Opinión

Dos normalismos, pugnando por prevalecer

Por María del Carmen Vicencio Acevedo

Desde su nacimiento, la sociedad ha sido testigo de dos tradiciones claramente distintas entre los profesores normalistas. Una, popular, que se ha comprometido con los desarrapados del mundo; bien porque pertenece a su misma clase, bien porque ha estado dispuesta a aventurarse a los rincones más apartados o marginales de la civilización. Se trata de una tradición, que creyéndose, inicialmente, “misionera”, ha tenido que volverse humilde, al descubrir con asombro su propia ignorancia.

Al reconocer que ese otro a quien pretendía enseñar, “el analfabeto”, “el inferior”, es, en realidad, altamente inteligente; no una masa moldeable, sino un ser pensante que busca sentidos. Aunque no haya ido a la escuela, sabe mucho de ecología, de economía y de política, de la vida, del amor, del dolor y de la muerte…, de lo que verdaderamente importa.

La otra tradición normalista es la que representa a los grupos sociales más conservadores, decididos a infundir en las nuevas generaciones un solo punto de vista, “el verdadero”, el de la élite, el de la “gente decente”; quienes consideran al resto de la población como “barbarie a la que hay que normalizar”, homogeneizar, civilizar, silenciar, someter, cortarle las uñas, raparle la testa y ponerle uniforme con corbata. Un normalismo que ahora se quiere presentar como “de clase mundial”.

El normalismo popular, encuentra una de sus primeras fuentes de inspiración en grandes maestros en todo el mundo, que han luchado por una escuela pública, moderna, de alto nivel cultural, democrática, laica, científica, libre, cooperativa, ecológica y solidaria, con relaciones internacionales; promotora de la reflexión crítica, de la libre discusión de ideas y expresión creativa; abierta a todos sin distinción; una escuela centrada en las personas, en los alumnos, en especial en los de “la plebe”, que reconoce su dignidad, sus necesidades, lo que les pasa y lo que sienten en el fondo del alma. Una escuela, promotora de la comunicación, vinculada con la realidad del pueblo; enfocada a la formación integral y, sobre todo, una escuela profundamente alegre.

Maestros como Comenio, Pestalozzi, Makarenko, Kerschensteiner, Milani, Ferrer Guardia, Gramsci, Freire, Giroux, Freinet, Gutiérrez, Redondo, Vázquez, Cabañas, Tapia, Ramírez, Sáenz, Costa Jou y muchos otros, han inspirado a ese normalismo popular.

En México, la época de oro de esta perspectiva tuvo lugar entre 1920 y 1943. Desde entonces cada vez se acentúa más la división entre los maestros urbanos y los rurales. Los últimos, por encontrarse geográficamente aislados, gozaban de gran libertad, para comunicarse con la gente y adecuarse a sus necesidades, lejos de supervisiones burocráticas.

Desde entonces, varias normales rurales permanecen firmes, comprometidas con los más pobres de la tierra. Entre sus egresados se encuentran los maestros más cultos, reflexivos y lúcidos que he conocido. Normales formadas en el materialismo histórico-dialectico (enfoque “anticuado”, por llevar a los estudiantes a abrir los ojos a la realidad “real”), que no entienden de subordinaciones a esa OCDE que dio la espalda a la rica tradición pedagógica popular internacional, latinoamericana y mexicana, para imponer al neoliberalismo como dogma. (No importa que se esté desmoronando).

En días pasados, miles de profesores salieron a las calles a apoyar a los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, que antes habían sido agredidos por la fuerza policiaca, como si fueran delincuentes, sólo por exigir la recuperación del presupuesto que les quitaron. Salieron también para defender a la educación pública, al artículo 3º, al 24º, al 27º, al 123º…, a la Ley Federal del Trabajo, todos en proceso de extinción, por el dominio mercantil y por la falta de conciencia social o de agallas de quienes están al frente de nuestras instituciones y debieran defenderlos.

Protestaron para exigir el fin de la ACE (Alianza por la Calidad de la Educación) que se hizo a sus espaldas y que se basa en la perversa meritocracia, de dar más a “los más competentes” (porque tienen mejores condiciones); para exigir el fin de ese abusivo sistema de “evaluaciones” estandarizadas, que desconoce las realidades de cada niño, de cada maestro, de cada contexto; que es ciego y sordo a las graves diferencias de clase. Lucharon para recuperar el principio de laicidad en las escuelas públicas, que está por perderse, privilegiando a la Iglesia católica, con sus prejuicios y sus dogmas.

Pero esto, pocos lo entienden, y menos cuando la clase empresarial se empeña en presentar a los maestros de educación básica como “principales responsables del panzazo mexicano”.

Mientras los profesores protestaban en las calles, la titular de la Dirección General de Educación Superior para Profesionales de la Educación (DGESPE), Marcela Santillán, apapachaba a docentes de las normales que estrenan plan de estudios, con un hotel cinco estrellas, baño con jacuzzi y viandas de gran gourmet; informándoles que el nuevo plan será instalado finalmente en toda la República. No importa que su enfoque (o la interpretación operativa del mismo por los burócratas del sistema) dé al traste con los valores republicanos, que tantas vidas costó conquistar. Quedaron atrás todas las protestas que otrora hicieron las normales críticas, denunciando las múltiples inconsistencias de dicho plan, y que nunca fueron consideradas.

“Me siento ultrajada”, lloró una amiga, que vivió ese encuentro con la DGESPE. “Lo bueno es que fue entre plumas”, le respondió consolándola, bromista, su marido….

“¿Y de veras nos van a dar una lap?”, preguntaban los sumisos maestros de las normales, ya sin nada más que decir.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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