Opinión

El voto de los que se fueron

Por Juan Carlos Martínez Franco

Hace unos días, estaba teniendo una muy infructífera discusión política –como por lo demás son todas las discusiones de esa índole–; era, encima y por juegos del destino, con gente desconocida. (No intente eso en casa. O en el trabajo. O en la calle. O en ningún lado, mejor.) Hablamos del “panorama político”: los argumentos perennes (la necesidad de mejorar la educación y de fomentar la participación ciudadana), los circunstanciales (la irrelevancia y evidentísima parcialidad de las encuestas privadas, las declaraciones de los candidatos) y eventualmente sobre el IFE: su historia, su relevancia institucional y su inminente caída del pedestal de la profunda credibilidad nacional (lo cual es todavía debatible). Y de pronto, como de la nada, un comentario (de una autoproclamada perredista, por cierto): “Lo que más me molesta del IFE es su decisión de abrir el voto a los migrantes, los que se fueron”. Lo primero que me vino a la mente fue una especie de Carlos Fuentes, o lo que es lo mismo, un aristócrata intelectual autoexiliado en un lugar que representa la Alta Cultura.

 

Pero se refería en particular a los migrantes que se van a Estados Unidos. Ella objetaba que no hay manera de que una persona que viva en el exterior, en particular aquellos que “huyen” voluntariamente, conozca las circunstancias que se viven en México, además de que la mayoría de los que viven en Estados Unidos ya no ven con interés la política –y en general la vida– mexicana.

En Estados Unidos hay entre siete y 10 millones de indocumentados mexicanos, y más de 30 millones con ascendencia mexicana. Sólo en Los Ángeles se calcula que hay entre 12 y 20 millones de mexicanos, tanto legales como ilegales (del estado de California pertenecen el 20.53 por ciento de las solicitudes enviadas para votar desde el extranjero). Legalmente el ciudadano mexicano es el que nació en México o ha vivido varios años en el país. La pregunta central sería, pues, si debería ser esto así. En la Grecia antigua podría rastrearse la idea de pertenencia a la polis sólo al lugar que se habita, no al lugar donde se nació. ¿Deberíamos reformar nuestra idea de ciudadano? ¿Deberíamos quitarles el derecho democrático más básico a los migrantes por haber “decidido” irse, por no residir dentro de los límites geográficos del país?

Por supuesto que no, y por varias razones. Porque son mexicanos estén donde estén, la primera; porque la voluntad no jugó un papel relevante en la decisión de irse, sino la necesidad por las circunstancias locales; porque es una generalización terrible el hablar de que todos los migrantes no se interesan por su país y se olvidan políticamente de él; porque siempre podrán regresar, y de hecho a menudo lo hacen; y porque, para hacerlo, deben tener la posibilidad –por lo menos la posibilidad– de cambiar eso por lo que tuvieron que dejar a su familia, su tierra. El voto extranjero es, para quien decida tomar parte, un instrumento esencial para que su voz, lejos de casa, se oiga y (en circunstancias ideales) repercuta.

Es difícil pensar hoy en política dentro de las estructuras estatales tradicionales. Bien lo dice Malcolm Bull: “A pesar del rol fundamental de la migración en la historia, apenas aparece dentro de la teoría política tradicional, donde los elementos básicos son casi invariablemente una unidad social vinculada entre sí y los actores políticos dentro de ella: en tiempos modernos, el Estado-Nación y el ciudadano. Sin embargo, durante la década pasada los migrantes se han convertido en un símbolo potente de la dislocación social creada por la globalización y han sido envueltos con algunas de las más románticas aspiraciones de la izquierda”. Esta dislocación es clara: la dupla Estado-ciudadanos ya no es válida (como ya no lo son tantas otras dicotomías). La realidad política es hoy mundial, y por tanto mucho más complicada. A pesar de eso, el “entre” en el que se encuentran los migrantes ­­–que no son parte de lo nacional, tanto como no lo son del país en el que habitan– no debería de existir más que en lo que se nos escapa a nosotros, sus compatriotas: la violencia y la discriminación de los estadounidenses, las malas condiciones laborales y la casi nula inserción en la sociedad (que, por otro lado, deberíamos de estar atacando con todas las herramientas). El verlos como “los que se fueron” sólo acentúa la terrible situación en la que se encuentran.

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