Opinión

Día Ciento siete

Bitácora de Viaje

(de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

“¡El cabrón que no se suba, aquí se queda!” Mientras gritaba esa frase, el policía militar cortaba cartucho a su carabina ante la mirada indiferente de los demás integrantes de la patrulla militar, y la mirada azorada de todos nosotros. Apretujados en la parte posterior del automóvil “Safari” de la Volkswagen que era la patrulla oficial de color verde con manchas de camuflaje, nuestro último compañero que se quería hacer el simpático para quedarse, debido a que ya no cabíamos, se abalanzó y quedó arriba de nosotros, sobre nuestros hombros. 

Habíamos llegado al Puerto de Acapulco casi a la medianoche después de un viaje de dos horas de caluroso y bochornoso trayecto desde Chilpancingo. Lo primero que hicimos al ver el mar fue correr a meternos al agua. Reíamos, bromeábamos y nos salpicábamos con el agua salada de la playa “La Condesa”. Pensábamos dormir en la arena de la playa porque no traíamos suficiente dinero para un hotel, y además estaríamos sólo unas horas. El alboroto de un poco más de media docena que éramos llamó la atención de la policía militar que patrullaba esa zona. Eran dos elementos, y uno de ellos se bajó para inspeccionar. No hubiera sucedido nada si nos hubieran considerado turistas. Cuando nos interrogaron de nuestra procedencia, algunos dijimos que proveníamos de Querétaro, pero alguien abrió la bocota y mencionó que éramos estudiantes de la Universidad de Querétaro, y entonces apagaron la patrulla y llamaron a unos refuerzos.  Nos revisaron a cada uno, nos pidieron nuestras identificaciones, y mencionaron que nos llevarían al cuartel. Llegó otra patrulla y vigilaron los movimientos que hacíamos. Nos indicaron que nos subiéramos para llevarnos al cuartel.  Nos asustamos, pero a la vez nos dio valentía saber que pronto preguntarían por nosotros si faltábamos. Las patrullas transitaron por la avenida Miguel Alemán, pasando por Icacos, rumbo al oriente, y empezaron a subir la cuesta. Mientras, nos siguieron interrogando, porque querían saber si teníamos nexos con los estudiantes de Guerrero que estaban en paro. Los convencimos de que, aunque éramos estudiantes de la universidad, queríamos pasar solamente unos días en la playa. Nos bajaron en un baldío, un poco más arriba del hotel Las Brisas, que se encontraba casi en los límites de la ciudad. Y nos regresamos al centro de Acapulco, caminando. Todos callados, después del susto y el asombro.

Nuestra presencia obedecía a la participación de un Congreso de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Guerrero que se estaba llevando a cabo en la capital del estado. El propósito era pedir más recursos para su programa de “Universidad abierta al pueblo”. Los enfrentamientos que se habían dado entre los estudiantes y la policía habían provocado que la policía militar hiciera acto de presencia. Al Congreso acudieron delegaciones de muchas partes del país para solidarizarse. Y ahí nos informamos de las condiciones de violencia existentes en el estado, sobre todo en la parte de Tierra Caliente y en la sierra. Ser joven y ser estudiante lo hacían a uno sospechoso y susceptible de ser detenido ahí en Guerrero. Era el año de 1980 y la efervescencia estudiantil seguía viva en el país. Los integrantes de la UAG eran muy combativos y muy activos en marchas, paros y huelgas. Tres semanas después, supimos que habían matado a la líder de la Federación de Estudiantes. Allá, las movilizaciones siguieron. La violencia en esa región no es nueva.

En ese tiempo, los movimientos políticos emanaban principalmente de la Universidad de Guerrero, y eran eso. Solamente movimientos políticos. Ahora, a la distancia de tales acontecimientos, tenemos otros. Donde los estudiantes de la Normal rural de Ayotzinapa fueron acribillados y desaparecidos. Los “presuntos” homicidas son señalados como pertenecientes al crimen organizado, pero lo más grave, es que estaban no solamente coludidos, sino que pertenecían directamente a la policía municipal de esas demarcaciones. Y por si no fuera suficiente, estaban al mando de un edil con pertenencia al PRD, y de una organización supuestamente de izquierda. Si bien las inquietudes de los estudiantes pudieron haber sido políticas o no, el objetivo de esas bandas criminales es poner en el foco de su objetivo a los jóvenes para el tráfico y consumo de psicotrópicos. Este caso nos debe advertir una cosa muy delicada que pudiera convertirse en grave. Que la violencia y los asesinatos se empiecen a generar en los centros educativos, porque las bandas criminales invadan con sus tendencias de venta y consumo de estupefacientes. Aprovechando la confusión de los movimientos políticos o las movilizaciones para exigencia de otros asuntos estrictamente académicos o de manifestación política. Es importante que los jóvenes lo tengan en cuenta, y no se involucren en esos ámbitos, y que tengan mucho cuidado al hablar sobre la liberación sobre esas sustancias hasta ahora prohibidas. ¿A quién le estarían haciendo el juego, y a cuántos, a quién y a quiénes involucrarían? La movilización de los estudiantes en todo el país en los días pasados recientes mostró que existe una fuerza para expresar la solidaridad con los normalistas rurales de Guerrero. Y exigir su presentación, la acción del gobierno federal y el alto a la violencia, a los asesinatos. En un texto sobre el tema, Elena Azaola recupera un texto de Norberto Bobbio: “Toda condena de la violencia es estéril sino va acompañada de la búsqueda de medios alternativos. Para ser realmente alternativa, la no violencia debería ser un procedimiento, una teoría y una práctica que cumpla con la misma función que la violencia organizada y que tenga la misma eficacia que los procedimientos que emplea la violencia para alcanzar una meta considerada valiosa: el poder, el bienestar, la paz, la libertad o la justicia” (Bobbio; 2000: 197-198). Los jóvenes y los estudiantes contemporáneos son piezas vulnerables ante las fuerzas ciegas del poder. Ante mercados políticos y del crimen organizado. ¿Es posible y necesario empezar a hacer una geografía de la violencia? Requerimos de ubicar cuáles son los territorios por los que hay que advertir transformaciones territoriales. Existen enfoques de la Escuela de Chicago y de la Escuela Francesa. Seguimos recordando aquellos hechos de Acapulco, y miramos los de Ayotzinapa. ¿Qué tipo de material en el estudio del espacio de la violencia se puede trabajar? Creo que se empieza a abrir una nueva veta para los socioterritoriólogos.

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