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¿Dónde quedó la polarización?

Un domingo de mayo de 2020, casi al inicio de la pandemia, cientos de automóviles en la Ciudad de México hicieron una caravana al Monumento a la Revolución. La congestión automovilística tenía un propósito: tocar el cláxon, exhibir sus pancartas y pedir la renuncia del presidente del país. “AMLO vete ya”, fue el lema de la protesta. Los coches de lujo eran congruentes con el temor al comunismo que veían encarnado en el presidente más popular y votado de la historia democrática del país.

Desde ese día, continuaron las convocatorias a distintas marchas en las principales ciudades. Cada una tenía su razón de ser; la defensa del INE, la marcha por la democracia, la caminata por la paz, la defensa del poder judicial, etc. Todas tenían un denominador común: el desprecio por el presidente López.

Las concentraciones no pasaban desapercibidas y los medios de comunicación compraron el discurso de la “marea rosa”. Las redes sociales, sin sopesar el alcance orgánico frente al pagado, repitieron día y noche el supuesto hartazgo, el enorme descontento social, el despertar del pueblo, en pocas palabras, la narrativa de la heróica resistencia que hacía frente ante las políticas autoritarias del presidente. Hacerse eco entre ellos, consolidó su ilusión en la que había una oposición nutrida y fuerte.

El presidente, por su parte, cada día después de las marchas salía en las mañaneras a etiquetarlos como un puñadito de fifís, neoliberales, conservadores y traidores a la patria. “Si no están conmigo, están contra mí”.

Las provocaciones del presidente sembraron en la opinión pública la idea de una sociedad dividida, un país altamente polarizado, que traería consecuencias catastróficas que acarrearían la ruptura, la separación definitiva y quién sabe… quizá la guerra civil, como escribió Leo Zuckermann antes de la elección.

A todos nos llegó el golpe de realidad el 2 de junio. Los números, que son implacables, se impusieron frente a las narrativas. Antes de las elecciones, sabíamos que el presidente tenía una mayoría de su lado por los altos índices de aprobación que nos mostraban diversas encuestas, pero nunca nos imaginamos ver lo que vimos ese domingo. El mito de la polarización política cayó cuando el pueblo salió a votar y el 70% de la población (más de 93 millones de personas) pasaron a estar gobernada por Morena de forma democrática. Frente al agresivo ataque mediático, una inmensa mayoría salió a dar su respaldo al proyecto del presidente.

La división de la que hablaba la oposición se hizo pequeñísima al lado de las casi 36 millones de personas que salieron a votar por Claudia Sheinbaum como la próxima presidenta del país.

Vale la pena el recuento electoral: la gente votó en siete de los nueve estados donde hubo elecciones, para ser gobernados por Morena. También le dieron la confianza al llamado “Plan C” que buscaban la mayoría calificada de diputados federales. En 30 de las 32 entidades del país, la gente votó por tener a sus 2 senadores de Morena representándoles en el Congreso. Sólo Querétaro y Aguascalientes eligieron representantes del PAN.

El sufragio fue en cascada. En los estados, Morena tendrá el control de 27 congresos locales y 23 gubernaturas. Todo por el voto popular.

En estados del sur, como Tabasco, el 80% de la población que votó, lo hizo por el partido del presidente. En Jalisco, Morena ganó una diputación federal, aun cuando no tenían ningún candidato definido. Y en Tijuana, una candidata a diputada federal de Morena que falleció días antes de la elección, y ganó el voto de la gente en las urnas. Nunca en la historia democrática del país, un partido se había hecho de esta mayoría representativa.

Después del 2 de junio quedó claro que la idea de un país dividido y polarizado no fue más que un espejismo, una voz transmitida por los dueños de los micrófonos y repetido por la falsa opinión pública en redes sociales. Una percepción que la oposición –conscientemente- se empeñó en formar de un presidente aparentemente divisorio y autoritario. La ilusión de la polarización se formaba únicamente en mesas de debate y en grupos selectos que cotidianamente conviven con los suyos, pero que jamás se detuvieron para escuchar al resto de la población.

Ese 2 de junio, el día de la elección más grande de la historia de México, el mito de la polarización cayó.

Hay un consenso popular para que las políticas de López Obrador sigan; para reformar al poder judicial, para que sigan los megaproyectos del presidente. Las mayorías están de acuerdo con los programas sociales que han sacado de la pobreza a 5 millones de personas; la gran mayoría no se resiste al aumento del salario mínimo que les negaron a los trabajadores por décadas. Hay un consentimiento enorme para continuar luchando con una política de austeridad, donde no sea prioridad las altas jubilaciones a expresidentes, los aviones presidenciales o los viajes familiares de lujo. La gran mayoría refrendó que primero van los pobres para cambiar este país.

La polarización cayó, porque en medio de una profunda desigualdad existente en el país, el pueblo nunca antes estuvo más de acuerdo como ahora para continuar con la llamada Cuarta Transformación.

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