ColumnistasOpiniónSe dice en el barrio

¡Échame la pelota!

Benedicto siente que le va a estallar la cabeza y tiene punzadas en los párpados. Igual que otras veces, ya se le pasará. Mientras, ¡a tomarlo con paciencia! Cada que está así, se acuerda con nostalgia del Refugio. Se recuerda a sí mismo, un niño que caminaba por las calles; la paz de su pueblo era interrumpida sólo por las vacas, cuando salían a pastar o regresaban a su corral. Los domingos, en el kiosco, la banda tocaba sones alegres.

Un día, sus amigos lo invitaron a Río Verde. Su único pariente, el abuelo, le autorizó salir. ¡No lo hubiera hecho! Al cruzar las vías del tren, el ferrocarril los arrolló. No supo más. Despertó en un hospital de Querétaro, sin la pierna derecha. Se la amputaron. Se deprimió. En el nosocomio, le acercaron un televisor portátil. Fue cuando vio, en el Mundial de Italia, a uno de esos “magos del balón” luciendo sus fantasías en el campo. Eso lo decidió a no regresar a su pueblo.

Se quedó en el barrio. Para mantenerse, se dedicó a hacer garapiñados (de cacahuates, nueces, ajonjolí u otros granos, según aprendió en el Refugio).

Siguió sus terapias personales en el parque municipal. En sus ratos libres, valiéndose sólo de sus muletas, hacía suertes con un balón de cuero, con apoyo en el único pie que tenía.

En las terapias, conoció a Fátima. Desde un principio, se vieron como hermanos: idénticos ante el espejo; a ella también le amputaron una pierna ─la izquierda─, por una enfermedad que la tumbó cuando niña. Igualmente, vivía fascinada por el futbol. A sus 30 años, se dedicaba a patear el balón, apoyándose sólo en sus muletas. Cuando se encontraron frente a frente por primera vez, supieron que eran idénticos, y decidieron compartir sus experiencias, pero no como pareja sentimental.

Hoy se dan cita todos los días, en el crucero que está ante el hospital de traumatología y, aprovechando los altos, se colocan frente al semáforo, hacen malabarismos personales con la pelota y, sin dejarla que toque el asfalto, la pasan al compañero, para que siga jugándola con pie, rodillas, hombros y cabeza. Así -¡con sólo una pierna!-, muestran su habilidad en el manejo del balón, que podría ser durante horas. Después, con la gorra o un cesto, recogen las monedas que les dejan transeúntes y conductores, por el único gusto de ver la habilidad de esos lisiados.

 ¡Hay muchas formas de ganarse la vida!

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