Opinión

El contrainforme de Pew Research

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Este lunes 1 de septiembre, el presidente de la República habrá enviado al Congreso de la Unión su segundo informe. Es cierto que estamos ya muy lejos del culto faraónico que en la plenitud presidencialista incluía alfombra roja, besamanos y baño de pueblo en coche descubierto, ceremonias televisadas que ocupaban el día entero y donde la lectura del informe consumía hasta cinco horas continuas. Al suprimirse el ceremonial, ese acto, que nada tenía que ver con la rendición de cuentas, se redujo al envío del documento con un propio, aderezado con un mensaje ante las cámaras (de televisión, en lugar de las cámaras del Congreso de la Unión) y un penoso bombardeo propagandístico.

De manera coincidente con una visita del presidente mexicano a los Estados Unidos, en la capital norteamericana, la consultora Pew Research divulgó lo que bien podría ser el contrainforme de gobierno, un oportuno corte de caja, basado en una medición de la percepción de los mexicanos frente al desempeño del titular del Ejecutivo federal el último año.

El resultado, desde luego, no es amistoso para el gobernante. Ya desde mayo pasado sabíamos que aún las élites mostraban un descontento poco ordinario. Por ejemplo, sólo uno de cada diez capitanes de empresa consideró que en su primer año el gobierno tuvo un buen desempeño en materia económica: 91 por ciento de la élite económica ubicó su desempeño entre regular, malo y pésimo. El dato es significativo si consideramos que al comienzo de la administración, 49 por ciento de los altos mandos empresariales calificaban el desempeño del gobierno federal como “bueno” y 12% como excelente. De modo que no sólo perdió a ese 12 por ciento que lo calificaba como excelente, sino que perdió a 40 de los 49 que lo evaluaban favorablemente.

Puestos a medir resultados, todos los índices son atroces para las promesas de transformación. Todos estos días hemos estado escuchando cómo instituciones del país y del extranjero han venido “ajustando” las expectativas de crecimiento económico, a la baja, por supuesto. Los únicos indicadores que van a la alza, y que amenazan con mover a México de finas maneras, son los de criminalidad y desempleo.

Los datos divulgados en Estados Unidos son una delicia: la popularidad de Enrique Peña Nieto descendió seis puntos respecto de 2013. Si bien entre los políticos es el presidente quien obtuvo la mejor calificación (51%), ese descenso debe ser un síntoma de escándalo para alguien enamorado de su imagen y que no distingue entre rating y satisfacción ciudadana. No hay que olvidar que de los presidentes emanados del PRI entre 1988 y este momento, Enrique Peña Nieto es el único que acusa una caída estrepitosa de popularidad.

Inconforme con la situación del país están 70 de cada 100 habitantes, y son las zonas pobres y rurales donde menos lo reprueban. Recuérdese el perfil dominante del votante priísta en 2012: baja escolaridad y bajo ingreso. Hay regiones del sur mexicano donde lo reprueban 73 de cada 100, y en la capital del país el índice se dispara para llegar a 78 por ciento.

En cuanto a la economía, 27 de cada 100 califican las condiciones como “muy malas”, y en corrupción la percepción es que nada ha cambiado, pues más de la mitad de los mexicanos desconfía de sus acciones en esta dirección. Y en cuanto a la reforma energética, la reina de todas las reformas, sólo un tercio está conforme con la participación del capital privado en el sector. Cerca de 60 están en contra, incluso entre priistas, pues sólo 44% apoya los cambios legales.

Con la esperanza de que “ahora sí” las cosas pueden cambiar, una especie de beneficio de la duda que reverdece cada seis años, resulta que la mitad de los mexicanos tiene fe en que la situación mejorará, pero una cuarta parte prefiere cierto pesimismo y asume que las cosas continuarán igual. La cuarta parte restante prefiere un informado realismo: las cosas empeorarán.

Ese es el estado que guarda la nación.

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