Jicotes

LÓPEZ OBRADOR Y LA CORRUPCIÓN

Es el sexenio de la inflación, de la inflación de la palabra.

INUSITADO DISCURSO DE FRANCISCO DOMÍNGUEZ

El gobernador Francisco Domínguez está peleado con la palabra, la hablada y la escrita. Tiene una dislexia evidente y es un gobernante prácticamente ayuno de ideología, pero su discurso del cinco de febrero fue magnífico. Utilizó la celebración de la Constitución del 17 no solamente para dar la clasecita rutinaria de historia sino que se basó en nuestro pasado para lo que realmente debe de servir: como experiencia, cotejo con el presente y actualidad de sus enseñanzas. Le acercó el caballo Galán a López Obrador y lo hizo con la decencia del anfitrión y una elegante inconformidad con su estilo y políticas presidenciales.

Al leer el texto Domínguez lo hizo en forma telegráfica, vocalizar lo obligaba a no pronunciar más de tres palabras seguidas pero garantizó así la posibilidad de no resbalar en balbuceos ininteligibles y se le entendiera todo, El gobernador, al menos en la forma, ha aprendido. Salvo una que otra floritura retórica de sobra conocida; “La mejor forma de honrar la Constitución no es evocándola, sino cumpliéndola”. El contenido, tal vez un poco largo, pero el mensaje claro e inobjetable.

De todos los aciertos me concentro en dos. Ya es tiempo de evitar los radicalismos y la confrontación que de nada sirven; es necesario promover la reconciliación. El gobernador convocó a ser conscientes de que el lenguaje, en la vida pública, hermana o confronta, aproxima o divide. Lo dijo ante un López Obrador que sigue manejando sus mensajes con una falta absoluta de respeto a sus repercusiones; es el sexenio de la inflación, de la inflación de la palabra. El discurso tiene que superar las rupturas, los calificativos de villanos y concentrarse más en la función integradora de la presidencia de la República.

El gobernador también pega en el blanco cuando afirma que nuestra República elimina la perpetuación de los caudillos, que van de la mano del centralismo que es esencialmente conservador. Propone el remedio contra estos males de nuestra democracia: el federalismo, la división de poderes con un Congreso y un Poder Judicial independientes, finalmente y no menos importante, una cultura de la legalidad ante quien la practica como se le da la gana.

Magnífico discurso de Francisco Domínguez que todos debemos de tener presente, principalmente López Obrador, tan arrojado como errático y desbrujulado.

Después de este cebollazo al gobernador espero que se deje de acosar a Plaza de Armas y a mí, al menos, me la ofrezcan de policía de crucero.

LÓPEZ OBRADOR Y LA CORRUPCIÓN (I)

Independientemente del éxito o fracaso de López Obrador, después de su mandato el país no será igual. Sus grandes banderas: la lucha contra la corrupción y la austeridad han calado en la historia y serán referencia en el futuro, aunque sus promesas estén marcadas de contradicciones, incongruencias y simulaciones. Simplemente la sociedad ha hecho suyos esos anhelos y no quitará el renglón hasta avanzar a hierro y fuego por alcanzarlos.

Para llegar a la copa de los árboles, afirman los antiguos filósofos, es necesario partir de las raíces, es decir desde su diagnóstico, lamentablemente López Obrador en el tema de la corrupción anda bastante confundido, para no utilizar palabras más severas. El problema es que los conceptos que nos asesta pueden trascender en la cruzada correspondiente, actualmente y en la del porvenir.

Manifiesta que el problema de la corrupción no es un problema cultural, por supuesto que es un problema cultural. La mayoría de los valores ligados a la honradez o a la decencia, y sus contrarios vinculados con la corrupción, son valores sociales, culturales, históricos y la mayoría subjetivos, basan su existencia, su sentido y validez, de acuerdo al tiempo, la circunstancia, la costumbre y hasta la percepción del individuo y la sociedad que los capta.

Sólo un ejemplo. Hace ya varios años por el mes de noviembre, si mal no recuerdo, se festejaba el día del agente de tránsito. La fecha era motivo para que a los agentes se les otorgaran todo tipo de regalos. ¿Quiénes lo hacían? Los automovilistas a quienes el guardián les permitía rutinariamente dar la vuelta prohibida, las empresas a las que se les toleraba que sus camiones descargaran en doble fila, etcétera. Al día siguiente era motivo de noticia en todos los periódicos, se podía ver a los agentes de tránsito posando con estufas, refrigeradores o sin el más mínimo pudor recibiendo un sobre. Los medios de comunicación, la sociedad, creo que todos, aceptábamos gozosos esa corrupción disfrazada de reconocimiento; dirían los jóvenes de ahora “no había fijón”. El umbral de nuestros valores se ha elevado, ni Harry Potter vernáculo podría hoy imaginar la repetición de esa costumbre.

Seguiremos con el tema, con la conciencia de que la tozudez de López Obrador es hermética y no le hinca el diente ni la lógica ni la cultura ni la historia.

LÓPEZ OBRADOR Y LA CORRUPCIÓN (II)

Dice el Presidente de la República que el problema de la corrupción no es una cuestión cultural, como tiene una concepción bastante raquítica hasta él mismo boicotea lo que resulta su aportación y bandera.

Parafraseando a Vargas Llosa: cuándo se jodió el país hasta convertir a la corrupción como la principal causa de sus problemas y el principal obstáculo en las soluciones. Espero no verme demasiado nacionalista pero creo que desde la conquista. Nuestra cultura original era colectivista, de esfuerzo y de servicio a la comunidad, había una actitud mística y mágica ante la vida. Los conquistadores eran resultado de una cultura individualista, basada en el atesoramiento, en la exigencia de formar un patrimonio económico.

Hernán Cortés no era ninguna dama de la caridad, sino un micro empresario conquistador que se aplicó al robo, al saqueo, a la ambición desmedida para también tener contento al Rey. Los españoles nos enseñaron eso de: «Se acata pero no se cumple». Los indios, sostiene Bonfil Batalla, usufructuaron las instituciones, creencias y rutinas que se le imponían y se hicieron corruptos. El mestizaje con los criollos fue un coctel letal para el patrimonio nacional.

No quisiera aburrirlos contando toda la historia de la corrupción nacional, sólo algunos ejemplos: Sana Anna bautizado «El quince uñas»; Porfirio Díaz con su «maicear»; Carranza con el «carrancear»; Obregón con: «No hay general que resista un cañonazo de cincuenta mil pesos». Más recientemente: «Político pobre es un pobre político»; «A mí no me den pónganme donde haya». La alternancia partidista trajo fundamentalmente el cambio de estrategia y muy poco la honestidad. Los priistas recurrían a los empresarios para hacer negocios, los panistas al ser empresarios sí sabían cómo hacerlo y lo hacían ellos mismos. Su gran aportación «los moches». Los perredistas afinaron la estrategia de los «diezmos» que presionaba al robo a sus colaboradores. Y Morena considera la nómina parte de su patrimonio y muchas de sus designaciones son de vergüenza. Además de contar con funcionarios que les da un acceso de alzheimer al presentar sus declaraciones.

En fin, son generalidades, en todos los partidos ha habido también gente honesta. A lo que voy es que la política ha sido la gran creadora y gestora de la corrupción. Ha formado toda una cultura, que no se ha limitado a una forma de ser y de hacer política, sino también ha puesto su granito, o granote de arena, en la cultura del empresario, el maestro, el líder sindical, el periodista, el militante. Increíble que López Obrador sostenga lo contrario.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba