Opinión

En teoría

Por Marcela Ávila Eggleton

En teoría, cualquier politólogo que se respete tendría que ser capaz de pasarse la vida entera estudiando para después, con algo de clase, pasar por encima de la teoría y hacer un comentario académico sin sustento alguno, sólo por el gusto de hacerlo. Lo he intentado algunas veces pero debo admitir que nunca lo he logrado; debe ser que mi formación está muy lejos de ser consistente, o bien, que mi neurosis no me deja sola un instante.

En teoría, la teoría sirve para entender el mundo o no sirve para nada, el problema es que mi intento por sacar algunas conclusiones razonables sobre el votante mexicano –ente complejo, por cierto– terminó en una sesión de psicoanálisis que me obliga a declararme incapaz, al menos por hoy, de tomarme la vida en serio, porque hacerlo llevaría a consecuencias catastróficas para la humanidad o siendo menos pretenciosa, para cualquier despistado que tenga la mala suerte de cruzarse de alguna u otra forma en mi camino.

Hace siglos, Lichtenberg apuntó –por supuesto, sin ninguna intención de analizar al votante mexicano– que “de la amante de un hombre se pueden deducir muchas cosas sobre el hombre mismo; en ella se ven las debilidades y los sueños de él”. Sin duda coincido, pero no puedo evitar preguntarme si así de indiscreta es la expresión de las preferencias partidistas de cualquier ciudadano de a pie.

En teoría, el lugar que ocupa un ciudadano en la estructura social influye en su forma de ver el mundo y, por ende, en su voto. A mí aún no me queda muy clara cuál es mi forma de ver el mundo, pretexto perfecto para justificar mi incapacidad crónica para sentir simpatía alguna por cualquiera de las ofertas que pretenden vender los partidos políticos. Sin embargo, eso no quiere decir que no me inquiete lo que mi voto dirá de mí en el próximo proceso electoral.

Si decidiera votar por el PRI, mis preferencias podrían decir que no tengo memoria histórica o, peor aún, que creo que la simulación es aceptable siempre y cuando vaya acompañada de mano dura y rumbo claro –aunque el rumbo lo definan personajes de la calaña de Echeverría–; por otro lado, si voto por el PAN, tal vez diría que coincido con que las políticas públicas estén supeditadas al criterio del funcionario en turno y no a las necesidades del país o que el mal gobierno es aceptable siempre y cuando uno haya militado durante años en las filas de la oposición criticando los malos gobiernos; o bien, si voto por el PRD, que creo firmemente que los esquemas corporativos y clientelares de la época de oro priista son lo que el país necesita o que las prácticas antidemocráticas al interior de un partido no excluyen la posibilidad de que dicho partido sea el modelo de una izquierda moderna y a la altura de las circunstancias.

Así las cosas, si el acto de votar dice más de mi que un amante indiscreto, prefiero dejar el análisis del votante mexicano para otra ocasión porque me rehúso a verme reflejada en esa imagen. Lo cierto, es que como la Holly Golightly de Capote, lo que yo quiero “es seguir gustándome a mí misma (…) seguir siendo yo cuando una mañana, al despertar, recuerde que tengo que desayunar en Tiffany’s”.

www.twitter.com//maeggleton

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