Opinión

Día diez

Por Manuel Basaldúa Hernández

La sensación de ver la aparición de una ciudad y la desaparición de una ciudad es contradictoria. Hay un dejo de sorpresa y otro de melancolía. La palabra ciudad obliga a expresar un vocablo que contiene la representación de un complejo urbano articulado por nodos que reflejan un asentamiento sistematizado. En ocasiones podemos estar presenciando los vestigios de civilizaciones efímeras, o quizá de estelas históricas que nos invitan a descifrar la acción social.

En la transición de la década de 1980 a 1990 realicé un trabajo etnográfico en el municipio de Cadereyta. Tenía la tarea de recoger el proceso de reubicación involuntaria de las poblaciones que pertenecían al ejido Vistahermosa. Una serie de comunidades asentadas a lo largo del río Moctezuma, que servía como frontera entre los estados de Hidalgo y Querétaro. Era un lugar casi paradisiaco porque tenía un clima cálido, estaba lleno de árboles frutales, un humus grueso, profundo y fértil que permitía dos o tres cosechas al año. En realidad era un oasis en medio del semi-desierto de Cadereyta.

Rancho Nuevo, Vistahermosa y La Vega fueron tres poblaciones que quedaron sumergidas por las aguas que ahora forman el embalse de la presa Zimapán. La gente y sus descendientes que fundaron esas ciudades rurales se resistieron hasta el final, y después sufrieron depresión, tristeza y llantos por haber sido despojados de su hábitat. El río les ofrecía una vida rica en alimentos, fauna y flora que difícilmente se podía encontrar en kilómetros a la redonda.

Cuando empezó a estancarse el agua y fue inundando poco a poco los parajes, los caminos y las casas, un suspiro general se escuchó en todo ese lugar amparado por una cortina de roca nombrada El Infiernillo. La ciudad tripartita desapareció bajo el agua.

Emergió otra ciudad moderna que la sustituyó. Árida y despersonalizada. Fría y sin raíces en medio de una planicie de caliche, vestida solamente por algunos cactus desnutridos y chaparrales inservibles para sus fines de sobrevivencia. Por si no fuera suficiente la maldición urbana a la que fueron arrojados los habitantes, por la institución gubernamental que construyó la presa hidroeléctrica, han tenido que tolerar que esa ciudad haya sido llamada “Bella Vista del Río”. Nombre que se le ocurrió a uno de los administradores de la burocracia federal en un corto viaje de la cabecera municipal a esos parajes.

Pocas veces se tiene la oportunidad de ver aparecer y desaparecer ciudades. No es nada grato si es en esas condiciones. El costo del progreso es alto y efímero. En su fundación se habló de un periodo de vigencia del proyecto hidroeléctrico de 20 años, dos largas décadas que permitirían el crecimiento y desarrollo de dos generaciones de pobladores. Sin embargo, este periodo ya concluyó, y aun algunos pobladores recuerdan el ruido del río cuando pasaba por las vegas y las deltas en su recorrido que hacía de la ciudad de México hacia el Golfo de México.

El costo del desarrollo es alto y caro, que afecta nichos ecológicos y comunidades que no reciben los beneficios suficientes por las transformaciones de su entorno. Fenómeno que no se comprende si no se dimensiona dentro de un territorio comparado, y revisado por sus etapas históricas. Por eso es importante comprender estos procesos a la luz de teorizaciones de los distintos campos de la ciencia social. Que deben ser complementadas con las opiniones expresadas de los reubicados involuntarios.

twitter@manuelbasaldua

 

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