Opinión

Día cinco

Por Manuel Basaldúa Hernández

Mi primer gran viaje fue cuando tenía ocho años y consistió en un recorrido de cinco kilómetros. Un grupo de escolapios con tintes rurales fuimos congregados por nuestra profesora de segundo año de Primaria, en la colonia Casa Blanca. Una colonia que se encontraba al lado de la carretera Panamericana y estaba en ese entonces lejana a la ciudad. Supimos por nuestros padres del viaje que se nos había organizado con el propósito de conocer un lugar distinto al de nuestra localidad.

El destino fue un campo abierto a un costado de Los Arcos. El precio fue de 50 centavos. Que mi madre pagó con dos monedas de 20 centavos, de esas que tenían al frente una pirámide de Teotihuacán respaldado por un sol destellante., y una monedita de 10 centavos con Hidalgo en su carátula. A mi madre, como a las demás de mis compañeros, se les hacia excesivo el costo, pero valía la pena porque íbamos a conocer tierras ignotas. La treintena de chamacos fuimos subidos a un autobús que fue rentado para ese efecto. Y al partir vimos como nuestras madres nos despedían con cara de preocupación y saludándonos incesantemente hasta que desaparecieron del horizonte. Cuando llegamos al lugar, nos quedamos maravillados con el paisaje; una planicie de tierras de cultivo, llena de alfalfa, en la que las orillas tenían pasto y repleta de flores de las llamadas Dientes de León. El acueducto era para nosotros una mole de piedra y cal que se perdía de nuestra vista y parecía no tener fin. Ahora ese espacio lo ocupa la colonia Jardines y Pathé.

Cerca de ahí se encontraba la hacienda llamada “Carretas”, que tenía un establo con una considerable cantidad de vacas que daban la leche con la que se alimentaba gran parte de los habitantes de la ciudad. Mientras mis amigos jugaban en grupos, yo me aparte para mirar esa propiedad compuesta por piedras de cantera y sus techos de tejas coloradas. Me emocioné mucho cuando descubrí que de ahí salía un carro, una especie de plataforma con dos llantas y que era jalado por un majestuoso caballo percherón blanco. El carro era usado para transportar y repartir la leche que estaba en botellas de vidrio de un litro de capacidad, y éstas a su vez estaban contenidas en cajas metálicas.

Cuando pasaba ese carro por la calle que ahora se llama Ezequiel Montes era muy emotivo, porque el caballo sacudía constantemente sus largas crines, y el ruido que hacían sus cascos golpeando el empedrado de la calle retumbaban muy tempranito a su paso. Siempre me había preguntado de dónde venía, a dónde iba.

A la distancia del tiempo, este viaje que en nuestro recorrido infantil parecía inconmensurable, nos hace ver la vida simple de un Querétaro que ahora es complejo y denso. Lleno de problemas y contiendas por el espacio. Esta entidad requiere que la conozcamos como Braudel respecto al mar mediterráneo. El andamiaje que estableció este autor francés en la historiografía de una región llena de misterios, de transformaciones y conflictos que lo ubica como un actor dinámico e influyente en la vida de sus habitantes, todo esto puede servir como modelo para mirar y explicar este microcosmos queretano.

manuel.basaldua.h@gmail.com

twiter@manuelbasaldua

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