Opinión

El muro que todos los mexicanos debiéramos construir

Por:María del Carmen Vicencio Acevedo / metamorfosis-mepa@hotmail.com

PARA DESTACAR: El muro “trumpiano” no servirá para detener el flujo de todas las agresiones que nos llegan, en dirección opuesta (vestidas de inversión extranjera, de minas canadienses, de avance tecnológico, de “progreso o desarrollo”, de “pensamiento moderno” o de “amplio criterio”). Menos cuando nuestra clase gobernante decide “quitar barreras”, buscando que nos traguemos el cuento del “libre mercado”.

Una gran paradoja de la existencia humana tiene que ver con la forma como comprendemos y practicamos el poner límites. Acotar, deslindar, “pintar la raya”, decir NO, ceñir o contener…, son acciones necesarias para la autodefinición, la autoafirmación y hasta la supervivencia de cualquier sujeto. Coartar o reprimir en exceso, sin embargo, puede asfixiar, impedir el libre flujo de la vida y gangrenar. Separar demasiado lleva a la marginación y al aislamiento. En cambio, quitar todas las barreras y dejar las puertas abiertas “a lo que sea”, genera confusión, desorden, desbordamiento amorfo; deja suelto al imperio del más fuerte.

Encausar implica limitar el flujo vital hacia determinada dirección, para orientarlo hacia otra. En la educación, por ejemplo, aceptamos someternos a ciertos límites y contener nuestros impulsos, para desarrollar nuestras facultades. En la convivencia también nos contenemos, para compartir los beneficios de la vida en común. Pero asumimos esos “sanos” límites, solo cuando negociamos o comprendemos su sentido. En cambio, cuando la libertad se ve coartada unilateralmente, o violentada por un ajeno autoritario, el flujo vital buscará cualquier resquicio para derramarse; como el agua, que siempre encuentra una salida; como los presos y esclavos que se rebelan, si no escapan; como los “braceros” que inventan formas cada vez más sofisticadas (y peligrosas) de “colarse al otro lado”.

Cuando Donald Trump decide unilateralmente impedir, con un gran muro, el flujo de migrantes indocumentados (“delincuentes”, según él) hacia su país, se desbordan diversas reacciones. Desde aquellas insanas de los “wasp” (blancos-anglosajones-protestantes), que parecen haber sido autorizados, para liberar sus instintos y agredir a los de otras razas o culturas, hasta la “feliz” respuesta de los mexicanos que se mofan de Trump, inventando mil chistes, o promoviendo, enjundiosamente, efímeros boicots frente al gran mercado, para solidarizarse con las economías locales.

El papa Francisco advierte que “no es cristiano poner muros”, aunque se digan “cristianos”, la mayoría de quienes votaron por el magnate.

El muro “trumpiano”, sin embargo, no servirá para detener el flujo de todas las agresiones que nos llegan, en dirección opuesta (vestidas de inversión extranjera, de minas canadienses, de avance tecnológico, de “progreso o desarrollo”, de “pensamiento moderno” o de “amplio criterio”). Menos cuando nuestra clase gobernante decide “quitar barreras”, buscando que nos traguemos el cuento del “libre mercado” y de que éste la autoriza coludirse con el gran poder.

Por eso necesitamos construir también nuestro propio muro, pero ahora del sur al norte; de nuestra identidad de mexicanos, a la ideología dominante; como cuando la proteína P53 coarta el crecimiento de las células cancerosas o la metástasis.

Poner límites es lo que hacen las cribas, que dejan pasar el grano fino e impiden el paso del grueso, de la basura o de las piedras. De ahí viene la palabra “crítica”. El pensamiento crítico es el que sabe delimitar, distinguir, analizar, separar. (El poeta cubano Nicolás Guillén expresó bien esto, en su canto “La muralla”, que cierra la puerta, no a las personas, sino al odio, y la abre, en cambio, al amor).

Es difícil desarrollar la capacidad crítica hoy, con tanto ruido, y cuando lo único que importa es la imagen; cuando todo parece “lo mismo” o solo se aprecian los burdos contrastes: blanco-negro y no los múltiples matices. Pero es necesario aprender a cribar, antes de que las circunstancias nos lleven a concluir que lo único que nos queda es adaptarnos a lo que hay, y a encerrarnos en el “cómodo útero de la situación conocida” (diría Rollo May), tratando de no ver, ni saber, ni sentir, lo que sucede allá afuera, con los otros (esos, que no tuvieron nuestra buena suerte); o por el contrario, antes de concluir que lo único que queda es soltar nuestros impulsos y hacernos justicia por nuestra propia mano y matarnos mutuamente (como muchos ya lo están concluyendo).

Hay que aprender a cribar, antes de que nos volvamos como Eichmann, aquel burócrata nazi, uno de los mayores responsables del Holocausto, que no supo darse cuenta de lo que pasaba, porque: “son otros los malos; yo soy un buen trabajador, responsable, disciplinado y eficiente; solo busco hacer bien mi trabajo y ascender en mi carrera profesional, cumpliendo cabalmente las órdenes superiores”. Eichmann no era un psicópata malvado, sino un hombre “común”, al que simplemente no se le ocurrió cuestionar las órdenes recibidas, ni reflexionar sobre sus consecuencias.

Cribar es fundamental para la supervivencia, para saber distinguir la liberación humana, del “libre mercado”, y para cerrar las puertas al modo neoliberal de pensar, que destruye el mundo y la vida.

 

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