Opinión

¡Que se vayan todos!

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

“¡Que se vayan todos!” es un reclamo que no sólo gritan los parientes y amigos de los normalistas desaparecidos; sino muchos indignados del mundo en diferentes países y momentos; repudiando, tanto al sistema neoliberal, como a quienes gobiernan según sus consignas. Estos últimos no sólo manifiestan ineptitud, como mandatarios, para crear condiciones que permitan al pueblo satisfacer sus necesidades y resolver sus problemas, sino que se evidencian como causantes de los mismos; como mafia corrupta y voraz, delincuencia organizada; como gente sin escrúpulos, frívola, veleidosa y sin ideario político; como gente que no entiende que la prole protesta, no por envidia, sino porque “nadie tiene derecho a lo superfluo, mientras alguno carezca de lo indispensable” (frase atribuida a Díaz Mirón, pero presumo más antigua).

Se han planteado varios “peros” al movimiento de los indignados, por su condición efímera y falta de efectividad para lograr cambios profundos; por lanzar demandas muy dispares; por su falta de liderazgos claros, de organización, de proyecto alternativo… Lo que une a los indignados es el rechazo al neoliberalismo rampante, que presume de “excelencia” y exige a todos altos niveles de desempeño; provocando, en los hechos, desastres y masacres, impotencia y miseria, disparidades y abismos, graves conflictos sociales, alienación, evasión y apatía.

En efecto; abundan las evidencias de que este sistema nos está destruyendo; sin embargo, también son duros los obstáculos epistemológicos (Bachelard), que impiden al pueblo (la mayoría) comprender el meollo y organizarse. Así, muchos ciudadanos “hartos de los políticos” reaccionan sin ton ni son, dando tumbos, generando más caos, desánimo, mutua desconfianza y otros efectos contraproducentes.

Conviene revisar esas reacciones, para reconocer y potenciar las que mejor nos convengan como pueblo:

Impulsar partidos “no políticos, ciudadanos” (como si por ser ciudadano uno estuviera libre de corrupción; como si la política fuese, sin más, sinónimo de podredumbre y como si los seres humanos pudiésemos evitar ser políticos).

Abstenerse de votar (lo que en los hechos, por lo menos hasta ahora, sólo ha favorecido a los más fuertes).

Aprovechar la ocasión para beneficiarse, fingiendo ser de los consternados.

Evadir, desobedecer o simular el cumplimiento de las leyes (pretextando su injusticia).

Actuar como orgánicos del poder, desde torres de marfil (escuelas de nivel superior), o desde los medios comerciales (justificando las reglas que se nos imponen unilateralmente, “porque no hay de otra”; denostando a quienes protestan; tachándolos de “holgazanes”; exigiéndoles “que se pongan a trabajar, sumisitos y sin chistar”).

Exasperarse y estallar con cualquier pretexto (linchando a quienes despierten sus sospechas o no respondan de inmediato a sus demandas o expectativas).

Finalmente, suspirar por un líder-mesías, tipo Hitler.

La mayor parte de estas reacciones contribuyen a agravar la anomia que padecemos.

Por fortuna, podemos reconocer también numerosas iniciativas populares, altamente creativas y eficientes, impulsadas por ciudadanos reflexivos, sensibles y responsables, de todos los sectores sociales, que practican otra política, intentando mejorar las cosas: campesinos, choferes, pepenadores, medianos y pequeños empresarios, profesionistas independientes, empleados o desempleados, funcionarios públicos, policías de barrio, estudiantes, amas de casa, jubilados, promotores voluntarios y demás. Ciudadanos buscadores, ávidos de saber más; que aprenden a dudar, a cuestionar y que saben seleccionar los medios a través de los que se informan o se divierten; que logran escapar de las seducciones del Buen Fin y demás efemérides comerciales.

Ciudadanos que, además de aprovechar sus espacios de trabajo para pensar y comunicarse, disfrutan su tiempo libre, conversando con otros; intercambiando ideas y experiencias; organizando tertulias, clubes artísticos, de lectura periodística o literaria; integrando a ancianos y a niños en proyectos comunes; compartiendo sus memorias; ofreciendo espacios culturalmente nutrientes a chavos “perdidos”; formando consejos ciudadanos o asociaciones vecinales, etc.

En este contexto, resulta fundamental el papel de los intelectuales críticos en nuestro país, y que tienen la enorme responsabilidad de aprovechar la efervescencia social, para contenerla, potenciarla y reorientarla hacia una profunda transformación social que nos beneficie a todos.

Algunos de ellos trabajan para iluminar las causas profundas de los problemas que padecemos y sobre las posibles opciones o salidas que tenemos. Otros más actúan como puentes, o divulgadores, poniendo al alcance de la gente común información relevante; promoviendo importantes reflexiones en sus-espacios cotidianos; estableciendo redes o vínculos entre grupos que trabajan arduamente; diseñando y experimentando alternativas de todo tipo.

En esta línea, la Universidad Autónoma de Querétaro, a través de sus equipos de extensión y vinculación social, realiza una importante labor que hay que reconocer.

Para poder extirpar ese cáncer, que ha invadido a casi todos los niveles de gobierno y a muchos ámbitos sociales; para poder soportar esa exigencia de “¡que se vayan!”; ¡que se vayan todos esos poderes fácticos que tanto daño nos hacen!”; para no acabar nosotros mismos devastados, pulverizados, impotentes y sin opciones por esta lucha; requerimos tejer con acciones inteligentes y sistemáticas, a través de múltiples procesos de democracia directa, todas esas iniciativas ciudadanas que ya existen, formando una sólida organización popular…

…Requerimos tejer, puntada a puntada, ese país distinto, sano y fuerte que tanto deseamos.

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