Opinión

Día veinticuatro

Bitácora de Viaje (de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

El Centro Histórico de Querétaro es un personaje que ha llamado la atención de literatos, de historiadores, de urbanistas, de arquitectos, de comerciantes, y últimamente de inversionistas. Se ha convertido en un espacio dinámico y multifacético, pero también en un entramado sumamente complejo. El Centro Histórico es un concepto relativamente nuevo. En otra ocasión me dedicaré a explicar este punto. Por ahora me limitaré a señalar que este concepto nos lleva a pensar en la suma de los edificios antiguos situados en lo que antes era toda la ciudad. El crecimiento de la población de Querétaro ocasionó que el espacio se especializara. El espacio se dedicaría a la vivienda, a la producción, al ocio, a la comunicación y al transporte, y entre otras cosas, al resguardo de un patrimonio cultural.

Esta última categoría en parte es el Centro Histórico. Por esa misma naturaleza contiene una serie de procesos sociales, cambios sociales y transformaciones sociales que se han quedado grabados en su arquitectura.

De los personajes que han dedicado su trabajo al Centro Histórico ubicamos al maestro Edgardo Moreno Pérez. Su libro Bosquejos del comercio en el Centro Histórico de Querétaro nos lleva a la contribución de la construcción del estudio de este territorio donde nace la queretanidad. El libro de Edgardo ya tiene un par de años circulando, pero me ha motivado a referirme a las referencias sobre el centro de Querétaro que este autor brindó en la entrevista realizada por José Niembro en su programa de televisión llamado “Andanzas queretanas”. Edgardo Moreno no sólo ha vivido y crecido en estos lugares del Centro Histórico, sino que ayuda a dibujar la imagen de la huella digital de Querétaro con una calidad humana y una pasión que se refleja en su serena persona.

La lúdica emoción de José Niembro en su plática con Edgardo llevó a evocar momentos de sus vivencias relacionados con el comercio en la ciudad. Contagiado por esa conversación despertó también mi recuerdo de los viajes que de niño hacía acompañando a mi padre, desde la colonia Casa Blanca hasta el almacén “La luz del día”, para lograr el abastecimiento de los abarrotes y viandas que se obtenían en el lugar. El largo recorrido que había que hacer, sorteando los juncos y carrizales que crecían a las orillas de las acequias que regaban las tierras de siembra en la frontera del mundo rural con lo que era para mí el mundo moderno. “La villa de París” y “La ciudad de México”, otros almacenes en donde la tecnología y el futuro se asomaban. Los géneros finos y estrambóticos en una esquina y los aparatos de radio en los que veía yo una transformación de la comunidad.

Entrar al espacio del centro de Querétaro era participar en una fiesta. Bien valía el esfuerzo y el cansancio de aquellos recorridos hechos desde la periferia. Como recompensa a participar en esa odisea urbana obtenía el codiciado trozo de chocolate “Popocatépetl”, con su elegante envoltura verde y su aroma dulcezón.

Golosina que servía para recuperar energía, porque había que regresar a casa ayudando a cargar la caja de cartón que contenía toda la despensa de la quincena.

twitter@manuel.basaldua

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