Opinión

Día sesenta y tres

Bitácora de Viaje (De Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

Emborracharse con pulque no es la mejor decisión que uno pueda tener. A menos que no te quede alternativa, como me ocurrió en el semidesierto de Querétaro. A finales de la década de 1980 y principios de 1990 realicé mi trabajo de campo como incipiente antropólogo, en la construcción de la Presa Zimapán. Entre toda la gente del poblado de Rancho Nuevo que me recibió como bicho raro, uno que me adoptó y fue mi tutor en las lides del campo fue Don Adrián Méndez.

 

“Don Adrián”, era el hombre más apreciado, más conocido y más tolerado entre todo el Ejido Vistahermosa, ubicado en la zona limítrofe del estado de Hidalgo y el estado de Querétaro. Esté ejido contaba con una gran extensión de hectáreas, muchas de ellas de temporal, es decir, se utilizaba la tierra para la siembra solamente en los tiempos de lluvia. Las cuales se encontraban en la parte alta del ejido. Además contaban con un microclima, que rio abajo habían escampado una parte importante a la vega del Río San Juan.  Ese microclima era un verdadero paraíso: hacía calor tropical, se contaba con suficiente humedad y agua, tierra fértil acumulada por el deslave y la precipitación, con lo cual permitía el crecimiento y mantenimiento de muchos árboles, la mayoría de ellos frutales.

Recién llegue al lugar, todos me presumían sus parcelas y sus huertos. Y cuando sabían que regresaba temporalmente a la ciudad, me obsequiaban algunos mangos, higos, manzanas, guayabas, entre otros frutos. Al principio me daba gusto porque tenía mi provisión frutal en abundancia, pero el orgullo entre las familias había desatado cierta competencia. Entonces una familia que me obsequiaba mangos, era superada por otra que me regalaba aguacates, que era superada por otra que me entregaba papayas. Así que en las siguientes ocasiones que tenía que asistir a la ciudad, tenía que hacerlo discretamente y casi escondiéndome de mis anfitriones, porque eso de trasladarse en el autobús y con varias “javas” de madera repletas de fruta no era muy cómodo y económico que digamos cuando uno no es comerciante o hábil en el traslado de mercancía. Mucho menos si ésta es un regalo.

Don Adrián tenía los derechos de una parcela a la vega del Río San Juan. Y la cosecha de aguacate era generosa. No había árboles con más frutos que los de Don Adrián. Él fue el que me enseñó que si te ofrecen un alimento o un obsequio  nunca debes rechazarlo, o negarte. Es preferible tener doble, comer hasta saciarte, que andar pidiendo o mendingando, me decía con sus palabras cargadas de picardía mientras seguía mirando hacia el frente, cuando dábamos largas caminatas hacia sus tierras de labor. Y remataba, “imagínate andar pidiendo, y que te lo nieguen, o que no haya que ofrecerte.” Este era el motivo por el cual siempre accedía a recibir tanta fruta y a la generosidad de la gente.

Al acompañar a Don Adrián, para recopilar información sobre la historia de su ejido, escuchaba su información, su forma de pensar y su manera de relacionarse con sus vecinos y sus familiares. La generosidad de la población también se practicaba entre ellos y los que elaboraban pulque, no eran la excepción. Sabían que Don Adrián pasaba puntualmente a saludarlos, a cantarles y a contarles varios relatos. Toda esa información era importante para realizar un reporte sobre esa población. Desde luego que la invitación a Don Adrián era extensiva a su acompañante. Y tenía que beber la misma cantidad, sino es que el doble, de lo que mi anfitrión consumía. Esa era la razón por la cual terminaba con mucha información y mareado por la ingesta. Tiempo después de haber levantado tanta investigación, me di cuenta que había pasado por alto un hábitat importante, complementario para esa población, y que contenía una riqueza inmensa en material vegetal que era usado como combustible.

“Al estudiar al hombre como a otra cualquiera criatura viva, hay que tener en cuenta la dimensión del espacio no menos que la del tiempo”, Señala Melville Herskovits, y esto permitió la creación de un enfoque de los estudios sociales que a la postre se llamó “ecología”. La Ecología Humana aproxima las ideas hacia el estudio del “hábitat”, que es el espacio donde se alberga el hombre y está creada por el ambiente natural y el artificial que se construye mediante el trabajo del hombre. Todos estos elementos se conjugan y se articulan mediante la acción de los grupos sociales y se hace mediante la cultura.

Por eso es importante dimensionar todos los elementos que integran el hábitat. Y en los estudios socioterritoriales deben incorporarse varios aspectos que nos indiquen cuáles son los aspectos que sobresalen y otros que están discretamente presentes en la integración de la cultura de los grupos sociales. El ambiente, el espacio, son los grandes contenedores del refugio del hombre, por ello no se debe escatimar el enfoque multidisciplinar de la mirada de estos nuevos planteamientos metodológicos, como el socioterritorial.

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