Opinión

Día Noventa

Bitácora de Viaje (de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

El viaje más tortuoso que he realizado en tren ha sido uno que llevé a cabo partiendo de la Ciudad de Tula, en el estado de Hidalgo, hacia Querétaro.  Mi curiosidad por conocer los Atlantes de Piedra me llevó en los años de 1980 a esa pequeña, en ese entonces, y típica población vecina del Valle del Mezquital. Mis recorridos  en la zona arqueológica fueron satisfactorios, no obstante haber sufrido el agobiante calor y el perturbador polvo que se arremolinaba a cada rato en ese recinto prehispánico. Mi visita a Tula la pensaba realizar mediante una estancia de varios días. Pero la diminuta mancha urbana, la poca actividad y la brevedad del material a visitar me hicieron tomar la decisión de regresar más pronto de lo previsto. Había llegado hasta ese lugar en autobús, hecho que en unas tres horas fue posible, porque no hubo muchas paradas en los poblados intermedios.

El cálculo del tiempo de regreso lo realicé bajo ese mismo esquema. Pero mi sorpresa fue que la última partida era —en ese tiempo— hasta las seis de la tarde hacia Querétaro y hacia cualquier lugar. La alternativa era esperarme al día siguiente a las siete de la mañana. Desilusionado por no haber previsto ese detalle, me encontré con la oportunidad de hacer el viaje en tren.  El tren de pasajeros proveniente de la Ciudad de México, rumbo Zacatecas, hacia escala en Tula y en Querétaro. Así que adquirí mi boleto y esperé la salida a las nueve de la noche.

Un poco más de hora y media después de la hora indicada, apareció esa larga y pesada culebra de acero y humo. Los que íbamos a viajar nos aprestamos al abordaje. Pero al hacerlo, nos topamos con una densidad de pasajeros en los pasillos. Si el clima en el exterior era agobiante, al interior era insoportable el bochorno. Los únicos boletos eran para viajar en cabinas de segunda clase. Así que había que tolerar tal circunstancia. Al ponerse en marcha, el tren fue recuperando una velocidad constante, pero era demasiado lento para lo que esperábamos. De tal forma que el tiempo del trayecto fue de casi nueve horas. Si los autobuses hacían paradas en diversos puntos, el tren no fue la excepción, y además se detenía en medio de la nada, con largos periodos detenido sin razón alguna, según nuestro entender. Lo saturado de los vagones no permitía que pudiéramos estar cómodos de pie quienes ya no alcanzamos asiento. Así que decidí sentarme en los escalones de la entrada de uno de los vagones. Al menos tenía un poco de aire fresco y una vista del paisaje.

El entorno físico era llano. Un extenso paramo cubierto por chaparrales daban aspecto fantasmagórico. La luna permitía disfrutar de ese escenario azul metálico, cortado por el horizonte que hacia más profundo el azul de los cerros pelones con curvas suaves. En el cielo, las constelaciones se dibujaban nítidamente, así que uno podía tratar de ubicar por dónde se encontraba. Este ejercicio de contemplación involuntaria del espacio nos remitía a esa idea de la propuesta heliocéntrica de Copérnico. Y, a la vez, nos remitía a sentirnos diminutos en esta masa llena de constelaciones, planetas, galaxias y hoyos negros. El pensar en toda esa masa nos llevaba a pensar en la imagen de la tierra vista desde el exterior. Aparecía, pues, la idea de nuestro mundo.

El aniversario de la red de redes, también conocida como la triple doble u, contrasta con esa idea que tenia del espacio y del mundo. Ahora, la tecnología nos ha alejado de nuestro principal vértice. Debería decir nos ha acercado, pero la metáfora nos permite señalar que nos ha alejado para permitirnos ver la dimensión del mundo. Muchas veces hay que alejarnos para darnos cuenta de lo que tenemos cerca. Google Earth es el artificio para viajar y tener otra idea del mundo. Igual que otras aplicaciones, podemos visitar cualquier parte de nuestro planeta, y percibir nuestro hábitat tan sensible y frágil. Tan cercano y tan visible.

El repetido y monótono traqueteo que se escuchaba en el tren daba ritmo a la idea del mundo que se me venía a la cabeza. Copérnico había dado un gran paso en la concepción de nuestro universo, de nuestra orbita. Pero también habían contribuido a transformar la imagen del mundo y del universo Giordano Bruno, igual que Newton. Igual que todos estos hombres que señala el filósofo José Gaos en un libro de un título muy ad hoc para lo que estamos refiriendo: “Historia de nuestra idea del mundo”, un tabicón de libro que es la compilación de muchos científicos para construir la idea de nuestro globo terráqueo. Gaos señala: “nuestra idea del mundo, tomémonos a nosotros mismos como nos tomemos, desde los presentes hasta como seres humanos, es una idea originada e integrada históricamente: sus ingredientes son de datas diversas; la idea integrada por unos, está, incluso, en trance de desintegración de ellos y reintegración por otros; nuestra idea del mundo no es, en suma, una idea estática, sino una idea en movimiento histórico, que es un movimiento de mutación o mudanza paulatino o repentino; o una idea histórica en este sentido.” (Gaos, 1973; 147, FCE)

¿Qué hubiera pensado Copérnico al ver estas tierras llanas de Hidalgo, contrastadas con el cielo lleno de estrellas que estaban mapeadas por las constelaciones? ¿Qué interpretaciones hubiera hecho con el WAZE, con el Google Earth, o con el GPS? El señalamiento de Gaos es pertinente en este sentido. Nuestra idea del mundo es dinámica, de ninguna manera concebiríamos ya una idea estática de nuestro globo.

Pienso que la idea del territorio es igual de versátil, de flexible, de dinámica. Los conceptos y paradigmas deben ser repensados a la luz de nuestra forma de ver el mundo, ahora con esta perspectiva tan completa, pero que también nos antepone nuevos problemas. La producción del espacio social debe emparejarse con la producción de la idea del espacio exterior. La geografía, la región, el espacio, son categorías que nos ubican entre la filosofía y los estudios de teoría social. Y esta nueva articulación en los estudios socioterritoriales nos permite construir una nueva dimensión de la acción humana.

El viaje en tren de aquella noche no se me olvida. Como tampoco se me olvidan las ideas que me permitió ir construyendo, sin saber que años más adelante iba a tener la oportunidad de encontrarme en un ambiente que me acerca a una literatura especializada que nos ofrece múltiples oportunidades de repensar esta idea del mundo.  Llegar en tren a Querétaro por la madrugada y ver el sol de la mañana cubriendo de amarillo las casas del barrio de El Tepetate, no sólo me permitió sacudirme el polvo importado de Tula, sino sacudirme la idea de que la geografía puede ser prescindible. Todo lo contrario.

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