Se dice en el barrio

Un mundo raro

En aquella época no había tantos riesgos como ahora; al menos, no en el barrio. En las tardes, mis papás nos dejaban salir a la calle a jugar, si ya habíamos terminado la tarea. A eso de las siete, nos metíamos para cenar, bañarnos e irnos a dormir. A mis hermanos y a mí siempre nos cuidaron: nos insistían en cumplir con la escuela, para salir de la uni, a la larga, con un título. Desgraciadamente, yo sólo pude terminar la secundaria, pues mi abue se cayó de un camión, el chofer se fugó y mis papás tuvieron que endrogarse para cubrir los gastos de las curaciones y luego los del entierro. Entré a trabajar a un taller de herrería, para apoyarlos, y ya no pude ir a la prepa. Mis hermanos sí terminaron de estudiar.  

Sigo en el taller. Soy el menor de todos. El contador y la administradora estudiaron en la UAQ y todas las secretarias se formaron en academias. De ahí en fuera, los demás trabajadores terminamos, si acaso, la secundaria; pero a todos nos encanta leer, y nos echamos un libro por semana; de otro modo, nos sentimos frustrados. Cada sábado nos reunimos para platicar de literatura, historia, física o de lo que trae el suplemento del periódico. Casi siempre, también nos tomamos una cervecita. En las reuniones me siento bien, porque me ven como su hijo, pero puedo decir lo que pienso. 

El sábado pasado, Gaspar llegó temprano. Anticipó que abriría la reunión, pues nos compartiría algo maravilloso. Apenas entré, me di cuenta de que no había luz eléctrica. Destacaba una mesa enorme, con una manta blanca y, desde sus extremos, dos cirios teñían la estancia con resplandor marrón; sus destellos sugerían ambiente de catacumba. Pidió silencio total y habló con voz misteriosa: “a mediados del siglo pasado, un fraile italiano murió, todavía joven, por un tumor canceroso. Después de la cirugía, lo declararon muerto, y la comunidad procedió, fervorosa, con el velorio: inició el credo y, acto seguido, entonó con recogimiento un canto gregoriano. Enmedio del fervor, la sábana que cubría el cadáver se deslizó y el fraile se incorporó para decir, ante el espanto de todos: ‘Morí y, enseguida, me hallé en el purgatorio. Mis sentidos, con que ofendí a Dios, sufrían pavoroso tormento. Aunque el tiempo de allí no es terrenal, la experiencia fue de eternidad. De rodillas, imploré el perdón del Señor. En su gracia, me permitió volver a la vida’. Desde ese momento −continuó Gaspar su narración−, el fraile se dedicó a hacer el bien. Así, alcanzó la salvación. Ahora está a un costado del Señor, arrebolado por su infinita belleza. Sus últimos dolores están narrados en los Heraldos del Bien”. 

Varios del taller son creyentes, pero dicen que su fe no da para supersticiones. Algunos hicieron preguntas a Gaspar, no para burlarse de él, sino para mostrar respeto a sus intenciones. Él concluyó su narración asegurando que, en la Tierra, hay más ángeles de los que pensamos. Son enviados celestiales que nos hacen ver nuestros males: inmadurez, ignorancia, egoísmo, miedo, materialismo, perdición. Su presencia sutil −inaccesible a nuestros sentidos− nos transmite la vibración necesaria a nuestra ceguera para que nos unamos al Plan Cósmico Universal y liberemos al alma de su prisión material. 

Algunos compañeros dejaron de hacerle preguntas, y prefirieron sugerirle que procure la atención profesional de un psicólogo. Otros más le dijeron que, como herreros, conocemos bien el valor del fuego, por ejemplo; si no nos protegemos, podemos resultar heridos de muerte. Si nos cuidamos tanto del fuego, con más razón tenemos que hacerlo frente a los ardores de la imaginación.

Discretamente, uno a uno nos fuimos despidiendo y salimos de la reunión. Al lunes siguiente, hablamos sobre lo que nos había dicho Gaspar. Coincidimos en que nos reunimos para disfrutar a los amigos y para sabernos aceptados, aun en nuestras diferencias. Reconocimos que cada quien lleva una vida particular, aunque seamos parecidos en intereses y formas de ser; que muchas veces nos rebelamos ante nuestros bajos sueldos y las leyes que privilegian al capital, y que debemos exigir a los gobernantes que atiendan nuestras necesidades básicas. Pero que lo que Gaspar planteó, está totalmente fuera de nuestra manera de comprender la vida. Cuando me encontré, después, con Gaspar, él me preguntó qué pensaba yo de lo que nos había mostrado. Tuve que decirle que las suyas me parecen ideas extrañas; que hacemos nuestros mejores esfuerzos para atender lo que es común a todos; que eso tenemos que lograrlo con esfuerzos y nuestras capacidades reales. Le dije que ese mundo al que nos llevó durante la reunión me recordó aquellos relatos medievales que hablaban de brujas, hechizos, fantasmas y gente a la que quemaban.

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