Opinión

Esos pinches maestros

Por: Rafael Vázquez Díaz

Caminos polvorientos recorren la Sierra Gorda, veredas, cerros y pequeños valles en las que corren venas de agua que luego se pierden en las entrañas de la tierra. Como si de un cuadro pintoresco se tratara, techos de lámina de casitas de piedra y lodo destellan a lo lejos, salpicando el terreno de vida por aquí y por allá.

Perdido en una de esas montañas a algunos kilómetros de Jalpan, su servidor hace algunas décadas se encontraba cursando el primer año de la primaria en una escuela unitaria. En ese entonces la miseria no me era palpable.

Los pocos y deficientes transportes desde la cabecera municipal que me dejaban a cinco kilómetros de la escuela no se veían como un martirio, eran una hermosa oportunidad para estirar las piernas y andar por el camino, ascendiendo por las veredas todas las mañanas y descendiendo por el río por las tardes cuando el sol había menguado un poco.

Mi mamá, trabajadora de una telesecundaria, andaba con material y libros en mano un par de kilómetros más, ya que la escuela de educación básica se encontraba a la mitad del cerro, mientras que la telesecundaria estaba en la punta. Nunca escuché una queja, un lamento.

Mis escasos compañeros, salpicones de niños de 6 a 15 años, iban sin zapatos a la escuela, y en el humilde cuartucho hecho de adobe, la profesora de la primaria se dividía repartiendo el pizarrón en 6 partes equitativas para explicar y realizar ejercicios para los niños de diferentes edades y diferentes años.

Mientras algunos aprendíamos palabras, los más grandes se rompían la cabeza con cuentas y multiplicaciones; unos leían los libros de texto gratuito, mugrosos, tiesos por la humedad, otros escuchaban los relatos de la profesora sobre viejos héroes de la patria que nos habían dejado un país medio conformado, medio justo, medio equitativo.

Mis condiciones jamás fueron las mejores. Vivía en un hotelucho en la que el cuarto la hacía de comedor, cocina y recámara, sin embargo aún así mis compañeros vivían una situación totalmente diferente a la mía. Yo caminaba un poco por las mañanas por el camino, con zapatos y la barriga llena.

Ellos recorrían larguísimas distancias, con hambre todo el tiempo, caminando con la ropa roída, con playeritas con logotipos políticos que les habían regalado la campaña política anterior, algunos con olor a pulque mañanero, infaltable sustituto de la leche en varios pueblos de nuestro estado.

Las bancas eran remiendos de madera que habían sido adaptados para poderse sentar, sobra decir que eran verdaderas trampas de astillas.

Los pisos eran de tierra, los techos de lámina, los pizarrones de tiza auténticos focos de enfermedades respiratorias –hace poco a mi madre, que jamás ha tocado un cigarro, le detectaron enfisema pulmonar por tantos años de estar en contacto con los gises- los niños llegaban de sus casas solos, algunos echándose al hombro la responsabilidad del cuidado de sus hermanitos aún más pequeños.

Recuerdo que cuando transfirieron a mi mamá a aquel municipio, el único hotel que existía en Jalpan estaba cerrado, recién llegados y sin tener en dónde quedarnos, dormimos una noche en una banca del jardín, cuando comenzó a llover, un amable vendedor ambulante nos admitió dentro de su camión de hot dogs y hamburguesas. Y así, sobre cajones de refrescos pasamos la noche.

Y así trabajan los profesores… Así viven. En esas condiciones hacen su labor miles de maestros en todos los pueblos, municipios y ciudades de nuestro país.

Escucho con tristeza y con el corazón destrozado la ofensiva brutal de los comunicadores contra los profesores de la CNTE en el DF. Y como si se tratara de algo desproporcionado o como si no los asistiera el derecho, muchas personas critican al movimiento magisterial sin conocer las condiciones en las que viven no sólo los maestros, sino los alumnos de las zonas más marginadas del país.

“Pinches flojos, indios bajados del cerro a tamborazos”,  “Protestan por todo y no proponen nada”, “No quieren ser evaluados porque son unos burros”, “Personas así no deberían llamarse maestros”.

¿Evaluándolos se resolverá la miseria y las condiciones deplorables en las que se trabaja?, ¿El sistema educativo necesita a más “profesores bien” y a menos “indios” que den clases?

Lamentablemente es tan triste la situación que la gran mayoría de personas que  opinan al respecto no han leído nada sobre la Reforma Educativa, que obliga a los padres de familia y a las escuelas a que paguen el mantenimiento de las mismas.

¿No ven los legisladores la irresponsabilidad? En un país en el cual hay 40 millones de pobres ¿Privatizar la educación es la solución? ¿Reprimir y golpear a los “indios” que están bloqueando avenidas en la ciudad resuelve la miseria?

Mis experiencias me indican que no, y disculpen el atrevimiento de disentir, pareciera ser que en este país si uno critica, cuestiona, exige se es apestado y contrario a los intereses nacionales. Apoyo total y enorme reconocimiento a todos los profesores, pero especialmente a aquellos que trabajan en condiciones muy difíciles.

El maestro luchando también está enseñando.

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