Opinión

Día Ciento doce

Bitácora de Viaje

(de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

Existen recorridos que están diseñados con una agenda y un mapa. El peregrino estival anota caprichosamente los datos que han de servir para hacer un diagrama que da la impresión de estar ordenado, aunque para la mirada de otros parezca una abigarrada mándala, y para otros más unos garabatos sin sentido. Los mapas sirven para establecer el destino y no extraviar el punto de partida. Así, se planean y se realizan viajes de considerable distancia y tiempo. Ocasionalmente, los viajes dejan marcados a quienes llevan a cabo esos traslados; las marcas se hacen y se dejan en el corazón, en la memoria, en la piel.

Los viajes prodigiosos también se establecen en las distancias cortas. Tan cortas que son sorprendentes. Les contaré uno que me ocurrió el día 12 de noviembre. Con este escrito romperé momentáneamente mi costumbre no de contar cosas recientes. El método para escribir cosas o hechos recientes lo establecí retomando una especie de método, o de fórmula para dichas tareas y productos. El método lo aprendí de los Precursores, tales como Heródoto, Jenofonte, Tucídides. De igual forma, de los colonizadores y otros descubridores de tierras ignotas: Victoria, Acosta, Pizarro, Sahagún, Fray Bartolomé de las Casas, y del increíble Cabeza de Vaca, quien es uno de mis preferidos viajeros. El método se extiende con Wolf, Braudel, Ibn Jaldun, Malinowski, Beattie y el mismo Radcliffe-Brown.

Ya se habrán dado cuenta algunos que he citado en su mayoría a etnólogos o antropólogos, y en primera instancia a viajeros que no tenían clara idea a donde iban o cual sería su destino. El método en cuestión consistía en escribir sus relatos después de muchos años, de pasado un prolongado tiempo. En su tiempo, no era una intención académica ni científica. Lo hacían cuando estaban viejos, o se encontraban presos, o ya era difícil su movilidad. Aunque para muchos el riesgo era que sus escritos se confundieran con otros muchos relatos que eran ficticios, producto de la imaginación y de la invención, lo que provocaba que perdieran su valor. Sobre todo con las narraciones que parecían fantásticas y poco verosímiles en las sociedades lectoras de tales libros, cuando se ponían a describir lo que habían visto o de los que fueron testigos.

Vuelvo a mi relato contemporáneo, el 12 de noviembre, como les decía, partí desde mi puerto, que es el edificio C de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, en el Cerro de las Campanas. Y en compañía de un amigo, nos dirigimos a “El bosquecito” de la Facultad de Ingeniería, ese lugar con una belleza particular por su vegetación y una sutil fauna que lo conforma. Y cuando pasamos junto a un tronco, un pedazo de árbol cortado a la altura de la cintura que ahora tiene el uso de una mesa, descubrí un libro. Como reacción rara, me detuve y mire el libro. Luego miré a mí alrededor para tratar de descubrir a quien lo hubiese dejado por olvidado o perdido. No vi a nadie, así que lo dejé en su lugar. Y nos sentamos junto a una mesita cercana. Las nubes densas provocaban una ligera lluvia de mediodía. Y las gotas empezaban a ser más frecuentes y grandes. Así que tomé el libro y lo protegí de la llovizna, mientras aparecía el dueño que lo había perdido. No se divisaba persona alguna con tales características de andar buscando algo. Mientras mantenía una conversación con mi amigo, sentado alrededor de la mesa de descanso de dicho paraje, traté de encontrar los datos del propietario. Así que abrí la portada, y en la primera hoja había un recado: “No estoy perdido, ni tampoco olvidado, estoy destinado a viajar por el mundo. Alguien me ha dejado para que me leas y después me liberes”. Continuaban las instrucciones: “1. Comparte en donde me encontraste usando #librolibre @sileessenota. 2 Léeme. 3. Libérame para que pueda continuar mi viaje”. Luego, algunos logos en calidad de firma: Central, Libro Libre y wwwsileessenota.com. Esbocé una sonrisa y miré hacia todos lados, ahora buscando a nadie, pero queriendo encontrar a alguien. Me asombré como cuando me encontré una botella con un recado dentro (eso luego lo contaré). Leí el título: Teorías del desconcierto. Viaje al fondo de la incertidumbre: los pensadores que diseñan un futuro global.

Dice Julio Cortázar que no existen las coincidencias, (lo mismo dicen Durkheim y Freud), pero este encuentro lo tomé como una, entre mágica y concreta. No sólo por el libro, sino por el título y el contenido escrito por Santiago Ramentol, agudo académico de Barcelona, que contribuirá a reforzar más mi teoría del extravio en el que parece que nos encontramos ubicados, entre tanta certeza del desvario humano del siglo XXI. El viaje físico fue corto y productivo, espero que el viaje al desconcierto sea breve. ¿Qué se han encontrado ustedes en sus viajes?

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