Opinión

Depresión y neoliberalismo

Por Iván J. M. Rivas Ruiz

Lo que en este texto nos ocupará es delinear la relación entre un padecimiento que pareciera estar de moda (la “depresión”) y el orden político-económico actual denominado neoliberalismo, así como el trazado de una propuesta de tratamiento más allá del medicamento.

 

El hecho de que cada vez sean más las personas diagnosticadas y tratadas por “depresión” se nos muestra como un indicador de que algo del orden de lo social está afectando la relación de los sujetos consigo mismos y con los otros. Esta proposición cobra el sentido que pretendemos exponer a la luz del análisis de este padecimiento considerado ya uno de los más grandes males de nuestra época.

 

Hoy en día el vocablo depresión es sinónimo de enfermedad mental y a la vez de una condición subjetiva que coloquialmente se desvanece en su diferencia con la denominada tristeza. Es común escuchar en estos tiempos la palabra depresión usada como sinónimo de tristeza, pero no podemos olvidar que en su dimensión médico-psiquiátrica ésta nos devela toda una corriente discursiva que tiene necesariamente consecuencias políticas y subjetivas.

 

El neoliberalismo en tanto es una política económica que licita el libre comercio sin intervención alguna de los gobiernos, puede ser relacionado, bajo una mirada estructural, con la depresión en cuanto ésta es también un padecimiento existencial. El neoliberalismo es en resumidas cuentas una política de comercio que legitima a los empresarios para vender, comprar y explotar el capital humano y los recursos naturales sin ninguna intervención del gobierno en la regulación de sus negocios.

 

Más aún, dicha política tiende a implementar las condiciones necesarias para que los empresarios inviertan en un país su dinero sin importar que la población y el medio ambiente salgan perjudicados. Es importante tomar en consideración que esta libertad para negociar, invertir o retirar el capital tiene efectos colaterales en el sistema social y por tanto en sus sujetos.

 

La política de comercio neoliberal ha producido un aumento significativo en el índice de pobreza y en la calidad de vida de las personas. El orden de clase social ha sido trastocado y con ello innumerables aspectos del día a día de los sujetos. Ser pobre no es sinónimo de infelicidad como tampoco ser rico es sinónimo de felicidad, sin embargo no podemos negar que la calidad de vida aumenta conforme se satisfagan las necesidades primarias como salud, educación, techo y alimentación. El neoliberalismo modifica nuestras relaciones existenciales, produce nuevos sujetos, pues recordemos que el sujeto puede ser mirado como la resultante de una estructura que también es social y contextual.

 

Hoy en día ser no productivo es considerado una enfermedad, y de las más graves por cierto. Ser depresivo es casi una moda, hoy todo el mundo está deprimido, o es feliz, no hay de otra. El abanico de otras posibilidades parece anularse en estos dos polos que se instauran como únicos modos posibles ser y estar. Podemos decir que nuestros tiempos son tiempos de intolerancia al displacer, paradójicamente y a pesar de ser tiempos de un goce desenfrenado por la caída de los grandes referentes y el asentamiento del capitalismo y el mercado.

 

La depresión es primeramente un concepto, palabra que nombra una especie de fenomenología de la existencia del ente humano. Michel Foucault, en El Nacimiento de la clínica, plantea que “No hay enfermedad sino en el elemento de lo visible, y por consiguiente de lo enunciable”. Podemos ver que lo que se ha denominado depresión no es una enfermedad en sí, sino un conjunto de síntomas que no son más que “el soporte morfológico indispensable del signo”. Si la depresión es por consiguiente un signo ¿Qué es lo que signa? Obviamente al depresivo, o en todo caso un comportamiento. Pero este comportamiento, ¿es lo signado o lo que signa una forma de estar en el mundo?

 

A esta forma de estar en el mundo podemos caracterizarla, siguiendo el discurso psiquiátrico, por una alteración del pensamiento y de los impulsos que va acompañada por tristeza, el deseo de muerte permanente, un desinterés total y trastornos en el sueño. Salta a la vista que esta forma de estar en el mundo no es por lo pronto una forma de ser en el mundo sino una forma de padecer en el mundo.

 

Está claro que el fenómeno clínico de la depresión se presenta desde la antigüedad, sin embargo la manera de nombrar a este fenómeno existencial del ser humano ha cambiado a lo largo de la historia. No perdamos de vista que con la Revolución Francesa y la Revolución Industrial el modo de entender a la persona enferma cambió. La reforma psiquiátrica positivista de Pinel y Esquirol sentó las bases entre el loco y el enfermo mental. La locura es excluida por lo perturbador del comportamiento del loco, y pasa a ser cosificada en entidades mórbidas que no sólo pueden sino que necesitan ser tratadas, en este sentido lo que hoy llamamos depresión al ser algo perturbador para los demás viene a ser tomada como una enfermedad mental que necesita ser tratada.

 

En los últimos años ha habido un boom en la comercialización de medicamentos para tratar la depresión. Los denominados antidepresivos son la primera opción para el tratamiento, dejando poco o nulo espacio a la palabra y con ello a toda posible búsqueda discursiva de un “saber qué me pasa y porqué no puedo tolerar la vida”. No es mi postura anti o contra los medicamentos destinados a paliar esta forma de padecer, sino al contrario, creemos en la necesidad (en ciertas ocasiones) de apoyar un tratamiento psicoanalítico en la utilización controlada de antidepresivos con miras a su paulatina reducción.

 

El neoliberalismo justifica el libre comercio de las empresas farmacéuticas. Valdría la pena cuestionarnos si, ¿hay más medicamentos antidepresivos porque cada vez existen más personas con depresión? O por el contrario si, ¿hay más personas que consumen medicamentos antidepresivos porque ahora hay más medicamentos con que tratar dicho diagnóstico?

 

Nuestra propuesta es que la depresión es una enfermedad no de muerte, sino de vida. Que empuja al sujeto a bordear un saber inconcebible del cual no se quiere saber nada. Encaminar hacia lo sublime de la existencia, es otra coordenada posible en el tratamiento además de los medicamentos.

 

Lo sublime de la existencia puede ser entendido a partir de la experiencia estética que nos proporciona una catástrofe. Aquel instante donde el proceso de racionalización se suspende y quedamos mudos frente a algo infinitamente insoportable. En este sentido la posición subjetiva de aquél que padece depresión nos muestra lo sublime del mundo frente a nuestra recoleta condición y efímera existencia: no soy nada y la vida no tiene sentido.

 

Sin embargo, esta cruda y fuerte afirmación ya presente y encarnada en el deprimido puede instituirse como punto de partida para dar un viraje y poder re-posicionarnos subjetivamente frente a lo sublime de la existencia para decir: precisamente porque no soy nada y la vida no tiene sentido, veo la posibilidad de ser conforme a mi deseo y asumo la responsabilidad de darle un sentido a mi vida.

 

El psicoanálisis puede apostar a la posibilidad de la emergencia de un deseo consistente en hacer, del dolor de la existencia, algo soportable para los portadores de esta modalidad del sufrimiento, a partir y a través de la creación de un sentido de vida que emerja de la verdad que sus propias palabras le procuran; pues recordemos que este dolor frente a la vida en tanto infinito será siempre incurable.

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