Opinión

El amor y el suicidio

Amor, humor y muerte

Por: Edmundo González Llaca

No sé si fue una coincidencia mágica o resultado de una aguda programación, pero lo cierto es que Tribuna dedica en la semana que se festeja el día del amor, precisamente al suicidio. Paralelismo que es absolutamente cierto, el amor y la muerte son las dos caras de la misma moneda, perdón por la comparación tan capitalista, pero en días cercanos a la quincena es la única que se me ocurre.

Para mí no es nada extraño pues, como algún día les platiqué, mi padre falleció en un accidente automovilístico un 14 de febrero. Desde niño siempre recuerdo que en este día, por la mañana, cumplía con los rituales propios de los aniversarios luctuosos y, en la tarde, festejaba jubiloso el sangronsísimo San Valentín. Un día en el que mezclaba olor a incienso y chocolates; rezos y muñequitos de peluche; en la mañana comunión y cayendo la tarde, besos y apapachos a discreción. En suma, azares del destino me enseñaron precozmente a descubrir uno de los grandes dramas del arte y, tal vez de la vida: el amor y la muerte están unidos.

Es difícil aceptar esto cuando al amor lo asociamos con la máxima alegría, con la culminación intensa de la vida, con todo aquello que palpita. Pero también es cierto que hemos sido educados y cultivados en la literatura, la música o el cine, en el valor de que no existe verdadero amor si éste no ha padecido acosos, amenazas, perturbaciones. Todos nos jactamos de haber vencido pequeños o grandes problemas, y reservamos la leyenda o el mito para quienes, con su muerte voluntaria, avalan la trascendencia y verdad de su amor.

El Fedro de Platón, lo dice mejor que yo: “Sólo aquéllos que aman están dispuestos a morir por otro”. La mitología y las leyendas así lo ilustran. Narciso es el primero que muere por amor, con el pequeño detalle de que es por amor a sí mismo. Lo cual tiene como ventaja que evita el problema de la infidelidad. Pero a partir de ahí cuenten también como mártires del amor al amante a Orfeo y a Eurídice, a Tristán e Isolda y un gran etcétera.

Por otra parte, no olvidemos, como señala Bachelard, que el amor es la primera hipótesis científica de como se logra la reproducción del fuego. Afrodita es cónyuge de Hefesto, dios del fuego. El amor, en consecuencia, «es un fuego que se comparte», y el fuego es un fenómeno que tiene su vida plena en la destrucción. Eros y Tanatos, el instinto de vida y de muerte fusionados en un abrazo. En el corazón de las llamas se une el sacrificio de la materia y el nacimiento de la hoguera; las cenizas conviviendo con la nueva luz en un juego eterno.

La unión es clara. Amor y muerte, porque la muerte por amor pareciera no el marchitamiento de la vida sino su exuberancia; amor y muerte porque el sentimiento nos lleva al placer del orgasmo, una probadita de muerte (la probadota no me interesa); amor y muerte, porque agotadas las posibilidades de gozo de la vida no queda mayor desafío que el voluptuoso enigma del más allá; amor y muerte, simplemente por jugar a acabar todo en un instante por la posibilidad de prolongar el amor hasta la eternidad.

¿Qué hay en la mente del que muere por amor? Sin duda que un temperamento romántico, y el romántico vive en los extremos: en la entrega y la intensidad absoluta a una pasión. Todo es trascendente, como afirma la canción: «Júrame que aunque pase mucho tiempo no olvidarás el momento en que yo te conocí». Su “majestad el odio”, es también fuente de inspiración de los cantantes apasionados: «Virgencita de Talpa, y si no me la traes, vale más que se muera, que si su alma no es mía que sea de Dios».

Los que mueren por amor carecen de sentido del humor. Las empalagosas fijaciones del romántico chocan contra lo ácido del humorista; el fuego envolvente del enamorado nada tiene qué ver con el desafecto distante del humorista.

El romántico no se ríe y su arrobamiento nos impide reír. El romántico nos provoca compasión, lástima, emoción, sentimientos incompatibles con la inteligencia y ligereza del humor. Si queremos reírnos del romántico, tenemos que crear un artificio adecuado para quitarnos lo sensible. Por ejemplo, el romántico, al contar la boda de una mujer de 60 años, la describiría así: “Después de un profundo amor y entrega, por fin, llega al altar. Su rostro virginal, su vestido blanco, coinciden con su pureza. Lleva flores de azahar en su hermoso pelo ya canoso”.

Esto a nadie le causa risa, aunque sí es satirizable por cursi. En cambio el humorista nos diría: “La novia tiene 60 años, en su pelo blanco lleva flores de azahar, aunque por la edad, tiene derecho a llevar naranjas. En su rostro es difícil adivinar si sonríe o son las arrugas de la edad.” El humorista saca a flote con crudeza y hasta crueldad una realidad profunda y contradictoria que se nos ocultaba, o que por delicadeza nos negábamos a ver, y que al darle voz nos hace reír.

Si bien, vale reconocer, que es difícil saber cuál de los dos se la pase mejor, lo cierto es que nada hay más lejano de un romántico que un humorista. Ante el sentimiento absoluto y total del romántico, ante su visión tan simplificada como segura de lo que anhela, el humorista opone su escepticismo, su relativismo. El romántico oscila entre la vida y la muerte, la tristeza infinita y la euforia; el humorista, digamos que campechanea los sentimientos, ‘su optimismo es triste o pesimista y su pesimismo es alegre u optimista’. El romántico tiene solidificados sus dogmas del corazón, el humorista ajusta su inteligencia a su antojo y, sin aprehensiones de ninguna clase, descubre lo cómico de la realidad.

Ahora bien, el anterior es el perfil del que muere por amor, pero otra cuestión muy diferente es la mente de los amantes que se suicidan. En Romeo, como todo aquel que llega al martirio por amor, hay una personalidad romántica y escéptica. El amor, y más aún el apasionado, dura muy poco, y no hay camino más seguro para preservar su idealización que morir rápidamente.

A los personajes shakesperianos ya les andaba por morirse. Todo indica que tenía como música de fondo: “Ésto urge”. Romeo: “…Labios, puertas del aliento, sellad con este beso / legítimo un pacto eterno con la muerte / que espera”. Julieta se traspasa con su puñal: “¡Oh dulce puñal! Soy tu morada / Descansa en mí. Dame la muerte”.

A los dos les faltó sentido del humor para no llegar a una decisión tan peligrosa. La herida de la vida y del amor se la curaron matándose. Lo cual no deja de ser un remedio radical y fundamentalista.

A lo mejor Romeo estaba consciente de que la rutina con sus dientes húmedos y terribles acabaría con la flama brillante y espectacular de la pasión y dejaría los leños pálidos de la vida. Esto era demasiado para él. Mejor morir en la cumbre sagrada del amor, que esperar a que Julieta engordara y un día de tantos se quejara de lo mucho que había subido el espagueti y las pizzas en Verona.

En el ambiente suicida existe quizá un narcisista receloso, pues en el fondo de todo aquel que ama hay una profunda desconfianza de que sea realmente correspondido, y la última, y tal vez la única prueba es el desprecio a la vida. Hay también, como en todo suicida, un valiente y un cobarde. Valiente por morir, y cobarde, porque quizá no hay más audaz estratagema para ahuyentar la soledad de la muerte, que morir de acuerdo y al mismo tiempo con otro.

En fin, el amor es la más excelsa de todas las pasiones humanas, quien recibe sus flechazos se queda ciego, la razón la guarda en el desván y el trastorno es un hermoso eclipse en el que, como diría la cursi canción, “tocamos los dinteles de la gloria”. Y del infierno, agregaría. En fin, amen todo lo que puedan, pero no se suiciden. Algunos sobrevivientes dicen que las autopsias son muy dolorosas.

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