Opinión

“El que se enoja pierde” y el que no, también

Por: María del Carmen Vicencio

Tenemos varios años en México con la violencia a flor de piel. Es tanto el esfuerzo, tan pocos los logros, tan lento el avance, tanta la cerrazón y la sordera del poder; son tantas las frustraciones; es tanta la rabia; tan minada la esperanza…, que varios sectores sociales se quedan sin paciencia y estallan en gritos, en grafitis, en palos, pedradas y bombas molotov, después de enfrentar el dilema de si siguen sumisos y agachados, padeciendo en silencio, o si hacen valer sus voces para que todo mundo sepa de la tremenda injusticia que los desgarra.

La Historia ha sentido en sus entrañas muchas veces la rabia de pueblos que estallan en revoluciones. Solemos hacer honores y llamar “héroes” a quienes, en otros tiempos, se levantaron en armas, y nos sentimos admirados y orgullosos de su insurgencia y valentía. Pero “los de ahora son diferentes” (porque son los que nos toca vivir).

Enojarse no se permite en esta sociedad de mercado. “El que se enoja, pierde”; únete a los optimistas, con alegría, con entusiasmo, que hay mucho que comprar.

La capacidad de indignación no forma parte de los rasgos que integran el “perfil deseable” del hombre del siglo XXI al que “todos deben aspirar”, si quieren sobrevivir (Carlos Marcelo). Independientemente de cuál sea su condición social o a qué se dedique, “se espera” (¿quién espera?) que ese hombre sea competitivo y eficiente; dinámico, creativo e innovador; multifuncional y fluido ante la incertidumbre; flexible, adaptable a las demandas del mercado; capaz de gestionar sus propios recursos (para ahorrarle gastos a su empresa); independiente y dispuesto al cambio sin previo aviso (de domicilio, de horario de giro o de salario); también biodegradable, si se muere.

En cambio, sí forma parte de ese “perfil deseable” la adicción al trabajo: Estar siempre “muy ocupado”, “no tener tiempo” da prestigio.

En síntesis, “se espera” del hombre del siglo XXI que sea esclavo o tirano, según su habilidad para colocarse en la carrera del Gran Capital.

Si no eres ganador, aguántate.

Si eres campesino, no importa si no hay cosecha, si bajan los precios, si pierdes frente a Monsanto o Bachoco; si los narcos o abiegos te amenazan, si tu hijo desapareció cuando iba “al otro lado”; si vives bajo “La ley de Herodes”; no importa si reina la impunidad con gobiernos omisos o cómplices…; si te vuelves policía comunitaria, estarás fuera de la ley.

Si vives en la ciudad, no importa si te quedas sin trabajo, o si doblas tu jornada y no descansas; si no puedes atender a tus chicos y se alienan con tanta tele, o se obesan con tanta chatarra. No importa si no hay dónde jugar, ni si los gobiernos despilfarran el erario, en vez de arreglar tu colonia. No importa si los bancos te desfalcan, si el sistema te explota, te excluye, te encarcela, te viola o te mata. No te quejes.

Si eres maestro, no importa si tu escuela se cae en pedazos; si te obligan a abonar al Teletón o a consumir Coca-Cola y Sabritas; si tus alumnos no se concentran; si tienen necesidades especiales; si tus grupos están hacinados y se desata el “bullying”. No importa si no te pagan; si no hay agua; si te amenazan tus superiores; si te tima el sindicato; ni si tus legisladores te traicionan. No protestes, que das mal ejemplo.

Si eres estudiante, no importa si no te admiten en la superior; ni si afuera no encuentras trabajo (si no es de esclavo o de narco). Auto-empléate o asume que no eres apto.

Y si protestas, no importa que el Gran Poder inserte en tus manifestaciones mercenarios para desprestigiar y reventar tu movimiento. Te lo mereces, por no prever los riesgos.

¡No te enojes! Sólo de tu habilidad y mérito individual (o de tus deficiencias) depende tu condición.

Así, los reflectores mediáticos evidencian ante el resto de la población, como “violentas”, a las minorías insumisas, que tienen otros modos de pensar, de vivir y de ser distintos a la Norma Dominante.

La mayoría, que no se manifiesta por miedo, porque ya se acostumbró a la vida mísera, por conformismo egoísta, porque no le va tan mal, o porque está atrapada en la alienación y no sabe más que juzgar a los demás, ¿es mejor?

Enojarse aquí NO es señal de “disfuncionalidad”, sino de salud mental. En este contexto, quien no se enoja pierde conciencia, dignidad y sentido de lo que está pasando.

El problema es qué hacer con el enojo.

Por eso surgió la Pedagogía de la Indignación (Freire); no para romper vidrios, sino para no dejarnos engatusar ni someter; no para dañarnos, sino para hacer arte y ciencia, develando el origen de nuestra perdición y capacitándonos para la transformación del mundo; para generar esperanza y restregar en su cara a los ignorantes (que deciden por nosotros, sin consultarnos), que sí hay otros rumbos, que pueden salvarnos del exterminio.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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