Opinión

“¡Detengamos esta crisis YA!”

Por: María del Carmen Vicencio

metamorfosis-mepa@hotmail.com

Resulta fascinante contrastar lo que vivimos en la realidad actual, con los señalamientos de ciertos expertos en economía, sociología y otras disciplinas, que aclaran las causas de muchos de los más dramáticos acontecimientos de hoy.

El título de este artículo retoma el de un libro de Paul Krugman, premio Nobel de economía, y acérrimo crítico del neoliberalismo. En él, cuestiona acremente a “esa gente seria, que nos ha metido a todos en el camino equivocado, a costa de enormes sufrimientos para nuestras economías y nuestras sociedades…”, pues el modelo económico que tenemos se basa en teorías que pueden provenir de premisas falsas, y que generan situaciones “tan burdas y vergonzosas”, que ningún autor está dispuesto a asumir su error. Debiera indignarnos lo que sucede, “porque no tendría que ser así”.

Según este pensador liberal de EEUU, “los orígenes de nuestro sufrimiento son relativamente triviales”, y “se podrían arreglar con relativa rapidez y facilidad (sic), si en los puestos de poder hubiera suficientes personas que comprendieran la realidad…”

Krugman explica que “en el meollo de la crisis actual” está la forma como los más pudientes han acumulado fabulosas fortunas y se han dedicado a vivir con lujo extremo, arrebatando al resto la posibilidad de tener una vida digna.

Así, los 25 ejecutivos mejor pagados ganaron en un año, 14 mil millones de dólares, equivalentes al triple de los sueldos de 80 mil profesores de NY, y el lema de Occupy Wall Street, denunciando tan terrible desigualdad, sintetizada en la relación: 99% de pobres/1% de ricos, “está mucho más próximo a la verdad, que toda esa palabrería a la que nos tiene acostumbrada la clase dirigente, que pretende explicar las diferencias por el nivel de formación escolar y las aptitudes personales”.

La gente importante que nos dirige ha olvidado las lecciones de la historia y tirado por la borda un enorme caudal de conocimientos científicos, obtenidos con gran esfuerzo, optando, en cambio, por ideologías, prejuicios y credos irracionales.

Lo mismo podríamos decir, digo yo, sobre la educación, la ecología y muchas otras disciplinas, que han desechado centurias o milenios de sabiduría de los pueblos originarios para subordinarse al Gran Capital, negando espacio al diseño creativo, innovador y adecuado a cada contexto, para maquilar, simplemente teorías y tecnologías “de vanguardia”, pues “son más rentables ($)”, a corto plazo.

Krugman propone recuperar el Estado de bienestar, (Keynes), que ya había logrado una mejor distribución de la riqueza, diversas garantías individuales, la protección de los más vulnerables y el arbitrio en conflictos.

En cambio cuestiona seriamente las “políticas de austeridad”, que reducen el gasto público, para pagar la voracidad de los bancos y organismos trasnacionales, y que afectan sólo al pueblo, dejando intactas las fabulosas prebendas de los más pudientes, en un juego macabro de ganar siempre: “si sale cara, ganan los bancos y si sale cruz, pagan los contribuyentes”. La austeridad provoca que la gente de escasos recursos se endeude en extremo y sufra la paradoja de Fisher: “mientras más pagas, más debes”. Esto ha causado la terrible depresión y crisis de confianza, que tenemos hoy. Krugman propone, en cambio, aumentar el gasto social, garantizar que más gente tenga trabajo, salud, bienestar y capacidad de compra, pues sólo así se reactivará la economía.

Según él, una de las causas de que los políticos no comprendan esto, se debe a una clase de intelectuales, brillantes y mentirosos merolicos, muy seguros de sí (y muy bien pagados), dedicados a vender las ventajas del modelo dominante, y a asustar a los tomadores de decisiones, ante “el peligro del populismo”.

Otros pensadores más radicales y también de alto nivel académico, como el argentino Adrián Sabuchi, (en “El cerebro del mundo”) tacharían a Krugman de ingenuo: “Los más pudientes no ignoran, ni les falta claridad; saben bien lo que hacen”. La desigualdad y la violencia convienen a sus intereses.

Frente a este debate, a la gente común y corriente, no nos queda más que mantenernos alerta para reconocer, al menos, cuándo estamos siendo engañados.

 

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