Opinión

Día siete

Por Manuel Basaldúa Hernández

Los mapas me gustan mucho. Le dan a uno la certeza de no perderse. Los mapas nos otorgan la ilusión de ubicarse en el espacio. Hay un aire de seguridad cuando uno encuentra el aviso: Usted está aquí. Son mejores los impresos que el que aparece en Google o en cualquier otro sitio.

Los mapas impresos nos sitúan no solo en las coordenadas, sino en un territorio con una propiedad fugaz.

Tengo una colección de mapitas, más bien un cúmulo que he recopilado en el transcurso del tiempo en cada viaje. Los mapas reflejan el alma del territorio, de la cultura y de la gente que habita los lugares. La revista Asomarte, por ejemplo, que poco a poco se ha ido estilizando, lo ha hecho a la par de la transformación del Centro Histórico de Querétaro. Pero el gusto de sus fotografías por los detalles hace que uno se sienta cerca de los espectáculos y los lugares que señala. El mapa que viene en la edición española de la editorial Cátedra del libro emblemático de Julio Cortázar –Rayuela–, nos ubica en los espacios que el Cronopio recorre junto o en busca de la Maga.

Los mapas son una extensión de la cartografía. El afán del hombre por hacer una representación de la superficie que pisa y que habita se ha dado desde hace muchos años. Es una preocupación de siglos por establecer las marcas de su recorrido o de su acción sedentaria. Es un interés marcado por determinar el terreno que ocupa, y el mapa es la extensión de esa seguridad, convirtiéndose en la herramienta fundamental para avanzar. La reproducción gráfica guarda marcas de las creencias, de la filosofía y de la cultura.

Los griegos hacían su especie de mapas en las tablillas babilónicas, y ésas eran unos resúmenes de sus conocimientos matemáticos y astronómicos, que se iban mejorando a la medida que hacían viajes y rectificaban la representación grafica del territorio. Los datos indican que desde el siglo II, Claudio Ptolomeo divulgó sus conocimientos cartográficos. Probablemente la etapa de esplendor de esta forma de graficar los mapas se ubicó en los siglos XV al XVII, dado que hubo una intensa actividad de los navegantes, y que se especializaron en la cartografía.

En mi viaje a Colombia, fui a dar a Cartagena de Indias. Ahí me encontré con un edificio colonial, que fue parte de los resguardos del fuerte que da al mar Caribe. Y al fondo, en el camino de los jardines de rosas de castilla descubrí otra sala de inmensas dimensiones que entre claroscuros mostraba una exposición de los primeros mapas que se hicieron en estas tierras, y que les permitió a los navegantes españoles tener idea de la configuración de las costas y las tierras que tenían frente a sí. Había también una especie de mapas similares a los que había elaborado Juan de la Cosa, un geógrafo y navegante español que acompañó a Cristóbal Colón en su espeluznante viaje a estas tierras.

Cartagena sirvió durante muchos años como punto de llegada y repartición de los esclavos que se traían desde África. Así que la concentración de los navíos en estos puertos era obligado, y por lo tanto muchos de esos documentos gráficos fueron quedándose en los archivos y en las bibliotecas, y ahora se cuenta con una buena cantidad de ellos. Los cuales tienen una belleza mayúscula en su elaboración, en los detalles que los inundan, y en la precisión sobre los contornos de las costas, las islas y parte de la tierra adentro que son dibujadas.

Cada vez que tengo un mapita, me hace pensar que son artesanías que dibujan barrocamente el espacio. Muchas veces nos convertimos en cartógrafos sin pensarlo y sin darnos cuenta la mayoría de las veces, describimos la parte del universo en que nos toca vivir.

manuel.basaldua.h@gmail.com

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