Opinión

Día noventa y cinco

Bitácora de viaje

(de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

El mercurio fue para mí un descubrimiento insospechado. Me dejó atónito y maravillado cuando lo tuve en mis manos. Literalmente lo tuve en mis manos. Tenía como diez años cuando mi papá me llevó a San Joaquín. En ese tiempo -inicios de los años 70- para llegar a aquel poblado había que viajar por muchas horas en un camión de los llamados “de volteo”.

El lugar era frío, húmedo y con una bruma que impedía ver más allá de los cerros que rodeaban el conjunto de casas. San Joaquín fue un emporio del mercurio y eso había provocado un despegue económico importante. De tal manera que quienes administraban o eran dueños de las minas de mercurio tenían mucho dinero. Ya he perdido la cuenta de las veces que he contado que un señor llamado Don Anatolio, procedente de ese poblado, asistía a las funciones de lucha libre en la ciudad de Querétaro. Le gustaba mucho la lucha, sobre todo cuando estaban programados El Santo, Blue Demon, Anibal, El Rayo de Jalisco y El Solitario. Si la función de lucha era emocionante y buena, Don Anatolio sacaba un fajo de billetes, tomaba varios y los entregaba a cada uno de los luchadores. Yo le preguntaba a mi papá como le hacía ese señor para tener tanto dinero. Me explicaba sobre las minas y la venta de ese material. Siempre me había preguntado cómo era y en qué consistía. Hasta ese día en que pusieron un chorrito de mercurio en mis manos. El único mineral líquido, espeso, con un espectacular gris plateado, que brillaba relucientemente cuando me lo pasaba de una mano a otra. El ópalo fue otro mineral que me gustó mucho, por sus múltiples brillos al mojar la piedra, y porque nos hacía imaginar figuras. Pero fue el mercurio el que se me quedó grabado. Siempre que pienso en San Joaquín, recuerdo su vocación minera.

Ibn Jaldun, el autor árabe que he citado en estas dos últimas ocasiones, delibera respecto al cultivo de las artes en las ciudades. Y viene a bien citarlo, porque nos indica la importancia de la vocación de las ciudades, de los grandes centros urbanos que se van erigiendo a medida que sus habitantes se dedican a ciertos trabajos.

Dice en el Capítulo XX de su “introducción a la historia universal”, que “es evidente que los quehaceres manuales a que se dedican en las ciudades estimulan el nacimiento de otros oficios; ello deriva del principio de que los hombres instituidos en sociedad están naturalmente llevados a ayudarse recíprocamente. Solamente una parte de los habitantes se dedica a las ocupaciones que nacen de esa manera: al encargarse de ejecutarlas, adquieren la habilidad por la práctica del arte, en el cual se hacen especialistas. El menester de esas artes y su necesidad al hacerse sentir generalmente, los que las cultivan encuentran en ellas un medio de vivir y logran incluso cierto provecho”. Esta forma de organización social, que tiene todo el propósito económico, hace que -en las ciudades- los oficios, las artes y las formas de cultivarse para establecer las relaciones comunitarias dejen una huella en sus pobladores, para que éstos puedan especializarse. Una especialización que va convirtiendo en tradición muchos de esos oficios. Continúa diciendo Ibn-Jaldún: “Todo oficio cuya práctica no sea reclamada en la ciudad permanece enteramente ignorado; las personas que querían ejercerlo no le sacarían lo suficiente para estar tentadas a adoptarlo como tal. Las artes creadas por los menesteres de la ciudad existen en todas las ciudades: se encuentran allí sastres, herreros, carpinteros, etc. Pero los que deben su origen a las exigencias del lujo y los usos que el mismo introduce no se practican sino en las ciudades de gran desarrollo social, ya formadas en los hábitos del fasto y de la civilización urbana. Solamente allí se encuentran los cristaleros, los joyeros, los perfumistas, los cocineros, los plateros, los caldereros, los colchoneros, los carniceros, los fabricantes de brocado y otros objetos de una gran variedad”. Ibn-Jaldún destaca la necesidad que nace de sus habitantes para poder crear una serie de cosas necesarias para su solaz, para su disfrute y con ello, también, para su desarrollo.

Yo me había quedado con la impresión -en esa época de 1970- que la vocación de los queretanos era múltiple y profunda. La extracción del mercurio y del ópalo en San Joaquín: de la calhidra y el mármol en Vizarrón; de las canastas de mimbre en Tequisquiapan; de los cerillos y otros productos industriales en San Juan; y otros productos que iba conociendo, eran las vocaciones y oficios que perdurarían por siempre en el destino de esas comunidades.

Ahora, vemos que la situación es muy compleja. Las ciudades muestran una multiplicidad de oficios, carreras y prácticas productivas. Pero siento que se ha perdido el misticismo de la producción. La cuestión principal es la obtención del dinero, el incremento de ventas, el superar los límites de producción y de competitividad; ya casi no se habla de la satisfacción del cliente ni de sentirse orgullosos del resultado de sus productos, pero más, sobre la forma en que pueda destacar su oficio. Actividad que pueda hacer sentir orgulloso al integrante de una comunidad. Si bien Jaldún señala que las ciudades se distinguen por el cultivo de ciertas artes, en los tiempos modernos, en estos últimos años, se ha disipado el misticismo de la producción.

La ciudad nos brinda el confort de proveernos de cualquier mercancía, de cualquiera. Pero también nos arrebata el espíritu de creación, y con ello el orgullo de pertenencia, o al menos, la socava y la decolora. Efectivamente, se cultivan las artes, pero también se ha llegado a la despersonalización de las artes, que sucumben al gentío y a la masificación.

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