Opinión

Derechos humanos y educación superior

Por: Ángel Balderas Puga

El pasado 19 de febrero la Defensoría de los Derechos Humanos de Querétaro (DDH) emitió una recomendación en contra de nuestra universidad por el hecho de que dos aspirantes a la Escuela de Bachilleres, desgraciadamente, no pudieron ingresar a nuestra institución.

Es bastante simplista querer reducir un problema estructural a una mera cuestión de voluntades.

Entre los años 60 y 80 del siglo pasado hubo una gran expansión en la educación superior y en la educación media superior. Todos los que hicimos estudios universitarios en la UAQ en ese tiempo no hicimos examen de admisión para poder realizar estudios superiores, no había necesidad, había lugar para todos, bastaba con querer estudiar.

Es increíble que la DDH desconozca o aparente desconocer que el principal culpable de que nuestros jóvenes se queden sin acceso al nivel medio superior o al nivel superior es el Estado mexicano. Contra ellos debería dirigir sus baterías y no contra las víctimas de una política atroz que deja en la indefensión a todos aquellos que no pueden ingresar en una institución pública y tampoco tienen el dinero suficiente como para pagar sus estudios en alguna institución privada.

Lo ha señalado varias veces el rector de la UNAM, Dr. José Narro Robles: este país tiene a 7 millones y medio de jóvenes sin empleo y sin acceso a la educación. Harían bien en la DDH leer el magnífico libro de Hugo Aboites “La medida de una nación”, para que aprendan las causas estructurales que cierran las puertas de las universidades a jóvenes con ganas de estudiar.

Cuando los estados decidieron cerrar las puertas de las universidades, inventaron los exámenes de admisión para justificar el que muchos jóvenes no pudieran ingresar a estudios superiores, la razón no sería ya la falta de cupo sino la falta de preparación del joven, es decir, una vez más, culpabilizar a la víctima.

Nuestro país invierte muy poco en educación superior…

Los datos dicen mucho más que todas las consideraciones que aparecen en la recomendación de la DDH. Sólo por dar algunos ejemplos:

Datos de varias fuentes relativos a 2008-2009 señalan que Suecia invertía en educación superior el 6.80% de su Producto Interno Bruto (PIB); Noruega, el 6.6%; Finlandia, el 6.10%; y Francia, el 4%, mientras que México invertía apenas un triste 0.55%.

Si consideramos, en cambio, cantidades (en millones de dólares), en el mismo período, Francia invertía 114 mil millones; Suecia, 32 mil; Noruega, 30 mil; Finlandia 16 mil; mientras que México sólo 6 mil millones de dólares, casi tres veces menos que los finlandeses. Tomando en cuenta que Finlandia contaba en ese período con apenas 5 millones de habitantes y nuestro país con 100 millones, la diferencia de inversión por habitante es impresionante; en el caso de Finlandia es de 3 mil 200 dólares por habitante, por año, mientras que en nuestro país es de apenas 60 dólares por habitante, 53 veces menos que en Finlandia.

Estos datos, naturalmente, se reflejan en los resultados respecto a la cobertura en educación superior: Finlandia, 100%; Estados Unidos, 82%; España, 69%; Argentina, 67%; Uruguay, 64%; Canadá, 62%; Chile, 52%; Perú, 35%; Colombia, 32%; y México un pobre, muy pobre 27% de cobertura. Es decir, en nuestro país, 73 de cada 100 jóvenes que deberían ingresar a estudios universitarios se quedan fuera.

El problema no es sólo el ingreso sino también la permanencia. Dadas las condiciones de desastre económico en nuestro país, muchos jóvenes abandonan sus estudios universitarios por falta de dinero. En el caso de las escuelas privadas, sus familias ya no pueden pagar las cuotas; en el caso de las escuelas públicas, y a pesar del subsidio, hay también quien no puede ni siquiera pagar las cuotas reducidas o no tiene el dinero suficiente para transporte y alimentación; hacen falta becas y que su monto sea el adecuado para que los jóvenes no se queden fuera por motivos económicos.

Sólo por hacer una comparación entre becas: un joven mexicano de posgrado que estudia en nuestra universidad en un programa de excelencia reconocido por el CONACYT (programas en el Padrón Nacional de Posgrados de Calidad) recibe unos 8 mil pesos mensuales, mientras que un joven mexicano que haya accedido a una beca “Alban”, que la comunidad europea ofrecía a estudiantes de América Latina, recibía mil 500 euros mensuales, esto es 25 mil pesos mexicanos mensuales, tres veces más que nuestros brillantes jóvenes con becas de “excelencia”.

Los jóvenes universitarios europeos, a diferencia de los mexicanos, no sólo tienen acceso a buenas becas sino también a condiciones de estudios que permiten reducir, con mucho, la deserción por motivos económicos: comedores sin fines de lucro dentro de las instalaciones universitarias (es más, con comida que además de subsidiada es nutritiva, y no como en México, con las clásicas “cafeterías” artesanales); departamentos estudiantiles cerca de las instalaciones universitarias y con precios subsidiados; tarifas reducidas, tanto en el transporte urbano, como en el foráneo, etc.

Estos son datos básicos que la DDH debería conocer antes de emitir este tipo de resoluciones.

anbapu05@yahoo.com.mx

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