El camión de la humanidad: Una historia de cooperación, competencia y vanidad

Empiezo desde la sociología, la ciencia que intenta explicar cómo vivimos juntos, cómo competimos y cómo nos organizamos. Pero aviso: voy más allá. Como advirtieron Immanuel Wallerstein y Eric R. Wolf, tratar la realidad como si estuviera dividida en cajones – economía, por un lado, política por otro, cultura aparte -es una tontería académica. El mundo funciona como un solo sistema, y los procesos humanos no respetan fronteras entre disciplinas: se mezclan, se contagian y chocan. Esta columna se mueve entre todo eso sin pedir permiso.
Hace unos 200 mil años -cuando los años ni siquiera existían, ni los calendarios ni la puntualidad- el Homo sapiens apareció en África. Era un animal inquieto, de memoria corta y ambiciones largas. Por hambre, curiosidad o puro aburrimiento cósmico empezó a caminar. Caminó tanto que cruzó montañas y mares hasta que algunos descendientes, mucho después, pasaron por el estrecho de Bering. Sí, ese que nos dibujaron en la primaria con flechas y mamuts. Así que, si hablamos de “pueblos originarios”, convendría empezar por reconocer a esos africanos originales como los verdaderos fundadores de la aventura humana. Lo demás -himnos, banderas, relatos identitarios, tan poco originales- vino después.
Desde aquel debut, calcula el “Population Reference Bureau”, han pasado por la Tierra unos 117 mil millones de personas. Si eso fuera el 100 por ciento, tú, lector, serías el 0.00000085 por ciento una motita hablante que, sin embargo, opina en conferencias y presentaciones de libros, como si el universo la estuviera esperando. Ese número sale de sumar los nacimientos estimados en cada época: cazadores recolectores, aldeas agrícolas, ciudades amuralladas, metrópolis digitales. Es contabilidad de la vanidad: contamos a los muertos para sentirnos importantes los vivos.
Ahora viene el dato que debería quitarnos el sueño: casi una quinta parte de toda esa humanidad nació en los últimos 100 años. Durante el 99 por ciento de nuestra historia la población apenas crecía. Éramos pocos, frágiles, vulnerables. Luego llegaron los antibióticos, los fertilizantes y el capitalismo, y el planeta se llenó como camión urbano a las siete de la mañana. Desde 1900 la explosión demográfica cambió el equilibrio: en un solo siglo nacieron más personas que en los 190 mil años previos juntos. Nos tomó casi 200 mil años alcanzar el primer mil millones y apenas 12 años sumar el más reciente. No es que la historia se acelerara: nos multiplicamos a un ritmo que ningún manual -ni biológico ni ético- había previsto.
De esos 117 mil millones, sólo unos ocho mil millones seguimos respirando. Y nos sentimos protagonistas, no penúltimo capítulo. Robert Wright, en Teoría de juegos y destino humano, dice que la civilización avanza cuando jugamos “tú ganas, yo gano”. Suena precioso… hasta que alguien se queda con todas las fichas. Nuestra especie domina también el juego contrario: “yo gano porque tú pierdes”. Gaza, Ucrania o el mercado financiero son tableros distintos de la misma pulsión: cooperación cuando conviene, competencia cuando brilla la oportunidad.
Randall Collins propone bajar todavía más el “zoom”. Las grandes guerras empiezan en chico: en la mesa del café, en el salón de clase, en la junta vecinal. Cada palabra busca energía emocional, respeto, atención. Las batallas no nacen en los mapas geopolíticos sino en la necesidad de ser tomado en serio.
Y aquí estamos: la última tanda de una especie viajera y reincidente. Vivimos sobre los huesos de los 109 mil millones que ya lo intentaron y juramos ser distintos. Predicamos cooperación global mientras practicamos competencia local. Calculamos nuestra huella de carbono, pero no la de nuestra soberbia. Y seguimos preguntando por qué el mundo no coopera como quisiéramos, sin recordar que nosotros somos el mundo… pero en versión 0.00000085 por ciento.



