Opinión

Erotismo. Respondo a otra pregunta

AMOR, HUMOR Y MUERTE

Cartón de: Ana Alvelais

Por: Edmundo González Llaca

Respondo a otra lectora que se nombra: “Confundida y curiosa”. Dice: “Usted me confunde y le voy a decir por qué. Aunque en general me divierten sus artículos a veces lo leo y lo imagino alivianado, pero luego me parece queretano, pero bien queretano.

Ahora que está escribiendo de erotismo encuentro algunas de sus posiciones cool y actuales, pero otras las puede suscribir mi abuelita ¿Cómo es eso que dice de que la sexualidad expuesta es pornografía? Ahora sí que se pasó de mocho. Quiero decirle que si hay algo que pone a mi novio turn on es precisamente la exposición de mi sexo. Y no me vaya a salir con que a usted no le gusta contemplar las partes más íntimas y privadas de una mujer ¿o de un hombre? Nunca se sabe. A lo mejor me paso de curiosa pero ojalá nos lo pudiera decir a sus lectores. ¿Le gustan o no le gustan? No importa que me confunda ni que no me responda, como sea pero siga escribiendo de erotismo, a mi novio y a mí nos pone bien cachondos”.

Respondo. Estimada Confusa y curiosa, creo que el problema es que separa caprichosamente, lo que usted llama mis “posiciones”, de todos los elementos que señalo y que deben tomarse en cuenta para tratar de distinguir erotismo y pornografía. La invito cordialmente a que vuelva a leer nuevamente los artículos, reiteraría dos cuestiones. Primera. Las diferencias entre erotismo y pornografía hunden sus raíces en la religión, las costumbres, los principios, en fin, en toda la cultura valorativa de una sociedad y de cada pareja en particular. Evidentemente en un pueblo de la Amazonas andar con las vergüenzas al aire no es en lo absoluto pornográfico. Segundo. Vuelvo a recordar la definición más simple de pornografía: “El sexo sin contexto”.

En relación con su, también espero, sana curiosidad. Le voy a platicar una experiencia personal que creo da respuesta a su pregunta sobre mis gustos personales de contemplación.

En una ocasión caminaba con una amiga por una calle de Estados Unidos, concretamente bajo el sol del medio día de una ciudad texana. Me sentía más sediento que un indocumentado cruzando el desierto y la invité a que nos tomáramos una copa. Sin fijarnos entramos a un bar y nos sentamos a la orilla de una barra inmensa repleta de parroquianos y pedimos una copa. Terminábamos de hacer la comanda cuando en un extremo observé a una mujer joven y pelirroja. Estaba parada en la barra sobre una pequeña plataforma que salía de abajo y que yo no podía ver por lo cerca que estaba de la barra. Por un momento pensé que se trataba de una mujer borracha, algo no muy extraño en Estados Unidos, pero el hecho de que estuviera parada en un espacio tan estrecho me hacía suponer que no era posible.

La mujer empezó a caminar al margen de la barra y se paró junto a mí. La miré con curiosidad, no sé si porque ella estaba parada pero yo sentí que ella me miraba con cierto desprecio de quien, al menos físicamente, está muy por arriba. Desafiante abrió las piernas y escaneó con los ojos todo el lugar. De sopetón se tomó con las dos manos la orilla de abajo del vestido, que era una minifalda, y sin ninguna gracia ni suspense se lo sacó por la cabeza, quedando completamente desnuda. Yo pasé de la curiosidad al estupor.

Se puso en cuclillas delante de mí, yo procuraba encontrar en sus ojos los rastros de los efectos de alcohol o alguna droga que me explicara su descaro, pero ella mantenía la vista fija y hasta cierto punto normal. No estaba ni borracha ni pasada. Hizo una media sentadilla, con la mirada ausente empezó a abrir con falsa parsimonia las rodillas frente a mí. Al percatarse que yo no la veía donde ella seguramente creyó que fijaría mi mirada, pues estaba atónito, se echó para atrás mientras el cantinero la detuvo por la espalda, quien evidentemente era su palero. Ya con apoyo, semiacostada, ella abría y cerraba las piernas con más confianza para mostrarme de manera, digamos más personalizada, “el oscuro objeto del deseo”. Por cierto, no era tan oscuro, pues lo traía depilado.

Subía y bajaba el cuerpo, abría y cerraba las piernas, lo hacía de una manera rutinaria y mecánica, como un ventilador con aspas de carne. De vez en cuando levantaba la cabeza sobre el pecho y me veía. De seguro que mi rostro no reaccionaba como ella suponía pues con gesto de fastidio se paró y me dio la espalda. Luego se arrodilló, puso las manos en los hombros del cantinero y mostró con movimientos violentos esa parte del cuerpo donde, decía mi abuelita, la espalda pierde su casto nombre.

La exposición de su parte más redondeada y opulenta sobre mi rostro así, sin anestesia, era brutal. Se bamboleaba de adelante para atrás hasta casi pegarme en la nariz. Instintivamente moví la silla tratando de retirarme de la barra y estuve a punto de caerme de espaldas, de no haber sido por los clientes del lugar que ya estaban atrás de mí y me detuvieron. Sus gritos de euforia no coincidían con mi rictus de espanto. La mujer, ya desencantada de mis dotes de espectador, se paró, me vio, ahora sí identifiqué que con absoluto desprecio. Sobre la misma extensión de la barra la mujer se alejó con la sensualidad de una vaca y se dirigió hacia unos hombres que a lo lejos le agitaban unos billetes con la mano.

Al momento el mesero sirvió las copas. Yo sudaba, más que por algún cosquilleo corporal por una sensación de haber sido ultrajado que me dejaba aturdido. Apuré con fruición mi bebida de dos tragos. Mi amiga también tomó la suya, ella lo hizo lentamente y sin dejar de verme, como descifrando mi expresión en el rostro que era a todas luces de incomodidad y bochorno. Al terminar me hizo una pregunta, aparentemente en tono de imploración pero que en realidad era una orden determinante: “¿Nos vamos?” Sin responder me paré, saqué un billete de 20 dólares, que obviamente era más de lo que habíamos consumido, y con displicencia lo puse sobre la barra. Pensé: si no me quieren por fino y elegante al menos que me quieran por espléndido.

En la calle caminamos varias cuadras en silencio. Ella volteaba a verme de vez en cuando con una sonrisa apenas dibujada en el rostro. Yo sentía la avalancha agria de la culpa y ella parecía gozar en forma maligna el momento. Balbuceé: “Discúlpame, pero yo no sabía…”. Ella me puso su mano en mi boca al mismo tiempo que decía “Shh, Shh”. Agregó. “No me digas, obviamente no sabías el tipo de antro al que me metías (como que no quería la cosa pero me restregaba la culpa). Delataba tu ignorancia la cara de angustia y de asco, de profundo asco, que tenías”.

Vale aclarar que la mujer que apareció en la barra no era fea, yo reconozco que no la pude ver con detalle pero los aullidos de los asistentes me sugieren que no. Todo lo que describo duró menos de tres minutos, además de que me parecía de mal gusto sacar mi mirada de relojero ante mi amiga. Lo que más tengo grabado eran las poses de la pelirroja con un aire de una superioridad inalcanzable y esa mirada hueca y malhumorada. Evidentemente no era una mujer insaciable de sexo, y menos por el mío, sino una mujer que padecía lo que estaba haciendo y su revancha era corresponderme la humillación. En términos foxistas: ¿Y yo por qué?

Mi amiga describió con exactitud mi gesto: era de asco. La reacción no es menor, el asco es un impulso físico y junto con el dolor son los dos grandes pedagogos del mundo occidental. Yo tuve como maestros eméritos el reglazo, el pellizco, la jalada de cabellos, pero también el fúchila con La Popis, hueles a caño.

Ahora bien, como señala William Ian Miller, el asco es algo que va más allá de un impulso físico, es también un juicio moral. El mío hacia ella no era el de: “Ave María Purísima, a lo que se dedica esta mujer”. Por supuesto que no. Mi rechazo era a su violación a todo lo que significara erotismo y, en consecuencia, a algo que se cocina a fuego lento; con misterio e imaginación. Lo que hacía no era una provocación a mi deseo sino un puñetazo en el que utilizaba su sexo como instrumento. Recordé a mi abuelita cuando repetía: “En el pecado está la penitencia”. Creo, Confusa y curiosa, que si ves figuras desnudas exclusivamente para halagar el impulso sexual, no dudo que te fatigas y acabas aborreciendo la carne.

Para terminar, lo más fácil de escribir, lo más queretanamente correcto, es decirte que observar los orificios, los genitales, y el ano principalmente, ya es pornografía. No me atrevería a sostener esa fórmula, la repito: exposición descarnada de orificios, ano y zonas erógenas = a pornografía. Por supuesto que esa, estimada Confusa y curiosa, no es mi “posición”.

Lo que sí creo es que el erotismo es el único camino para que las relaciones íntimas perduren y eso obliga a que la entrega recíproca de partes tan íntimas y vulnerables demanden una atmósfera, un ritmo, un ritual; una creatividad permanente y personal. Estoy seguro, Confusa y curiosa, que tú no aprovechas cualquier espacio privado para desnudarte delante de tu novio y lanzarte sobre él con tu sexo como un mascarón de barco para asestárselo en el rostro.

Los secretos, del alma y del cuerpo, no se confiesan así, como si se tratara de enseñar los dientes. Son secretos tan sagrados, de partes tan vulnerables, que demandan una ceremonia erótica y hasta un poquito de amor.

Espero sus comentarios en www.dialogoqueretano.com.mx donde también encontrarán mejores artículos que éste.

 

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