La victimización como respuesta

La victimización resulta tremendamente redituable, permite evadir responsabilidad, desviar la atención y evitar rendir cuentas. La victimización es una estrategia recurrente del presidente López Obrador, que utiliza para toda ocasión y como respuesta única ante críticas, señalamientos o denuncias. Para el presidente no importa la calidad ni cantidad de la evidencia, todo el que señala un acto de corrupción de su gobierno o familia es parte de una campaña orquestada para desacreditar a su administración.
La victimización raya frecuentemente en el absurdo y el delirio. El atentado sufrido por Ciro Gómez Leyva, según el presidente pudo tener como motivación afectar a su gobierno. Si los padres de niños con cáncer denuncian desabasto de medicinas, lo hacen movidos por fuerzan oscuras que los patrocinan y utilizan para afectar a la cuarta trasformación. Cuando en las mañaneras se les presentan datos acerca de la corrupción de sus funcionarios responde previsiblemente diciendo que es una campaña de los medios de comunicación, los neoliberales o los conservadores que están muy enojados por haber perdido sus privilegios, coronando sus dichos con la frase “no somos iguales”.
La realidad en toda su complejidad es reducida por AMLO a una dinámica en donde él acierta siempre y sin excepción, gracias a su fuerza moral, su comunión con el pueblo y su ejemplo purificador. Por el contrario, sus adversarios fallan consistentemente, sin importar la naturaleza de sus denuncias o la legitimidad de sus reclamos. La crítica como ejercicio ciudadano, periodístico o de oposición, sólo es válida cuando se refiere a los otros, a los de antes; pero cuando se aplica a su gobierno constituye un acto de traición a la patria y de guerra sucia sin final. Cualquier observación acerca de la ineficacia de sus políticas públicas es atajada con el contundente “yo tengo otros datos”; cualquier tipo de evidencia que no le resulte favorable es combatida atacando al mensajero, desacreditando instituciones, insultando periodistas o funcionarios públicos no alineados con su voluntad.
La victimización le permite al presidente desviar la atención, evitar dar explicaciones, resuelve las controversias sin tener que debatir y reafirma su condición de héroe redentor perseguido por fuerzas malévolas. En este sentido, la gestión de crisis se reduce a negar, victimizarse, evadir y desacreditar a quien haga falta. Esta estrategia resulta tan útil, que la realidad es lo de menos y la verdad algo prescindible.
El problema de esta dinámica discursiva es que se ha convertido en marca de la casa. López Obrador con su ejemplo a alentado a sus funcionarios públicos a hacer lo mismo, a salirse repetidamente por la tangente, sin la necesidad de rendir cuentas. Esta pedagogía presidencial ha cundido entre miembros del gobierno y militantes de Morena. Escuchamos las mismas frases, la vehemente negación a pesar de la evidencia audiovisual o de los datos duros. Así sean grabados infraganti, los funcionarios involucrados desestimarán hechos y pruebas, pues son resultado de la inquina de los que se oponen a la cuarta trasformación.
Lejos de avanzar a una auténtica rendición de cuentas, la clase política en el gobierno evita responder a sus actos con un recurso básico: victimizarse y resguardarse bajo el manto protector del presidente, para así, lograr total impunidad. Los casos de corrupción siguen acumulándose, las pifias de política y obra pública continúan documentándose, las denuncias se multiplican; pero no importa, siempre existirá la narrativa y la sentencia del “no somos iguales” aunque sean los mismos bajo nueva marca política. Esta élite morenista mantiene viejas prácticas y un cinismo a prueba de toda evidencia y de la contundente realidad.



