El último arrebato

Zopilote

Se consideraba, por temperamento, golfo y vagabundo. Aconsejaba no preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. De lo que menos había que inquietarse era por el público y sus expectativas. Ni siquiera había que ocuparse de lo que escribían sus colegas. Desdeñaba la técnica: si el escritor está interesado en la técnica, más le vale dedicarse a la cirugía o a colocar ladrillos, pues para escribir no hay atajos ni recursos mecánicos.

En el montaje de su escritura, creía William Faulkner, hay que convocar a la experiencia, la observación y la imaginación. Faulkner era lector compulsivo pero no reunió las calificaciones para obtener siquiera el certificado de secundaria. Perdió un empleo porque fue sorprendido leyendo en horas de trabajo. Con todo, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1949. No le importaban los críticos, porque la opinión tiene muy poca relación con la verdad, además de que a la vida no le interesan ni el bien ni el mal.

Mueven al hombre la ambición, el poder y el placer. Eso decía. “Entre los 20 y los 40, la voluntad de hacer se hace más fuerte, más peligrosa, pero la persona todavía no ha empezado a aprender a saber”. Faulkner murió en 1962, tres décadas después de publicar El sonido y la furia y Mientras agonizo. Consideraba que el tiempo era “una condición fluida” sin existencia por sí misma, “excepto en los avatares momentáneos de las personas individuales. No existe tal cosa como fue; sólo es. Si fue existiera, no habría pena ni aflicción”.

A propósito de Estados Unidos, su país, en el contexto de un ataque racial, se preguntó alguna vez: ¿merece sobrevivir este país? Es una pregunta que hoy nos seguimos haciendo. Tras cuatro años de Trump, ese país del que pocos beneficios pueden esperarse, entre tantos males que le debemos, hoy por fortuna nos está dando una alegría. Pequeña, pasajera e inútil, pero está siendo una alegría.

El nobel norteamericano decía sentirse bien lo mismo leyendo el Antiguo Testamento que contemplando el vuelo de un ave por los cielos. “Si reencarnara, sabe usted –dijo a Jean Stein–, me gustaría volver a vivir como un zopilote. Nadie lo odia, ni lo envidia, ni lo quiere, ni lo necesita. Nadie se mete con él, nunca está en peligro y puede comer cualquier cosa”. Palabra de poeta.

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