctimas. Se requieren contenidos que no mitifiquen al narcotraficante presentándolo como una expresión de una realidad inevitable, pero rescatable desde su extravagancia y espectacularidad, sino que lo retraten -sobre todo- desde su dimensión delictiva.

En este sentido, propuestas como la recientemente galardonada en Cannes La Civil, nos plantean la posibilidad de abordar el tema del narco desde el relato del drama que envuelve. La película plantea un problema social lacerante, la trata de personas y la lucha que una madre emprende para encontrar a su hija secuestrada.

Otro gran ejemplo es Somos, que, en formato de serie corta, bajo la categoría de entretenimiento reflexivo, nos introduce a un hecho real poco conocido, invisibilizado por el gobierno y desatendido por la prensa. Somos aborda la masacre ocurrida en la población de Allende Coahuila, cometida por los Zetas en el 2011.  La serie relata el proceso que llevó a este cártel a asesinar a víctimas civiles en una vorágine de violencia y venganza indiscriminada, producto de una filtración de datos confidenciales relacionados con informantes de la DEA. En la serie, los Zetas identifican a los que consideran traidores y llevan a cabo una “vendetta” que acabó por involucrar a la población de Allende y otras comunidades. Los civiles fueron asesinados, sus cuerpos desintegrados y sus casas demolidas. Aunque no hay una cifra oficial se considera que murieron entre 49 y 300 personas.

Somos es una serie que narra un hecho desde el relato coral de las víctimas, dejando de lado el glamur “Kitsch” del narco para mostrarlo como un poder omnipresente que asfixia la vida de una comunidad entera. La serie recupera un hecho real revelado originalmente por el periodista Enrique Osorno y posteriormente por la periodista estadounidense Ginger Thompson, llevando así el trabajo periodístico al terreno del entretenimiento “streaming”. Urge que los medios incluyan en su aproximación a la narcocultura un discurso crítico, que atienda a lo que las víctimas tienen que decir. Es necesario recurrir a las antinarcoseries como contrapropuesta, y a la reflexión como alternativa al entretenimiento socialmente degradante.

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