Opinión

Día Ciento y uno

Bitácora de Viaje

(de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa

El espacio, en concepto como en esencia, es tan polivalente como la “cultura”. Hay múltiples referencias a uno y otro sin que se haya podido agotar la lista. Dice Raquel Brailowsky que “uno de los aspectos esenciales en el estudio de las sociedades es entender los niveles de integración de los seres humanos a la cultura”. La dificultad para llevar a cabo ese entendimiento radica en que la cultura no es igual entre grupo y grupo, es decir, no hay una uniformidad en la cultura, por lo tanto, tampoco es absoluta para todos los miembros de la sociedad y de cada grupo social.

Si la cultura requiere de concepciones simbólicas en donde se expresa la actividad del hombre, el espacio requiere también de su adhesión simbólica. La requiere porque es el hombre el que dimensiona al espacio, tanto como simboliza la cultura. Quizá en su significación o simbolización el espacio es más dependiente del hombre, en tanto que traza los vértices de su dimensión.

Abbagnano, en su descripción primaria, nos remite a la morfología social, inmediatamente lo vincula con el espacio social. Dice el autor italiano que es un universo de las relaciones dotadas de sentido entre individuos, grupos categorías, estratos clases sociales, elementos culturales. La demanda para establecer una distinción del espacio tiene qué ver con las cualidades físicas del sitio. El autor sostiene el carácter social del espacio, ya que debe ser distinguido del espacio físico y del corporal o llamado también “vulgar”. Si hablamos del hombre, encontramos inherentemente su ser compuesto de espíritu, de conciencia, elementos que le dan su particularidad. Es por eso que el espacio tiene su inherente particularidad en el binomio estado social y estado físico. Es el racionalismo el que despliega las múltiples formas del espacio, pero es la poesía la que lo comprime, la que lo convierte en una sola unidad. Es lo social lo que lo permite hacer funcional. Si desde el siglo XVII se reflexionaba el carácter filosófico del espacio -posteriormente la Sociología retoma la problemática- es hasta el siglo XX cuando la alegoría artística, arquitectónica, concreta nuevamente en las formas y la interacción humana.

Un viaje estival a la Ciudad de México me desveló un poco estas embrolladas ideas y me permitió tener momentos empíricos que explicaban estas concepciones de espacio y cultura. Primero, me topé con un libro que llamó mi atención por su forma: Un librito de apenas unas 125 páginas, de color dorado, y cortado en un ángulo indeterminado en la parte superior. El autor era Erwin Panosfky; la obra “La perspectiva como forma simbólica”, escrita en 1927, pero llegaba a mí en una edición de 1983. En él descubro la referencia del espacio psicofisiológico, dice Panofsky: “la percepción desconoce el concepto de lo infinito; se encuentra unida, ya desde un principio, a determinados límites de la facultad perceptiva, a la vez que un campo limitado y definido del espacio”. Mientras buscaba la idea que me explicara esta aseveración y cómo poder visualizarla, recordé un fragmento de una poesía. Se preguntaba Octavio Paz “¿Existe la piedra sin ser vista?” me repetía ese fragmento sin tratar con afán de encontrar respuesta. Mis pasos me llevaron al Espacio Escultórico en la UNAM. En medio de la densidad de la urbe, el asfalto de las avenidas y el concreto de las banquetas y los edificios, el material se transforma en algo inusual e inaudito. Una extensa área de lava está acompañada de esculturas, unas con formas caprichosas y otras con una similitud que evoca la homogeneidad y a la vez la rompe.

El sitio de por sí es atractivo. En la parte sur de la Ciudad de México, cercano al Ajusco, el clima por lo general es frío y está cubierto en las mañanas por la niebla. El color gris del material de la lava combina ligeramente los grises del cielo y del suelo ahí reunidos. Entre esas desgarbadas formas del suelo corrugado, desprovisto de vegetación en la mayor parte, emergen figuras geométricas construidas con concreto armado, inclinadas; son sesenta y cuatro módulos que circundan un área, acompañados por un muro con otro conjunto modular de unidades verticales. El diseño y la idea, así como la realización y su terminación, fue una idea colectiva, con la iniciativa de Felgueréz, Hersúa, Goeritz, Sebastian y el arquitecto Kobe. Las esculturas que recortan el horizonte son del mismo grupo de artistas que apostaron por un proyecto que al principio no era comprendido. El Espacio escultórico es producto de una idea artística, conjugada con investigaciones científicas, para el uso del lugar. Pero es la concreción donde uno puede hacer palpables las acciones del hombre por tratar de encontrar los bordes del espacio, como resultado del trabajo del hombre, en su expresión artística; una muestra de la cultura que se genera y se convierte de una idea, a una práctica. El espacio con sus diversos vocablos, como la misma referencia de cultura.

Edward B. Tylor en su obra Primitive culture estableció en 1871 una definición: “la cultura o civilización, en sentido etnográfico amplio, es aquel todo complejo que incluye conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridas por el hombre en cuanto miembro de la sociedad”. El espacio escultórico de Ciudad Universitaria está abierto, contagia de la libertad con que se expresan sus artistas, se percibe lo colectivo. Sin embargo, uno encuentra un arraigo fugaz que te impide momentáneamente abandonarlo, irte del lugar.

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