Opinión

El primer tercio

Por: Salvador Rangel

En términos taurinos, el primer tercio de una corrida de toros es cuando sale el astado de los toriles, entra al ruedo con fuerza, con brío, la cuadrilla del matador lo capotea para conocer el derrotero de su embestida, lo estudia, lo calma y el matador observa para sacar el mejor partido de su contrincante.


 

En el segundo tercio, los picadores le aplican la vara para bajarle fuerza al animal, para dejarlo a modo del torero, además de hacerle sentir quién manda en el ruedo.

El último tercio es cuando el matador se luce con la muleta, ya sabe por dónde es el mejor terreno para redondear la faena; en ese tercio es cuando el torero se juega su suerte, es la hora de matar, debe ser un conocedor para saber en qué momento debe despachar al toro. No debe fallar; en caso contrario, deberán aplicar el descabelle y de no atinar, el toro se va vivo a los corrales, que es lo peor que le puede suceder a un torero: que el animal se vaya vivo y se olviden sus pases llenos de maestría; el juez de plaza determina en qué momento se va el animal al corral. Y en olvido quedan los pases llenos de maestría, el manejo de la mano izquierda, los desplantes, todo, todo se pierde.

Y si comparamos un sexenio con una corrida de toros, éste también tiene tres tercios: en el primero debe conocer qué terreno debe pisar, tener una buena cuadrilla que entienda al toro, que lo lleve al terreno del matador. El maestro debe seleccionar con cuidado a la cuadrilla, que nadie deje de hacer lo que corresponda, que nadie se luzca, para lucimientos el maestro. El presidente debe escoger un buen gabinete, que cada quien sepa lo que debe hacer y en qué momento, y evitar los aplausos personales; para eso, el diestro.

En segundo tercio de gobierno, se aplica el castigo al astado, es decir, la fuerza para demostrar quién manda en la política; debe ser sutil, con la mano izquierda que, según dicen, es la que emplean los ídolos del toreo.

Y en el último tercio, coronar la faena con la muleta, lucirse y estar en plenitud de fuerza para la suerte final, entrar a matar, con una estocada, sin necesidad del descabelle. Elegante y certera debe ser la estocada, y al recibir los aplausos del respetable, los gritos de “olé, torero”, le arrojarán prendas de vestir, sombreros, que la cuadrilla, a cierta distancia, de manera discreta regresa con agradecimiento al público.

Los aficionados llegarán al ruedo y levantarán al torero en hombros. Tarde triunfal para el maestro y la ganadería.

Si hacemos un símil entre la corrida y el actual gobierno, encontramos que en el primer tercio llegó con bríos el torero; sus antecedentes no le ayudaban mucho, se le cuestionó su ingreso al cartel, dicen que regaló boletos al público para entrar a la plaza, para ser primer estoque y presumir de un lleno.

Su cuadrilla se comportó a la altura, convocó a las fuerza opositoras a un gran pacto, se hicieron reformas que el respetable cuestionó, hubo silbidos y conatos de bronca en los tendidos, pero no pasó a mayores. La porra lo aplaudió, ganó primeras planas en los periódicos, los comentarios eran benignos, hasta hubo gritos de “torero, torero” de los villamelones.

Pero después algo falló, la cuadrilla se descuidó, se lanzó al ruedo un espontáneo que distrajo la faena y alteró al público. Apareció el presidente municipal de Iguala y descompuso la corrida, la cuadrilla dejó solo al matador, o éste no hizo caso a sus consejos y la tarde se puso gris, con barruntos de tormenta; un sector de la plaza se lanzó al ruedo, irrumpió la faena, el matador se descontroló.

Aparecieron distractores en la plaza, que le robaron la concentración al primer espada, un sector del público le cuestionó la procedencia de su terno de luces, por cierto muy lujoso, señaló que se lo habían prestado, que ignoraba su procedencia, intervino su asesora en relaciones públicas para hacerse cargo de la situación y dar explicaciones; en vez de aclarar, surgieron más dudas.

Un sector de la plaza, la porra brava, exige que lo saquen del cartel; los dueños del coso dicen que, por reglamento, no se le puede retirar, que debe terminar la faena.

El respetable ha invadido el ruedo que se hace intransitable, la cuadrilla del matador se multiplica, sube a los tendidos para hablar con los inconformes, pero nos los convencen.

Y los nostálgicos nada más piensan que faltan dos tercios de la corrida. Y sugieren un cambio en la cuadrilla.

{loadposition FBComm}

 

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba