Opinión

Erotismo y muerte

AMOR, HUMOR Y MUERTE

Por: Edmundo González Llaca

A Sylvia Kristel, en la saga erótica inmortal de las películas Emmanuelle,

ella era realmente el significado del nombre: “Una diosa entre los hombres”.

Gracias por haber salido aunque sea un momento del Olimpo. Q.E.P.D.

Con motivo del Día de Muertos una lectora me pregunta las relaciones del erotismo con la muerte. Respondo. Por lo que se refiere a la celebración que hacemos los mexicanos, creo que estas fiestas representan la exuberancia de lo erótico. Con el pretexto de nuestros difuntitos nos comemos a la muerte en todo tipo de presentaciones, de azúcar, chocolate y caramelo. Los altares son de un gran colorido y mayoritariamente recuerdan las aficiones gastronómicas y hasta las adicciones ligtht de los ausentes. Los espíritus regresan, entre otras razones, para recordarnos lo bello que son los sentidos y lo mucho que los extrañan.

Ya no la relación con la fiesta sino con la muerte misma, considero lo siguiente. El erotismo se desprende de la sexualidad, pero no la niega. Si nos quedamos en la raíz del erotismo, es decir, simplemente en el placer que provocan los aparatos reproductores, no hay duda que la muerte es una de sus posibilidades. Ni quien dude que la sexualidad tiene una gran dosis de violencia, que en el lance de la pasión voluptuosa podemos precipitarnos a cualquier experiencia; con tal de sentir a la muerte chiquita, somos capaces de llegar a la muerte grandota. Ya encarrerado el animal no entiende de razones ni límites.

La anécdota que escribe el brillante filósofo del erotismo, Francisco González Crussí, ilustra lo imparable del deseo:

“El sacerdote describe al pecador los tormentos que le esperan en el infierno en pago por su vida de excesos. Finalmente, el pecador, ya impaciente, interrumpe el discurso:

“Sí, padre, estoy de acuerdo con todo lo que dice…” Y, luego una pausa, señalando sus genitales con un expresivo gesto italiano de total frustración, añade: ¡Ma parlate a quèsta bèstia! (¡Pero hable con esta bestia!)”.

Sigamos. Sade es el mejor ejemplo de estos seres, podríamos llamarles: eróticos tanáticos. Como lo escribimos en el artículo pasado, en el furor de su voluptuosidad, Sade ya no sólo aceptaba el dolor, el sufrimiento y la muerte, sino que la buscaba como algo indispensable; condición para lograr el éxtasis. La vida, según Sade, era la búsqueda del placer, y el placer era proporcional a la destrucción de la vida. Es decir, como analiza Georges Bataille, en el pensamiento de Sade la vida alcanza su más alto grado de intensidad en una monstruosa negación de su principio.

Estoy seguro que a Sade mi opinión le valdría un comino, pero no comparto su teoría ni su praxis. Recordemos que el erotismo es la inteligencia dentro de la sexualidad. Si la política redime al hombre de su egoísmo, el erotismo humaniza la bestialidad sexual. La inteligencia no puede admitir los excesos, no van con ella. No puede haber algo más alejado del erotismo que una orgía, especie de rastro, donde todos los participantes son pedazos de bistec, cóncavos o convexos, a disposición de los instintos sin conciencia.

Cartón: Ana Alvelais

Al estar sometida la satisfacción erógena a la racionalidad, la sexualidad es llevada por el erotismo más allá de la simple satisfacción de una necesidad biológica. El compromiso de la inteligencia, sin dejar de reconocer a la hormona, es buscar la satisfacción de la neurona. Para el erotismo la carne no sólo es fuente de placer sino de conocimiento, en su nivel más alto: en la búsqueda de la belleza. La expansión de la vitalidad se hace dentro de la armonía, el erotismo no tiene que ver con la muerte, sería más bien el triunfo sobre ella.

Me detengo en la escritura del artículo, creo que puedo llegar a moralizar y un moralista es peor que un pornógrafo o ser aficionado a las chivas del Guadalajara. Pero reconozco que el erotismo es la búsqueda del placer con responsabilidad, es decir, tiene una ética. El goce de lo corpóreo tiene en el erotismo un ritual en el que evidentemente se tienen presentes un código y unas normas. Muchas veces para transgredirlas, lo que aumenta la satisfacción del deseo y le otorga ese sabor agridulce de placer y culpa.

Otro compromiso, llamemos moral, del erotismo, es el reconocimiento del prójimo; un amplio reconocimiento de quien nos acompaña en los deleites. No basta “el flojita y cooperando”, pues el goce no se concibe sin una iniciativa espontánea, creativa y de satisfacción recíproca de los que intervienen. Pero no se imagine que se trata de un acto de generosidad sino por conveniencia. El auténtico erotismo está consciente de que la gratificación se multiplica si la pareja comparte el gozo. Esta sensación de plenitud, de unidad, no tiene nada que ver con el egoísmo, la humillación, el desgarramiento, el dolor, ni menos aún con la muerte.

Si bien en una relación Eros no tiene nada que ver con Tanatos, el amor y la muerte sí están unidos, esto es difícil de aceptar cuando el amor lo asociamos con la máxima alegría, con la culminación intensa de la vida, con todo aquello que palpita. Pero también es cierto que hemos sido educados y cultivados en la literatura, la música, en el valor de que no existe verdadero amor si éste no ha padecido acosos, amenazas, perturbaciones. Todos nos jactamos de haber vencido pequeños o grandes y reservamos la leyenda o el mito para quienes, con su muerte voluntaria, avalan la trascendencia y verdad de su amor.

Es innegable que mucho hubiera perdido la humanidad si a Helena de Troya y a París no los persigue Menelao, si Isolda no es alejada de Tristán, si los Montescos y los Capuletos se hubieran llevado bien, si Dante hubiera conocido a Beatriz o Petrarca se hubiera casado con Laura. En pocas palabras, no es el hombre, sino el dolor, la verdadera medida de todas las cosas.

Por otra parte, tampoco olvidemos, como señala Bachelard, que el amor es la primera hipótesis científica de cómo se logra la reproducción del fuego. Prometeo es un amante vigoroso y no un filósofo, y la venganza de los dioses, más que de seres los divinos, es la venganza de un celoso despechado. El amor en consecuencia “es un fuego que se comparte”, y el fuego es un fenómeno que tiene su vida plena en la destrucción. La dialéctica de la materia está en el corazón de las llamas, en el centelleo se une el sacrificio de la materia y el nacimiento de la hoguera.

Aquí la unión es totalmente clara. Amor y muerte, porque la muerte por amor pareciera no el marchitamiento de la vida sino su exuberancia; amor y muerte, porque agotadas las posibilidades de gozo de la vida no queda mayor desafío que el voluptuoso enigma del más allá; amor y muerte, simplemente por jugar a acabar todo en un instante, por la posibilidad de prolongar el amor hasta la eternidad.

Ahora bien, ¿qué hay en la mente de los amantes que se suicidan? Creo que en Romeo, como todo aquel que llega al martirio por amor, hay una personalidad romántica y escéptica. El amor, y más aún el apasionado, dura muy poco, y no hay camino más seguro para preservar su idealización que morir rápidamente.

Romeo, quizá, estaba consciente de que la rutina, este depredador implacable, con sus dientes fríos, mustios y terribles, acabaría con la flama brillante y espectacular de la pasión y dejaría los leños pálidos de la vida. Esto era demasiado para Romeo. Mejor morir en la cumbre sagrada de la muerte, que esperar a que Julieta engordara y un día de tantos se quejara de lo mucho que había subido el spaghetti en Verona.

En el amante suicida existe un narcisista receloso, pues en el fondo de todo aquel que ama, hay una profunda desconfianza de que sea realmente correspondido, y la única prueba que lo convence es que la pareja desprecie la vida. Hay también, como en todo suicida, un valiente y un cobarde. Valiente por morir, y cobarde, porque quizá no hay más audaz estratagema para ahuyentar la soledad de la muerte, que morir de acuerdo y al mismo tiempo con otro.

La confusión a la que debemos rehuir es considerar que el amor y el erotismo son la misma cosa. Por el sexo y los sentidos se puede llegar al amor, pero esta dimensión del sentimiento es algo muy distinto a los aparatos reproductores y a la sensualidad en general, espacio soberano pero limitado del erotismo. El amor, como escribe Dante, lo crea todo: el dolor, la alegría, la locura y hasta el infierno. Ante este panorama, mi conclusión es muy obvia: eróticos debemos de ser todos, amar, sólo los valientes.

Espero sus comentarios en www.dialogoqueretano.com.mx donde también encontrarán mejores artículos que éste.

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