Opinión

Día de muertos

AMOR, HUMOR Y MUERTE

Por: Edmundo González Llaca

“Quiero morir cantando como mueren las cigarras”

Canción Popular.

La muerte es la causa principal de las lágrimas que se han derramado en el mundo, pero también gracias a la muerte hay filosofía y quizás las cosas más hermosas de la vida: el amor, la poesía, la música y la magia; simplemente porque el dolor y el enigma son fuentes de inspiración más profundas que la alegría o el placer.

La animalidad es la ignorancia de la muerte. El salto de la prehistoria a la historia de la humanidad es cuando ese ser oscuro, que casi se confunde con los primates, talla la piedra, domina el fuego y da sepultura a sus semejantes. Es el conocimiento de la muerte la que nos otorga la categoría de hombres.

Así, el despertar de la inteligencia está ligado a un acto de humildad, nuestra finitud; la salida del paraíso a un acto de soberbia, el pecado. Parece fácil ese reconocimiento de nuestra transitoriedad, pero fue sin duda un abismo impresionante.

Es difícil, más aún en la actualidad, reconocer que la muerte es el precio que tenemos que pagar por el vivir; que al nacer no traemos una torta bajo el brazo sino el pasaporte de la destructividad y la descomposición. Esa conciencia del fin personal es tan brutal, que es más fácil imaginar que se morirá el Sol a pesar de que, con certeza, habremos de morir nosotros. El muerto es el prójimo pero no necesariamente yo.

Paralelo a la idea de muerte nace el concepto de inmortalidad. Lógico, pues lo que está más allá de la concreción, de la experiencia, es el misterio, es lo inexpugnable, es algo peor, la impotencia. Y cuando baja el telón y se apagan los reflectores de lo sensible, de la ciencia, de la razón, no nos queda más remedio que recurrir a los cerillos, en ocasiones más luminosos, de la fe y de la magia. De otra forma, todos estos afanes cotidianos parecen un absurdo, una estupidez, una ironía. La vida misma un mal chiste, una cruel esperanza.

Por ello, la conciencia de muerte y de prolongación de la vida son las ideas rectoras de los movimientos sociales y de las diversas civilizaciones. La esclavitud tiene un golpe definitivo con la exaltación que hacían los primeros cristianos de la igualdad ante la muerte; no entenderíamos el misticismo de la Edad Media sin la manipulación de los horrores del infierno; ni tampoco se comprende la pasividad y la contemplación oriental, si no tenemos en cuenta su consigna existencial: «Vive como si estuvieras muerto». Pero, ¿y ahora?

Si juzgáramos, principalmente en las grandes urbes, por el ritual y dramatismo de los funerales, no hay duda de que existe una inadaptación extrema a la idea de muerte. Lo dicho en el Eclesiastés: «El día de muerte es mejor que aquel del nacimiento», habrá mucha gente que lo crea; yo todavía no encuentro a ninguno, incluyéndome por supuesto.

La angustia o la poca resignación son, sin duda, reflejo de que no estamos muy seguros de la prolongación de este «rollo». Es un problema de fe pero algo también auspiciado por el capitalismo y la sociedad de consumo. El sistema económico esconde la idea de muerte, escamotea su discusión y presencia; el motivo es claro, el torneo de necesidades a los que nos somete la estructura comercial exige de la avidez y en consecuencia de un olvido de nuestra fugacidad. La idea de muerte nos remite al interior de nosotros mismos, a la búsqueda del enriquecimiento espiritual, a la disminución de nuestra vanidad y de las cosas superfluas. Salvo para los cementerios y las funerarias, la muerte es el mayor enemigo de la publicidad.

Claro, no se trata de que nos fascinemos con la muerte; esto sería tan nefasto como pretender suprimirla de la realidad, que es lo que intenta un sistema basado en la ganancia. Simplemente ser permanente y cotidianamente conscientes de ella, pues la reflexión sobre la muerte nos conduce al conocimiento de nosotros mismos y a la realidad final de nuestra íntima soledad. Pensar en la muerte para no anhelarla ni temerla; simplemente para vivir una vida más plena, más auténtica, más solidaria y, sobre todo, más intensa.

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